Lunes, abril 12, 2021

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La ciencia neoliberal

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A finales de abril del año pasado, la directora general del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), Elena Álvarez–Buylla, endilgó el epíteto “neoliberal” a una parte significativa de la ciencia hecha en el país y en casi todo el mundo.

De inmediato, rasgándose las vestiduras, una caterva de opinadores y de científicos se abalanzó contra la funcionaria e investigadora del Instituto de Ecología de la UNAM. Al entender de esos críticos, se había profanado el sentido de la ciencia al calificarla de esa manera.

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La posición ideológica de Álvarez–Buylla es muy clara. En varias ocasiones ha fustigado los abusos y excesos cometidos al amparo de las prácticas neoliberales, que privilegian el beneficio particular, y muy en concreto de corporaciones y empresas, por encima del bienestar colectivo.

En estas últimas décadas ha prevalecido el espíritu de los unos por encima de los muchos; el individualismo, que casi siempre acaba en egoísmo, es el sueño húmedo de los hijos de Friedman. El fin último que debemos perseguir es la paradoja de la sociedad individualista, donde cada uno vele por sus intereses particulares.

Los últimos 35 años han quedado marcados por las recetas derivadas del pensamiento de Milton Friedman y de otros economistas adoradores del libre mercado, de los beneficios privados y del adelgazamiento hasta la anorexia de los entes gubernamentales. Nada de regulación: que la mano invisible del mercado dirija la orquesta, porque, algún día, la riqueza generada en la punta de la pirámide llegará hasta los que estamos abajo.

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Hasta ahora, eso no ha ocurrido.

Pero tampoco puedo regatear algunas realidades. Sin duda, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, hace casi 76 años, ha habido una tendencia al alza en cuanto a los indicadores de bienestar; vivimos más años y con mejores condiciones de salud, cada vez más personas poseen más cosas, pero también es cierto que en estas últimas tres décadas y media se ha acentuado el abismo de la desigualdad social y económica.

Los trabajos de Thomas Piketty son esclarecedores. La brecha entre los superricos y los extremadamente pobres nunca había sido tan abismal, ni siquiera en los tiempos del esclavismo. La generación que en este momento no tiene más de treinta años, será la primera que no superará a sus padres en cuanto a bienestar.

Se avecinan tiempos oscuros.

En esa línea, la generación de conocimientos científicos es acotada por el beneficio económico. Y el mejor ejemplo es el actual jaleo por las vacunas contra la Covid–19. Los fondos públicos canalizados a las farmacéuticas no han representado un beneficio colectivo, a pesar del dinero de la gente puesto al servicio de los fabricantes de las vacunas. Al contrario, hay una abierta guerra condicionada por las cláusulas de los contratos que se resisten a hacer públicos.

El discurso esgrimido hasta ahora es que se requiere de estímulos económicos para hacer ciencia, aunque los investigadores pregonen que su único interés sea el de entender mejor los procesos de la naturaleza.

Hace algunos años tuve la oportunidad de entrevistar a Elena Álvarez–Buylla, a propósito de sus investigaciones en torno a la milpa. En esa oportunidad fue enfática en su defensa de los procesos tradicionales de siembra, contrapuestos a los de la agroindustria, que suele depredar los ecosistemas.

Ella entiende perfectamente la necesidad de preservar los entornos, que benefician a todos, por encima de los intereses económicos, que benefician a unos cuantos.

La cuestión es muy clara, pero cuesta trabajo aceptarla… sobre todo si se afectan intereses.

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