¿Cuarta transformación o IV República?

FOTO: esimagen/ Ángel Flores

Se anunció la cuarta transformación. No incluye todavía el inicio de la IV República. Por lo pronto AMLO ya adelantó un primer bloque de propuestas encaminadas a cumplir los compromisos de campaña, empezando por la reforma del Congreso. Después seguirán: la reorganización de la administración pública; la reducción de sueldos y la eliminación de fueros y privilegios de los funcionarios; el traslado del Estado Mayor presidencial a la Secretaría de la Defensa; la integración de la Secretaría de Seguridad Pública; la creación de las coordinaciones federales estatales; la definición como delitos graves de la corrupción, el robo de combustibles y el fraude electoral; la revocación de la reforma educativa y derecho a la gratuidad en la educación superior; la ley reglamentaria de los salarios mínimos y aumento del mismo en la frontera; destrabar la consulta popular; revocación del mandato del Presidente a los 3 años; entre otras.

En una perspectiva histórica, nada que no se pueda hacer por parte de una alternancia de izquierda moderada durante la vigencia de la tercera transformación, ni nada que nos anuncie la IV República. Es más, nada que suponga un nuevo modelo económico o un nuevo régimen político. En algunos aspectos pareciera que se refuerza al presidencialismo tradicional y en otros simplemente se complementa a la democracia representativa, destrabando a la directa. En resumen, este primer bloque de propuestas anuncia sólo la administración honesta y austera (que ya es mucho) del modelo neoliberal predominante hacia los finales de la tercera transformación.

Tampoco, hasta el momento, se ha planteado nada nuevo en la relación con los Estados Unidos, a no ser la propuesta similar a la alianza por el progreso que incluya a Centroamérica. Con el mismo “optimismo” de Peña Nieto se recibieron a los enviados de Trump y se integraron a los grupos negociadores del TLC los nuevos personajes del equipo de AMLO. Por esto y otros factores favorables, el peso mexicano ha vivido una de las mejores semanas en mucho tiempo.


Cuando AMLO no estaba seguro de obtener la mayoría reafirmaba lo que los mexicanos aprendimos desde la infancia: “la Constitución mexicana es de las mejores del mundo, lo que pasa es que hay que aplicarla”. A ello agregaba que, sin la mayoría para aprobar nuevas leyes, se podría recurrir a la fuerza de los decretos desde la presidencia, tal como él hizo cuando fue jefe de gobierno del entonces DF. Ahora no ha hecho pronunciamientos al respecto, pero el único que habla de una nueva Constitución es Porfirio Muñoz Ledo, en tanto que objetivo simbólico y político de la fundación de la IV República.

La democracia electoral existente permitió que un movimiento encabezado por la izquierda ganara las elecciones. A los mexicanos nos faltaba experimentar la alternancia por la izquierda a nivel de la presidencia. En los gobiernos de los Estados y de la Ciudad de México la hemos vivido desde hace dos décadas. Y la verdad no ha habido nada sobresaliente que los distinga, a no ser por la aprobación de leyes y reglamentos que reconocen mayores libertades y derechos a las personas y las minorías de la diversidad social. Respecto de nuevas prácticas económicas, políticas o sociales no hay mucho que decir, incluyendo la nueva constitución de la Ciudad de México, que se vivió como un momento de éxtasis de sus redactores, sin mayor impacto en la ciudadanía.

Entonces, ¿en qué consiste la cuarta transformación?

En mi opinión la estamos viviendo desde los inicios de la llamada transición democrática en 1977 y que tuvo grandes avances en 1988 con el triunfo político del Frente Democrático Nacional que permitió la alternancia de izquierda en el DF, la autonomía del IFE en 1996, la pérdida de la mayoría del PRI en la cámara de diputados en 1977 y la alternancia en la presidencia por la derecha democrática en el 2000. Después se volvió normal la alternancia por la izquierda o la derecha en los gobiernos de los estados de la república. Sin embargo, al no resolverse el problema de la gobernabilidad de la democracia naciente, ésta se volvió improductiva e incapaz para construir los medios que estuvieran a la altura de los grandes problemas nacionales que dejó la decadencia del régimen autoritario. Por eso el país entró de lleno en la decadencia de sus instituciones políticas, aunque mantuvo su estabilidad económica.

La transición democrática, al no seguir avanzando, entró en su perversión política y moral. El viejo régimen reapareció vestido con nuevos ropajes  (partidocracia), lo que permitió una especie de restauración pactada y, finalmente, con la alternancia del PRI, la transición entró en lo que parecía su fracaso total, arrastrando al Estado que se volvió incapaz para atender sus funciones básicas en partes de territorio (Estado fallido) y al país, en su descomposición.

En tales condiciones empezó el proceso electoral y todo parecía indicar que volveríamos a elegir entre tres fuerzas y nuevamente resultaría un gobierno dividido con una ligera mayoría de alguna de las tres. Para ello ya se adelantaba la posible solución del gobierno de coalición. Pero he aquí que por múltiples razones se produjo un resultado diferente: la mayoría de la ciudadanía optó por una de esas fuerzas, dejando en clara minoría a las otras dos.

No es el momento de entrar en más detalles de lo sucedido, pero basta con señalar que el país tiene ahora una nueva mayoría que le permite hacer lo que los gobiernos divididos de la transición no pudieron: la consolidación de la democracia en México. Nada más, ni nada menos. Por eso me identifico con la propuesta de la IV República para avanzar hacia una nueva Constitución, en tanto que culminación política y jurídica de un nuevo régimen democrático y social.

Así entendida, la cuarta transformación no se inicia con el triunfo de la izquierda en las elecciones, sino que, con su triunfo, la izquierda puede hacer lo que ni el PAN ni el PRI pudieron: consolidar la cuarta transformación (por la que se pronunciaron las luchas sociales enumeradas por AMLO desde finales de la década de los 50), con la construcción de los consensos para primero, reconciliar a la nación y, sobre esa base, definir constitucionalmente a la IV República como la República de la Democracia.

El movimiento de Morena, por sus métodos, parecería una restauración del viejo régimen presidencialista. La tentación por recurrir al decreto o al mayoriteo, en aras de apuntalar al caudillo-presidente al que se le pedirá todo, es real y concreta, en tanto que es la forma más conocida de hacer política por los mexicanos, histórica y culturalmente. Más difícil resultará, empezando por el Presidente, trabajar por un nuevo Estado social, democrático y de derecho.

Morena revitalizó al país. Para apuntalar su triunfo se alió con tiros y troyanos. AMLO puede ser sólo un aprendiz de brujo que se la pase domesticando a sus escobas en un intento por administrar honesta y asistencialmente el modelo neoliberal vigente en aras de la estabilidad. O puede -una vez consolidado su poder con el cumplimiento de sus compromisos de campaña y llamando sinceramente a la reconciliación-, decantar claramente un proyecto social y democrático que convoque en su momento al Congreso como constituyente para aprobar la nueva Constitución que culmine la cuarta transformación y de forma a la IV República de México. La República de la Democracia.

Muy interesante será a quién se nombra como coordinador de la Cámara de Diputados. En caso de que sea Porfirio Muñoz Ledo, las probabilidades para elevar las miras de la cuarta transformación hacia la nueva República se verán fortalecidas. Creo que Porfirio se lo merece y el país también.