Viernes, abril 16, 2021

¿Democracia?

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El zafarrancho protagonizado por seguidores de Trump en el Capitolio de Washington es el colofón de una de las administraciones más rocambolescas e incoherentes que ha visto no sólo el país del norte, si no me atrevería a decir, el mundo entero. El paso del pintoresco personaje (por no decir oligofrénico) por la Casa Blanca, ha estado repleto de necedades, locuras y desaguisados, quizá muy divertidos para mucha gente. Empero, para mí, tales dislates, lo mismo que su presidencia son síntoma de un problema mucho mayor: la democracia, como la conocemos hasta el día de hoy, se encuentra en una crisis espantosa. De hecho, lo está desde hace años, alimentada por las políticas neoliberales que no sólo han convertido al Estado en un mero árbitro al servicio de lo privado, también ha generado sociedades sumamente ignorantes de los procesos políticos, que carecen de interés por hacerse de información sobre el mundo que les rodea (me refiero al real, ahí donde los políticos toman decisiones) y que están trágicamente desvinculadas de su historia. De acuerdo con un reportaje de Roberto Gutiérrez Alcalá publicado en la Gaceta de la UNAM, el neoliberalismo en Estados Unidos y México extiende sus raíces a la crisis de 1929. Desde ese momento, “…los primeros neoliberales de México y Estados Unidos recelaban de la democracia porque creían que era la responsable del desbarajuste de la Gran Depresión, así como de que las clases populares esperaran que el gobierno las protegiera de un golpe exterior en la economía y de los momentos de mayor infortunio”. De acuerdo con Andreu Espasa de la Fuente, investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y responsable del proyecto “El origen del neoliberalismo en Estados Unidos y México: un debate económico sobre la democracia (1929-1947)”, en “los años 30, los neoliberales eran defensores de las libertades económicas y políticas, pero no de la democracia. Así, pensaban que era fundamental que el régimen económico fuera capitalista, de libre mercado, porque de ese modo garantizaría las libertades políticas, pero estaban convencidos de que la democracia representaba un problema para las libertades económicas y políticas. Asimismo, la culpaban del surgimiento del comunismo y el fascismo. Y es que, a excepción de algunos casos, como el del filósofo francés Louis Rougier, en general eran antifascistas; es más, sufrieron el exilio por ser opositores de los regímenes fascistas”. Por tanto, como se ve, la democracia siempre será un enemigo cuando puede vulnerar los intereses de los capitales y tenemos numerosos ejemplos en los pasados cuarenta años en que nuestro país asumió ya su etapa neoliberal. La llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos significó la irrupción de los intereses económicos privados para el ejercicio del poder desde un cargo público de tal envergadura; su necedad por permanecer en él apunta, sin duda, a la necedad de esos mismos intereses privados por seguir beneficiándose de la ventaja de tener un empresario presidente.

Por tanto, vale decir que la democracia, al menos en los últimos cuarenta años, no ha servido más que para justificar la injerencia de lo privado en lo público para beneficio específico de una elite determinada. Efectivamente, como lo evidenció Dora Villanueva en un texto publicado por esta casa editorial hace unos días, los “hombres y mujeres más acaudalados del mundo aumentaron su riqueza 18 mil dólares durante el año pasado por cada nuevo pobre que, según estimados del Banco Mundial (BM), ha dejado la crisis por el Covid-19. El organismo financiero estima que 100 millones de personas se sumaron a la pobreza el año pasado. Es la primera vez que esta tendencia crece desde 1998 y, como secuela, la desigualdad aumentará en 78 de las 91 economías de las que se disponen datos”. Como lo he venido exponiendo hace meses, esta pandemia ha sacado a la luz las enormes inconsistencias de un sistema económico, político y social que se pensaba infalible, perfecto e irreversible: el dominio del mercado por sobre todos los demás aspectos de la vida pública y privada. No obstante, las resistencias de representantes de las actividades económicas (como algunos restauranteros en la Ciudad de México o de las aerolíneas, por citar sólo algunos en nuestro país) hacen ver que la forma en que se ha conducido la economía desde hace años, no admite un cambio drástico como el que sufrimos; es más, ni siquiera hay ni la idea, ni la voluntad de cambiar la forma en que se desarrollan los negocios, ni las relaciones comerciales, ni las laborales. Sí, habrá legislaciones sobre trabajo en casa, habrá un incremento de actividades virtuales (con todos los riesgos que ello implica), pero en esencia, poco o nada se cambiará.

