La resignificación de la democracia y lo Nacional–Popular

El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador es pieza clave en la construcción democrática en nuestro país. Estamos en un momento coyuntural de la historia política, económica, social y cultural de México, donde nos corresponde ser una ciudadanía proactiva que participe ampliamente en la arquitectura del porvenir de la nación. Es fundamental que, de manera colectiva, organizada y desde la diversidad, tengamos la capacidad para, como señalara Zemelman (1985): “Captar una realidad en su compleja concreción histórica para poder definir, a partir de ella, las opciones de desarrollo que se contienen en un momento de la historia”.

Desde la mirada gramsciana, lo nacional no es un territorio delimitado en sus fronteras, sino es la ebullición de historia, cultura, tradiciones intelectuales, costumbres, lenguaje, formas literarias y prácticas civiles que, históricamente, la acumulación de capital intenta subsumir hegemónicamente. En sintonía, lo popular se expresa en los lazos diversos que se entretejen desde la subalternidad, para que la potentia pueda convertirse en potesta. Es decir, una práctica política que represente a la población diversa, en sus aspiraciones, en sus necesidades y demandas; la posibilidad de construir un proyecto político incluyente y equitativo. La voluntad colectiva expresada en un proyecto Nacional–Popular, que permita desfetichizar lo que hasta el momento se ha denominado populismo.

Se requiere que, en este momento histórico de México, tengamos capacidad de diálogo entre diversos grupos sociales, posibilitemos que las voces históricamente negadas compartan sus propuestas civilizatorias. Tengamos la capacidad de construirnos como sujetos colectivos, agentes de cambio, actores sociales y políticos, más allá de la boleta electoral.


Se abre la posibilidad de crear un espacio común: el de lo público y los bienes comunes, históricamente disputados por el mercado en aras de privatizarlos. Es un momento de acción para ensanchar los espacios de negociación, de conflicto, de diálogo entre la sociedad mexicana. Nunca de violencia. La historia convoca, hoy, a construir el bien común. Lo nacionalpopular no como expresión de un Estado represor y poco eficiente en la organización social, sino como un potencial para el fortalecimiento de la sociedad civil, del pueblo, de la ciudadanía que permita establecer diálogos (con consensos y disensos), abierto, amplio y diverso para fundar las condiciones de gobernabilidad y buena gobernanza en los marcos de la incipiente democracia de nuestro país.

La democracia no radica únicamente en emitir un voto y que el voto sea respetado en los resultados electorales. La democracia implica ciudadanas y ciudadanos honestos, informados, éticos, responsables, socialmente equitativos, ambientalmente amigables, cuidadosos del bien común. Implica un proyecto de nación que permita escuchar las voces diversas y no negar o reprimir las disidencias. Requiere del acceso a la educación liberadora, no alienada, a la información no manipulada, a una economía colectiva que posibilite cubrir las necesidades fundamentales de cada persona en el país. Requerimos un contexto de justicia social, donde, dijera Marx “De cada cual, según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”.