Nicaragua: ¿En qué momento se descarriló la revolución?

Sergio Barrios Escalante

Alai /25/06/2018

¿Qué podrá ser peor para la salud de una revolución: el culto a la personalidad o la pérdida de la ética? Con el culto a la personalidad que durante muchos años miles de sandinistas le profesamos a Daniel Ortega, sin querer (o quizá conscientes de ello), le extendimos un “cheque en blanco”, para que él pudiera hacer y deshacer a su antojo, sin críticas ni frenos reales ni efectivos.


Por supuesto, no todos “pecamos” por igual en eso de las alabanzas incondicionales al caudillo. Algunos nunca perdimos nuestra tradición de crítica constante y constructiva/deliberativa, aunque hay que decirlo claramente, en los años ochenta, durante los duros años de la revolución y contra-revolución, era muy difícil ejercer la crítica hacia las instancias de dirección nacional del Frente Sandinista (y en especial, hacia la “fiera o el “comanche” como muchos en esa época gustaban llamar a Ortega), ello sin caer en riesgo de ser tildado de “contra” o de ejercer el famoso “desviacionismo ideológico”.

Y cuando Ortega bajó de su pedestal, con la derrota electoral de 1990, el principal problema dentro del FSLN ya no fue el culto a la personalidad, sino, el problema de la ética, la ética revolucionaria.

La primera gran prueba para la dirigencia superior del Frente Sandinista, ya estando una vez fuera del control del aparato administrativo del Estado, fue el no haber resistido la tentación (en especial, para la cúpula del partido), de no tocar ni un centavo ni tampoco ningún bien patrimonial o económico o financiero del Estado. Esa prueba ética no se superó y ocurrió la famosa “piñata”.

Con ello surgió una pequeña fracción al interior del FSLN, a la cual algunos le hemos denominado “burguesía sandinista”, encabezada y dirigida por Ortega y que ya lleva casi 30 años ocupada en hacer negocios y riqueza, como su principal prioridad.

Con el ascenso de esta “burguesía sandinista”, no solo se perdió la ética revolucionaria, también se perdió el control del FSLN y sus principales estructuras partidarias, al ser purgados sus cuadros históricos más relevantes y honestos, y al mismo tiempo, al ser arrinconados extensos sectores de la militancia de base, quedando estos y su inclinación popular y democrática completamente neutralizada, sin capacidad real de incidir en la conducción general del partido.

De modo tal que, del robo y privatización descarada de importantes recursos patrimoniales del Estado (recursos propiedad del pueblo), y del secuestro del FSLN por parte de una camarilla de dirigentes encabezados por Ortega, ellos pasaron al secuestro gradual de numerosas instituciones clave del Estado, en complicidad, primero con Arnoldo Alemán, luego con Obando, en ese entonces (primer lustro de este siglo) jefe jerárquico de la iglesia católica, y posteriormente, con otro pacto “secreto” con el gran empresariado.

Habiendo dicho todo lo anterior, volviendo a la pregunta inicial que da pie al título de este texto, ¿En qué momento se descarriló la revolución?

Mi particular y modesta respuesta es esta: se empezó a descarrilar cuando la extensa masa de militantes de base del partido, quedó anulada en su capacidad de tomar decisiones vitales en la conducción del FSLN.

En esa tragedia influyó mucho la falta de capacidad de la militancia general en apropiarse de una importante lección histórica y pedagógica de toda revolución; el no ver ni reconocer que toda revolución es hecha por y para el pueblo, y esta no tiene dueños, no se puede (ni debe) privatizar.

En independencia del fin que el destino tenga preparado para Daniel Ortega, la peor condena que él llevará en su conciencia será de tipo moral, al darse cuenta y reconocer que su pequeño trono de diosecillo ha estado montado sobre una enorme montaña de cadáveres; son los cuerpos y la sangre de decenas de miles de sandinistas que generosamente ofrendaron su vida a la causa revolucionaria.

Muchos de ellos nunca pidieron nada para sí; nunca tomaron a las malas ni un centavo del pueblo, mucho menos apuntaron sus fusiles en contra de sus hermanos sandinistas.

Revoluciones e insurrecciones

Colectivo del periódico El Zenzontle

En julio de 1956 un pequeño grupo de estudiantes, precedidos de largas luchas estudiantiles y populares, se lanzaron a la toma del cuartel Moncada en la pequeña isla de Cuba. La operación militarmente fue un fracaso, pero sus dirigentes, en particular su principal activista, Fidel Castro, transformaron la derrota en una victoria política y colocaron al movimiento opositor en la ruta que los llevará en pocos años a la primera revolución socialista en América. El Movimiento 26 de Julio y su ejemplo influyeron enormemente en la historia de liberación de los pueblos latinoamericanos.

Años después, en 1979, también en julio, triunfó, después de más de 30 años de luchas militares y de resistencia popular contra la dictadura somosista y su apoyo norteamericano, la lucha de liberación nacional encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua. Centroamérica estaba en ebullición revolucionaria y los movimientos insurreccionales y la resistencia se enfrentaban al capitalismo que asfixiaba las aspiraciones de los pueblos.

Miles de personas, en su gran mayoría jóvenes, fueron piezas fundamentales para esas luchas, unas victoriosas y otras derrotadas. En la televisión, los periódicos, en documentales se podían ver los rostros felices, llenos de orgullo, felicidad, satisfacción y esperanza, consecuencia de la utopía que pensaban estaban creando, por el hombre y la mujer nueva y la sociedad igualitaria.

Hoy en día, aunque en Cuba se sigue construyendo la revolución socialista, de la que tendríamos que estudiar con cuidado sus experiencias, otros procesos victoriosos de antaño se han desvanecido. Es el caso de Nicaragua, donde actualmente se rige por un gobierno democrático en la forma y autoritario en la realidad. La influencia de la revolución triunfante ha desaparecido, se desvirtuaron los ideales una vez que los antes dirigentes revolucionarios se encumbraron en las riquezas que no fueron distribuidas correctamente entre el pueblo, sino en beneficio de la administración que detenta el poder político, además aliada o comprometida con los grandes empresarios del viejo régimen.

La lección es clara. Los procesos pueden ser guiados por vanguardias, pero las verdaderas revoluciones son protagonizadas por las mayorías populares, las masas de trabajadores, por miles de personas de todas las edades como las que ahora ponen tranques o barricadas y se reúnen constantemente para analizar y tomar decisiones, incluso la de gritar por las calles ¡que se vayan, que se vayan!, refiriéndose a Daniel Ortega y a su esposa Rosario Murillo, presidente y vicepresidenta respectivamente. Si el imperialismo yanqui espera apropiarse de este levantamiento, la lucha del pueblo nica quiere sacar al mal gobierno para recuperar su digna historia de liberación.

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