Miércoles, abril 14, 2021

¿Qué sigue? La cancelación de Trump y el fin de la esfera pública digital

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Inicia 2021 y no todo es pandemia. Tras una larga agonía, pasó a mejor vida la esfera pública digital. El 8 de enero, y habiendo acumulado 57.000 tuits, Donald Trump desapareció de Twitter luego de un comunicado que merecería el gastado y redundante sonsonete de histórico parteaguas.

 

La esfera pública digital se cancela tras las protestas en el Capitolio
Trumpistas en el Capitolio: 6 de enero del 2021 / Imagen: cortesía de The Dallas Morning News

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Por considerar que sus tuits rompieron el orden constitucional e incitaron a la violencia que se desencadenó en el Capitolio dos días antes, Jack Dorsey, el hombre detrás de Twitter Inc, tomaba una decisión editorial que cancelaba la más que difunta web 2.0.

Sí, puede que la recuerdes. Aquel concepto tecnoutopista que emergió en 2004 cuando la blogosfera, los wikis y las incipientes plataformas sociales pusieron de moda las redes distribuidas que, entre nodos horizontales y soberanos, crearían una esfera pública digital libre de mediadores poderosos, intratable y mañosos.

Los seres humanos, dotados de celular y conexión a internet, crearían en pocos años una ciudad digital paralela que para 2011 llenaría de indignados y revoltosos las plazas del mundo llevando el difuso mensaje antiautoritario a todos los rincones del mundo real y cristalizando, a ras de suelo, la promesa de la emancipación cibernética.

Luego del Sol, Tahrir o Zucotti Park, el souflé terminó en la institucionalización de la nada o el reclamo de cuotas meritocráticas para los profesionales del activismo a la sombra del Estado neoliberal. Y cuando parecía que nada podía cambiar, los indignados en tránsito de centralidad descubrieron que siempre sí se podía, pero desde el otro lado.

Llegó Donald Trump para probar que se podía ganar una campaña a base de redes sociales, lenguaje antisistémico y apelaciones indebidas a los bajos instintos de la comunidad. Ni arrasó en las elecciones presidenciales del 2016, ya que perdió el voto popular, ni se afianzó solo a base de tuits, pero sí fue quien mejor aprovechó la entronización de las redes sociales como la nueva esfera pública de principios del siglo XXI.

Aunque tuvo, por otro lado, la estructura de un partido que divide distritos electorales a su favor y la de una cadena de cable de alcance nacional, Fox News, que le entró a la contienda con todo su aparato mediático.

Sin olvidar que los grandes medios le dieron una cobertura gratuita equivalente a 2 mil millones de dólares que se cobraron en los cuatro siguientes años montándose en la inagotable ola de fascinación/demonización de aquel presidente en turno que no debía existir.

La mercantilización de The Donald salvó a unos pocos periódicos y cadenas de TV ubicadas en la Costa Este, mientras el resto de medios, de rango local o metropolitano, seguían su descenso a los infiernos, pero el precio se revela en el transcurrir de los años.

Tras convertirse al periodismo militante y aumentar sus suscripciones con dosis masivas de polarización y propaganda, han dejado de ser instrumentos para dirimir los conflictos de las élites (y moldear el sentido común de las mayorías) con lo cual deberán resignarse a ser vanguardia de abanderados o herramientas de opinión al mejor estilo de la Belle Epoque de Hetz y Pulitzer. Un camino para el cual no hay vuelta atrás.

Por qué Twitter mató la esfera pública digital

Cuando los portavoces del extremo centro del eje Clinton-Obama quieran volver a repartir culpas entre los radicalizados del mundo mundial, descubrirán que los suscritores digitales no pagan por el culto a la objetividad de las grandes redacciones profesionales, sino por compartir narrativas grupales.

Excepto que el trumpismo derive en una segunda guerra civil (y no parece que vaya a suceder en lo inmediato), el flujo monetario derivado de La Resistencia puede haber terminado en este 2021.

Extrañarán, y pronto, esta mina de oro llamado Trump.

