Domingo, julio 14, 2024

SOL Y CIERTAS COSAS DE FAMILIA

En Tótem, segundo largometraje de Lila Avilés, la pequeña Sol (Naíma Sentíes), de 7 años, llega temprano a casa de su abuelo. Ahí, una serie de preparativos está en curso, porque ese día habrá una fiesta de cumpleaños para su papá, Tonatiuh (Mateo García), a quien cariñosamente todos llaman Tona. El joven padre vive ahí y está enfermo desde mucho tiempo atrás, lo cual Sol percibe, aunque sin conciencia cabal de que se trata de un cáncer terminal. “¿Se va a morir mi papá”? es su pregunta recurrente, cautelosamente maquillada o evadida por los adultos en su vida. Ellos principalmente son los de la familia: su madre Lucía (Iazua Larios), sus tías Nuria y Alejandra (Montserrat Marañón; Marisol Gasé) y el abuelo (Alberto Amador), quien no deja de causarle curiosidad –o risa– porque habla a través de un “aparatito” que se pega a la garganta. Sol también se comunica mucho con Cruz (Teresita Sánchez), la imprescindible enfermera de su padre, quien siempre la convence de que su padre la adora y quiere verla, pero casi no lo hace por su enfermedad. Así va transcurriendo el día (Sol atestiguándolo todo) con algunos desencuentros más y menos fuertes entre los miembros del clan, quienes, agobiados por la prisa y las tensiones, revelan cómo y cuánto la enfermedad de Tona les tiene marcados, sujetos. Esto agravado, además, por la ya precaria situación financiera de la familia, exprimida al límite por las quimioterapias y la morfina. Con la noche llega por fin la fiesta, en la que tarde, replegado y precario aparece Tona. Sus familiares y amigos le celebran, le platican, le alegran y le hacen evidente cuánto lo quieren. En realidad, todos saben que se trata de una despedida; del último adiós, aunque impere la alegría y un clima festivo. Incluso Sol –desde la inocencia y frente a las velas encendidas del pastel de su padre– por fin parece comprender cómo están las cosas y lo que se viene. Un “salto de madurez” (o algo así) anticipado e incipiente, pero también diáfano, que estará en ella y sus recuerdos por el resto de su vida. 

Como realización, la tónica de Tótem es ser muy libre, lo más espontánea posible, consiguiendo un tono (o sentimiento) casi documental, que hace creíble y más entrañable el retrato de familia en crisis; sitiada, desgastada, pero familia al fin y al cabo. Esto deriva en una cierta percepción de desorden, que no es sino reflejo de justo lo mismo ese día, en ese grupo, en esa situación concreta. El peso dramático de Tótem está precisamente en ello: en el retrato, más que en los sucesos de un argumento que desde luego conmueve, pero cuyo desenlace (hablo del vinculado a Tona) está definido por anticipado. Para esto, Lila Avilés alterna el punto de vista, haciendo a Tótem más bien coral, aunque Sol, la niña, es siempre la referencia principal. No hay duda, se trata de una película emotiva –sin excesos de sentimentalismo– claramente íntima y muy personal para Avilés. Será el film representante de México en la próxima edición del Oscar, ganador ya del Premio del Jurado Ecuménico en la Berlinale, así como de varios reconocimientos más en otros festivales internacionales importantes. En Tótem hay dos escenas que, para mí, serán siempre muy recordables: justo la inicial, con Sol y su madre siendo cómplices y confidentes al interior de algún baño público; y esa otra escena en la que una muy graciosa Sol, durante la fiesta, regala a su padre y a los asistentes una divertida, cautivante fonomímica. Un performance juguetón, preámbulo de su presumible toma de conciencia, esta sí triste. 

¿Tiene posibilidades Tótem de hacer el corte para quedar entre las cinco nominadas al Oscar a mejor película en lengua extranjera? Desde luego, aunque su estilo y apuestas poco abonan para contemplarla como una de las favoritas. Y nada malo hay en eso, porque las películas valiosas no se hacen pensando en ganar premios, sino que precisamente los ganan como resultado de sus méritos y cualidades. Ojalá que a Tótem le vaya muy bien, porque lo merece, con más o menos premios.

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