Y tenemos más elementos para analizar. Primero, los personajes que irrumpieron en el Capitolio se encuentran trágicamente atrapados en el discurso de Trump, en sus propios mitos de conspiración, (como que un extraño enemigo llegue y les quite su libertad, por ejemplo, lo que hace que eleven a palabra divina la Segunda Enmienda constitucional que les permite tener armas) y el mundo de fantasía donde se preparan para un apocalipsis zombi, extraterrestre o vampírico que está por llegar. Como sea, representan una masa, ignorante, intolerante y conservadora que vio la enorme posibilidad de exhibir su frustración pues su representante en la Casa Blanca está siendo expulsado por medios “fraudulentos”. Lo serio es que creen que lo que hicieron es correcto y piensan que, pese a que participaron en una elección con reglas específicas (perfectibles, qué duda cabe), al no ganar su candidato, el proyecto no fue democrático sin siquiera presentar evidencia de lo contrario. La forma en que se manifestaron me lleva a reflexionar sobre otro punto fundamental de la democracia, que es el respeto a la libertad de expresión. ¿La forma en que se expresaron es democrática?, ¿se debe respetar esa forma de expresión, aunque sea violenta? Y, por lo que respecta a Trump, ¿no representa un atentado a la libertad de expresión el que se le cancelen sus redes sociales y que los medios lo censuren porque dice mentiras? ¿Y dónde estaban esos dueños de redes sociales y los medios de comunicación los cuatro años anteriores en que ha mentido y difamado de manera sistemática? De hecho, hay que recordar que tanto Twitter como Facebook o Instagram censuran desde hace tiempo constantemente contenidos que no van de acuerdo con las políticas de esas empresas; de igual manera, los medios de comunicación tanto en México como en Estados Unidos han ejercido de manera clara por décadas la autocensura sin que nadie diga nada. Simplemente no hablan de un tema que les resulta incómodo y se acabó.

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Por tanto, debemos seguir preguntándonos qué entendemos por democracia. Después de todo, semejante palurdo llegó a la Casa Blanca vía medios democráticos. Hace unos días, en el programa de Camilo Egaña en CNN, se discutía en un panel sobre la llegada del autoritarismo a América, mismo que se había hecho evidente en los disturbios de Washington. Camilo ponía en un mismo costal a los gobiernos “autoritarios” de Cuba, Nicaragua y Venezuela, con las expresiones de los seguidores de Trump. Incluso los llamó “fascistoides” y se lamentaba de que eran pocos los medios que llamaban a esos gobernantes “dictadores”. Por supuesto que no estoy de acuerdo con colocar en un mismo nivel a todos esos países pues cada uno tiene su propia historia y sus propios ritmos. Empero, quizá sí habría algo en común entre todos ellos: la intervención norteamericana. En efecto, Estados Unidos ha metido la nariz en todos lados de América Latina, de forma velada o abiertamente, desde que existe como país. Primero, con el brete de que luchaba contra el comunismo; después, pretextando la lucha contra del crimen organizado. Y ha quitado y puesto a cuanto gobierno se le ha dado la gana; ha boicoteado o embargado a los que no se han dejado o ha obligado a otros a firmar acuerdos que nada tienen de equitativos. ¿Es eso democrático? Los golpes de estado orquestados por Estados Unidos en Chile, Argentina, Guatemala y el más reciente en Bolivia, ¿son democráticos? Nuevamente, ¿qué demonios entendemos por democracia el día de hoy? Sin duda, hay una crisis fundamental no sólo en su conceptualización, que en la teoría y los libros suena bien; también en su ejercicio que es enteramente cuestionable. Trump es un claro ejemplo de esta crisis, pero también lo son Bolsonaro, Brown, Macron, Merkel, Ortega, Maduro, Putin y un largo etcétera del que AMLO no se escapa…

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