Y, mientras tanto, lo más increíble sucedió: Twitter se deshizo de su mejor activo, o el hombre que creó, a base de latigazos de 280 caracteres, un universo paralelo tuitero-céntrico que hizo de esta red social el canal de todas la disputas.

Gracias al arrastre de Donald Trump y otro personajes de ambicioso pelaje, legiones de activistas-expertos y cruzados permanentes dirimían las justas del mundo en tiempo real mediante un scroll permanente que dejaba a participantes y espectadores con la extraña sensación que todo se definía en el imperio del pájaro que trina.

Cancelando a su mejor activo, Twitter se suicida a lo grande. Al definir el espacio de la conversación, sus modos y su estilo, así como el rango admisible de las opiniones, no podrá congregar a todos los bandos ni lucrarse con todas las batallas. La neutralidad de la red ya no es axioma, sino perturbación.

Y si el lenguaje extremista es un crimen,denunciar lo extremo de la realidad merecerá el castigo del silenciamento. Solo habrá lugar para los moderados que promueven guerras de intervención y las revisten de humanismo, mientras piden a grito pelado acciones golpistas en sus patios traseros junto a sus socios sureños.

Por eso Twitter no sabe aún que hubo golpe de Estado en Bolivia, te recuerda que los canales de TV no hegemónicos están “afiliados” a gobiernos extranjeros y permite que un diputado menor se llame presidente de Venezuela sin cerrarle la cuenta.

Entonces, si Trump puede ser borrado, ¿qué le espera al resto de mortales?

Por abajo y en los alrededores, todo el mundo es suceptible de expulsión y el único asidero para la permanencia será la correlación de fuerzas entre el tuitero designado y los poderes reales.

Si las conexiones de la desinformante Denise Dresser con los círculos correctos de Washington tienen más peso que las posiciones del gringo revoltoso de John Ackerman, el resultado de las denuncias tuiteras concluirá en la cancelación del segundo, a conveniencia del Departamento de Estado, sus nodos sureños y las líneas editoriales que determinen los dueños de esta red.

Y así hasta el infinito.

En otras palabras, el Estado imperial. con su flota de corporaciones privadas y agencias de espionaje, trata de arreglar un descuido que se convirtió en brecha. Algunos gobernantes, incluyendo el suyo, habían puenteado el sistema de medios a través de agregadores de contenidos de libre acceso.

Lo que Trump hizo con su cuenta de Twitter, lo hizo el presidente mexicano con sus mañaneras volcadas en redes por medios y youtubers amalgamados compartiendo el mismo escenario y las mismas redes en una erosión  -aceptada a regañadientes-  de la función mediadora de los vigilantes mediáticos.

Esos que, en el caso mexicano, tarifaban sus mensajes en función de la subvención presidencial y otros instrumentos de apoyo subterráneo que, al desaparecer, han convertido a columnistas y comunicadores en periodistas militantes.

 

La esfera pública digial peligra en México
Un tuit reflexivo (¿y preocupado?) de Jesús Ramírez Cuevas, coordinador de Comunicación Social de la Presidencia de México.

 

En la terminación de los viejos contratos, la supervivencia discursiva de la Cuarta Transformación depende de su capacidad de generar flujos de opinión favorables en el cambiante universo de las redes, evitando que los nodos opositores ganen la batalla de percepciones y determinen el torrente de propaganda que se filtra de Twitter a WhatsApp y muy pronto a Telegram.

Y quien más claro lo tiene es el propio presidente de México que en su mañanera del 14 de enero del 2020 advirtió la gravedad del asunto y la necesidad que la regulación, de ser necesaria, quede en manos de agentes privados:

“ No es de admitirse que haya una persona o grupo de personas que determinen por encima de los estados nacionales quien tiene derecho de expresarse y quien no”

En ese sentido, la purga de Trump funciona como aviso a navegantes de lo frágiles que son los canales alternativos. La recurrente suspensión de cuentas del gobierno venezolano en Twitter es el mejor recordatorio que, cuando los intereses convergen, se borra del mapa el objetivo seleccionado.

Y sin viejos ni nuevos canales, no hay discurso que resista su desaparición social.

Así se dinamita la esfera pública digital, o este campo de batalla sin tregua ni perdón donde sólo resisten los mitómanos y los empecinados.

