La juniorcracia

Los resultados de las precampañas son tan limitados y tan obtusos como los precandidatos, todos, en sus diferentes vertientes, colores y tintes. Las precampañas evidenciaron algo que los mexicanos hemos venido cuestionando y reflexionando desde hace algunos años. ¿Para qué sirven los políticos?¿A quién sirven los políticos?

Las precampañas evidenciaron que México es un país saqueado, vaciado de toda forma y contenido, un país que cada vez se asemeja a ese México en los albores del colapso porfirista, allá por 1906–1909.

Las precampañas mostraron la demencia desnuda por el poder, el derecho a gobernar que se abroga la aristocracia mexicana que ocupa todas las capas del poder. Ese derecho a gobernar está incrustado en la partidocracia, esos partidos, más que ser “enemigos” simbólicos, están hermanados por redes de amistad, compadrazgos, parentescos regionales, relaciones irregulares, complicidades y, sobre todo, favores. Ningún partido parece escaparse: Acción Nacional, Revolucionario Institucional, Revolución Democrática, Nueva Alianza, Verde Ecologista e incluso Morena.


Durante los años cuarenta, la familia revolucionaria cedió el poder a los cachorros de la revolución. Los hijos, nietos o sobrinos de los longevos revolucionarios estaban obligados a perpetuar el derecho de gobernar. Estaban obligados a concretar el proyecto del desarrollo estabilizador y el gran milagro mexicano. Los cachorros de la revolución en sus últimas generaciones, vivenciaron el final del sueño, Ordaz, Echeverría y López Portillo se aferraron a mantener a cualquier costo el precio del poder y su derecho a gobernar, conformando así algunos de los gobiernos más violentos y represivos de la historia.

Subsecuentemente, después de los cachorros de la revolución emergieron los herederos del poder, una nueva casta de intelectuales educados en universidades extranjeras que facultaban a sus pupilos en la aplicación de políticas de desregulación estatal y libre mercado. Los Chicago Boys fueron una generación importante iniciada con Miguel de la Madrid y, encabezada, principalmente, por Salinas de Gortari, pasando por Zedillo, Fox y Calderón, ello a pesar de la “transición” o “alternancia” política. El proyecto de nación siguió su curso.

Durante la presidencia de Peña Nieto, la generación de los Chicago Boys, Golden Boys o Mirreyes del curul sufrió una hibridación. Las nuevas generaciones de los partidos no son los neoliberales puros y duros de mediados de los años noventa y la primera década del siglo XXI. Algo anómalo sucedió, la aristocracia naciente y heredera de la política mexicana no son políticos, no están del todo cercanos a la política. Son una casta divina que concentra su emprendimiento en las magnas gestiones económicas y la “socialite”. Son, en el mayor de los casos, políticos “outsourcing”.

Esta nueva generación de “políticos” se encuentra en múltiples gubernaturas, quizá, el caso más paradigmático puede ser el gobernador Velasco de Chiapas, un político “Jet Set” de nuevo cuño, su autoproducción es un émulo de Peña Nieto. ¡Por supuesto que hay más casos!

Estos nuevos juniorcratas tienen características muy especiales, crecieron, se formaron y actúan de acuerdo con las necesidades de su tiempo. Esta casta sublime puede ser un prominente miembro del Partido Verde Ecologista, pudo haber sido formado y acuñado como priista, por herencia o convicción. Paralelamente, se puede entender muy bien con el Partido del Trabajo, el Partido de la Revolución Democrática, administrar algunas empresas de miembros destacados del Partido Acción Nacional o gestionar hábilmente votos para Convergencia. Incluso, estos juniorcratas pueden tener un puesto de representación popular u oferta de trabajo en Morena, sin ningún problema, empacho o bochorno.

Para estos juniorcratas el poder es un derecho, es una obligación mantener ese privilegio, heredado y legítimo. El poder es un patrimonio más que político o ideológico transgeneracional, pero sobre todo, personal. Un poder personal que se sostiene a través de otros poderes personales, los poderes de la aristocracia mexicana, tal como en los tiempos de Porfirio Díaz. Esta aristocracia no colapsa porque reposa en estructuras monolíticas bien aceitadas: amiguismo, compadrazgo, corrupción, represión, nepotismo, hostigamiento, intimidación y violencia selectiva.

Estos juniorcratas son el relevo generacional de la antigua nobleza revolucionaria, pero, algo los diferencia: no tienen principios políticos e ideológicos. Estos juniorcratas y su pragmatismo han invadido las secretarías, abarrotado las burocracias locales y federales. Sintomático que estos juniorcratas estén ahora encabezando las precampañas, sean productos comerciales, prefabricados, vendibles en un escenario de vacío político generacional.

Un precandidato a la presidencia se aleja de esta categoría, no es un juniorcrata, éste es un ex priista, un cachorro generacional al límite que salió de su partido para hacer su propia carrera política. Ha formado su partido, el cual ahora es un tianguis de contradicciones, un partido “Cachol”, “multicomprensivo” o “escoba”. Partido pragmático, hambriento de ser, pertenecer y de ejercer también su derecho a gobernar. Pero, como dicen en la Argentina, para un peronista, otro peronista, aquí cabe también la afirmación: para un priista, otro priista, quizá ahí radican los miedos de la longeva aristocracia.

Así el cierre de las precampañas políticas a la Presidencia de la República: juniorcracia aparentemente apartidista contra un priismo impreciso, decodificado, situado en un “no lugar” político.

En las precampañas triunfó la política de la juniorcracia, la lógica del outsorsing, el emprendimiento de las magnas gestiones económicas y la reproducción de la “socialite” como “campaña.” Esta nueva casta divina manifestó de manera vulgar su deseo de poder, reclamó su derecho a gobernar a consta de lo que sea.

Opciones difusas y peligrosas para un virgen electorado perdido y sin historia.