¿Qué hacer en el 2018? (Tercera parte)

Nadie aprende en cabeza ajena. Y México no es la excepción. Nuevamente vamos a elegir al Presidente de la República en condiciones de debilidad extrema. Como no se hicieron las reformas institucionales para hacer funcional a la democracia, el desarrollo político del país, incluyendo a sus partidos, se ha estancado. Desde hace tiempo que permanecemos divididos entre tres fuerzas políticas, ninguna de las cuales logra romper el equilibrio que ya ha resultado catastrófico de los tres tercios electorales. Ninguna de las opciones se plantea ganar la mayoría sino el tercio mayor.

Es cierto que el entramado institucional existente promueve la polarización entre las fuerzas políticas, pero también lo es que esas fuerzas apuestan a ganar el preciado tercio mayor para usar las viejas instituciones del presidencialismo en el logro de sus objetivos. Así lo hicieron el PAN y el PRI con la alternancia. Ya deberíamos estar vacunados contra dicha pretensión, pero he aquí que ahora piensan los de Morena que llegó su turno. Y los de Morena, con AMLO, son más presidencialistas que los demás. Conciben la salida del actual estancamiento a través de un Presidente que, con una relación genuina con el pueblo, pueda llevar justicia a la sociedad y recuperar los principios del Estado Juarista y revolucionario, pervertidos por los gobernantes corruptos de la mafia en el poder.

Curiosas las elecciones mexicanas. Todos quieren ganar el centro político. Derecha e izquierda se han diluido en las aguas revueltas de la decadencia. Nadie ha planteado un programa claramente de derecha o de izquierda. Menos uno antisistema. Se dice que el de Morena lo es, pero observado más de cerca, es el programa político más cercano a la recuperación del viejo sistema. Una especie de regreso del ogro filantrópico ahora convertido en duendecillo. Pero se piensan de izquierda y dicen que llegó su turno.


De cumplirse sus expectativas respaldadas por las encuestas, tendremos a AMLO como Presidente de México. No será sin embargo el César propio de la ruptura de un equilibrio catastrófico; será el Presidente de minoría, con muchas opiniones contrarias y al interior de un sistema institucional entrampado en la polarización política y en la crispación social. No es tampoco un dictador al frente de huestes enardecidas, ni un socialista o socialdemócrata convencido. Paradójicamente su ideario podría ser clasificado dentro del Liberalismo Social (tomado de Mariano Otero por Reyes Heroles y luego por Salinas de Gortari). Ya lo conocimos en la ciudad de México. Trabajador incansable, astuto para lograr impulsar sus iniciativas, y muchas cosas más se pueden decir de él, todas cercanas al caudillo, pero jamás al demócrata. Por ello, en el caso de perder, no sólo él se retiraría de la política, sino que es fácil adivinar que de Morena quedaría muy poco.

En fin, la instauración de un nuevo régimen político que permitiera consolidar la democracia, tendría que esperar a la experiencia del gobierno de Morena y a su tentación para construir la nueva mayoría desde el poder.

Más cercano a la necesidad de construir ese nuevo régimen es la coalición encabeza por Ricardo Anaya y respaldada por el PAN, el PRD y MC. Incluso así lo dicen en sus documentos. Pero aquella coalición entre el PAN y el PRD que se intentó en el año 2000 (la que nunca pudo optar entre Fox o Cárdenas) y que efectivamente podía haber logrado el cambio de régimen, no es la misma de ahora. Hoy esos partidos se han visto disminuidos y su alianza apenas les alcanzará para competir por el tercio mayor.

Sin embargo, esta coalición si tiene la vocación por llevar a cabo el cambio de régimen, para lo cual podría recurrir a la figura del Gobierno de Coalición ya establecida en la Constitución. Pero tendría que ampliar su convocatoria más allá de las fuerzas que integran la actual coalición electoral. Y si en esas circunstancias tiene la altura de miras para hacerlo, podría ser el medio que permitiría entrar de lleno a un proceso de consolidación de la democracia, siempre y cuando vaya acompañada de un compromiso por el fortalecimiento del Estado de Derecho y la Reforma Social y Productiva.

El PRI, por su parte, sólo tiene una carta: restarle votos a las otras dos coaliciones para que su tercio, el más pequeño desde el principio, pueda llegar a ser el mayor. Eso supondría una dispersión al absurdo de las fuerzas políticas del país. No es posible imaginar siquiera que el PRI pudiera ganar con el 27 % de los votos (el mejor de sus escenarios), que representan a los que aprueban la administración del actual gobierno.

Mientras tanto el país seguirá siendo azotado por la violencia creciente, la impunidad, la inseguridad y la incertidumbre. El espectáculo que ofrece la partidocracia se encuentra muy lejos de los sentimientos de la nación. Por todas estas razones, decíamos en las dos colaboraciones anteriores, las elecciones del 2018 no se inscriben en la lista de las posibles soluciones a los problemas que tiene México.

La reforma política de 1977 se hizo para que los partidos políticos encuadraran a los grandes grupos sociales y encauzaran sus demandas y aspiraciones para darles forma programática y rumbo estratégico para ganar el gobierno mediante el sufragio efectivo. Por múltiples razones los partidos no han hecho nada bien sus tareas y hoy tenemos un déficit enorme en ésta, su función principal. Por eso los ciudadanos tenemos no sólo que participar en las elecciones (con la opción que mejor nos  parezca o ninguna), sino hacer algo más para enfrentar los gravísimos problemas que tenemos.

Y lo que podemos hacer personalmente o de manera asociada es empezar por exigir que las campañas eleven su nivel con el debate de ideas y propuestas programáticas, así como que den respuestas concretas a los temas de la agenda ciudadana; crear condiciones para que no hagan otra vez campañas electorales de eslóganes simplones y elecciones fraudulentas. La situación del país no está como para presenciar la campaña electoral reducida a la guerra sucia de dimes y diretes.

México necesita fortalecerse mediante la participación entusiasta de la población en torno a un programa capaz de enfrentar la amenaza externa y que al mismo tiempo se proponga erradicar la violencia y el odio para reconstruir las bases de la convivencia en paz.

Las propias universidades, por ejemplo, nacional o regionalmente, pueden convocar a foros de discusión a los sectores productivos, a las organizaciones de la sociedad civil y a los expertos para plantear y enriquecer las propuestas encaminadas a enfrentar la nueva realidad mundial y los temas del crecimiento económico, la desigualdad y la pobreza, la inseguridad y la violencia, y proponer a los candidatos que se pronuncien en torno a ellos.

Recuerdo también como en 1994 varios nos asociamos para impulsar el documento 20 compromisos por la democracia que fue firmado por todos los candidatos y que en algo contribuyó al avance del proceso. Ahora serían los compromisos por el nuevo consenso que se está formando en el país: contra la inseguridad, la impunidad y la desigualdad social, un nuevo Estado de Derecho.

Las elecciones, como fórmula para encauzar y resolver la participación ciudadana, se encuentran rebasadas. Urge que la sociedad civil no sólo vote, sino que tome la palabra y la iniciativa para darles mayor contenido. Después de las elecciones, por lo que parece, habrá también mucho que hacer.