En el futuro inmediato, la regulación de las redes se definirá a través de una agenda editorial de restauración donde unos pocos mediadores intentarán retomar los buenos tiempos de los guardabarreras de la información y la Agenda Setting.

No volverán los días de gloria, pero el daño será mayúsculo y bueno es recordar que poca es la capacidad de reacción cuando se pone de acuerdo el oligopolio. El súbito cierre del servidor de Parler, la red social de los conservadores trumpistas, en Amazon, deja en claro lo que significa la virtual desaparición del ciberespacio y la acción concertada de los Big Four (Amazon, Apple, Facebook y Microsoft) contra cualquier potencial objetivo.

Anexo captura de pantalla. La ruedita sigue y el bloqueo también.

 

Parler, la red social conservadora, desaparece

 

Purgar las redes garantizará al oligopolio digital que el hacha antimonopólica no triture sus negocios en tiempos de Biden, pero su crecimiento habrá terminado porque terminó también la hipótesis que las benditas redes sociales no serían intervenidas. Lo fueron. Y lo serán.

El principio del fin o el fin del principio

Noviembre del 2016 marcó el apogeo de las redes sociales como esfera pública digital de alcances gigantescos. Según la narrativa dominante de los viejos mediadores (periódicos, televisoras y otros medios tradicionales), aquello fue el preludio del Armagedón: temibles hackers rusos que controlaron telepáticamente la elección presidencial, malditos comerciantes de Cambridge Analytics que cultivaron los sesgos cognitivos y las burbujas informativas de los usuarios, llevados a la polarización por los malditos algoritmos y los desquiciados xenófobos estilo Bannon con su peculiar confeti de Fake News, desinformación y otras herramientas de propaganda que antes solo estaban a disposición del New York Times. El acabose, en otras palabras.

El templo de la democracia se mancilló tanto que la Guerra Fría, el macartismo y el reguero de golpistas apoyados por Washington se quedaron en accidentes del régimen estadounidense, promesa y destino de este paraíso de libertades cuya existencia solo conocimos porque llegó Donald Trump y entonces sí la democracia muerió “en la oscuridad”.

Cuatro años después, los nuevos mediadores de la esfera pública digital, encabezados por Twitter y Facebook, decidieron aplicar sus protocolos de censura y desaparición, antes dirigidos a enemigos del Estado como usuarios venezolanos, chinos, rusos, palestinos e incluso estadounidenses demasiado rojillos.

Y al decir al unísono que el presidente de Estados Unidos ya no tenía derecho a propagar sus exabruptos exhibieron la espada de Damocles.

Señalados de cómplices, los dueños de los canales de agregación del siglo XXI decidieron cambiar sus principios, fundados en la hipocresía, por todos compartida, que sus plataformas no eran medios, ni sus gerentes editores, y por tanto no era su función vigilar o censurar las expresiones de sus usuarios.

Otra cosa era recolectar, etiquetar y marcar sus preferencias para venderlas en el mercado de los anuncios personalizados y conseguir que su experiencia de compra (política, incluida) fuera la mejor, para lo cual todas nuestras publicaciones debían ser monitoreadas y comercializadas.

Cada usuario de Facebook o de Twitter, aunque también de Instagram o de WhatsApp, aceptaba crear contenidos gratuitos bajo escrutinio de ambos monopolios en un intercambio siniestro, pero aceptado, mediante el cual todos nuestros datos eran comercializados a cambio de librarnos a nuestras pasiones digitales de forma absorbente, amén de absoluta.

Era un pacto con el diablo, pero no parecía demasiado satánico.

 

La ciudad digital
Lecturas necesarias: dar clic para leer el artículo.

 

Podíamos ser reyes de nuestro nicho, amos de nuestra rabia e inquisidores de nuestros muros, páginas y grupos, aunque  poco nos duró la alegría. Entre avisos y bloqueos, fuimos comprendiendo que el precio de la Ciudad Digital sería un poco más caro de lo habitual.

Así aprendimos algunos que criticar al Estado sionista en tu muro particular puede costarte una cadena de denuncias que concluye en cancelación o que nunca podrás volver al país de los colonos porque Israhell no es la mejor palabra clave para aterrizaje discreto en Tel Aviv.

Aprendimos también que el dueño de la empresa donde quieres trabajar puede acceder a tu perfil ideológico al mismo tiempo que la NSA, mientras los proveedores de tu celular se encargan de darle acceso completo a la Agencia de Seguridad Nacional (o NSA) para que su gigantesca red de supercomputadoras procese tus pequeños datos en una telaraña relacional de sospechas que Edward Snowden nos explicó en 2013, aunque preferimos creer que aquella revelación no era gran cosa y que los villanos eran otros.

Rusos y chinos, naturalmente.


Este lente declinar del utopismo digital anunciaba la muerte de las fantasías libertarias del ciberespacio noventero y la instauración de un sistema de control creado por los gigantes de Silicon Valley gracias al cual, Snowden dixit, viviremos desnudos bajo el control del panóptico “durante una generación”.

La verdad sea dicha, el reino de los hackers libertarios que el joven Edward habitó en los noventa no duró demasiado. Esos mismos hackers venden hoy su fuerza de trabajo a los funcionarios de la NSA en sus convenciones gregarias de Las Vegas, mientras otra generación de antifascistas retóricos abandona los cliches colaborativos de la vieja Web 2.0 para abrazar la nueva inquisición liberal que los cancelará a su debido tiempo.

Cuando les toque ser designados como “terroristas domésticos”.

Así que es tiempo de preguntarse qué sigue.

¿Y ahora qué?

Al fin entendimos que esta esfera pública privatizada, con oscuros mediadores digitales a los cuales ni siquiera puede uno mandar “carta al director”, es un lugar sin salida ni futuro.

Así que mejor recordemos lo obvio. Antes de los lunáticos de Trump & Cía,  Twitter y Facebook ya habían desaparecido miles de cuentas chinas, venezolanas, rusas o palestinas, mientras protegían toda la desinformación procedente del poder realmente existente.

Ergo, el “extremo centro” vuelve al mando con los atributos de la censura absoluta y la vigilancia total que denunciaran Snowden y Assange, pero con la ventaja (humorística, si no fuera real) de revestir las operaciones de la CIA, la NSA y el FBI de “lucha contra el fascismo”.

Macartismo progresista. O verde. As You Like It.

El exiliado no volverá jamás a su patria y el australiano seguirá atrapado en el infierno carcelario, entre la indiferencia y la complicidad de los que aplaudieron la fantasía propagandística del Russiagate y lo designaron chivo expiatorio.

Lo cual me suscita una sola idea: no perdamos más tiempo en estos latifundios sociales. Yo casi no publico en la plataforma de Mark Zuckerberg .También me retiré de peleas, sermones y exposiciones que alimentan la voracidad del gigante.

Creo yo que el lento y discreto abandono del duopolio social es la mejor de las tareas. Si no les generamos contenido gratuito, mueren de inanición y menos saben de todos nosotros los villanos que merodean por el arrabal facebookero.

¿O no te acuerdas de aquellos tiempos analógicos cuando los dueños del universo tenían que hacer cierto esfuerzo para vigilarte y castigarte sin que tú mismo te subieras al cadalso de las redes?

Ahora que tantos descubrieron lo expuestos que estamos en WhatsApp. sigamos conectados por mensajería segura (en Telegram o Signal) incluso si seguimos disfrutando los juegos del hambre en Twitter.

Los que ya nos conocimos aquí, en los viejos tiempos, seguiremos en contacto cuando pase el huracán covideño.

Y lo que no se dio, ya no se dará. La esfera pública digital dejó de existir.

Difícil será encontrar alternativas de un día para otro, pero disminuir nuestra aportación voluntaria al ojo que todo lo ve no suena tan imposible. Y cuando lleguen otras redes, y otras reglas, volvamos a jugar.

De mientras, publiquemos lo justo. Y hagamos lo posible para que el “decrecimiento” sea regla en los negocios de Mark, Jack y Jeff y no en nuestras menguantes finanzas.

Esta es mi modesta, e inútil, propuesta.

¿Alguien se apunta?

 

 

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