La madre de todas las hamburguesas

Beatriz Patraca

De esa torta de carne molida, de esa masita compacta de quién sabe qué trozos de animal, han surgido desde hace tiempo muchas historias y mitos. Los que fuimos niños en la década de los ochenta recordaremos la leyenda que aseguraba que en las hamburguesas de Burger Boy, esa cadena pre-McDonald’s, habían uñas y colas de rata.  

Y aunque antes, mucho antes de eso ya había otros cuentos como los de los dedos en el tamal o los tacos de “suaperro”; la atención desde hace algún tiempo se centra en la reencarnación del diablo hecho alimento: las hamburguesas industriales.


Las redes sociales han difundido ampliamente el tema del pink slime o limo rosa que es una viscosidad producida con trozos de carne de baja calidad y cartílagos y que es tratada con químicos para su esterilización y conservación. Con esta mezcla se hacían las hamburguesas (o se siguen haciendo aunque las trasnacionales más importantes lo niegan rotundamente) y al ser difundida esta práctica, el rechazo del consumidor fue inmediato, por lo menos en los Estados Unidos. En Youtube podemos encontrar varios videos que dan cuenta de este proceso.

De carácter artístico, aunque igualmente producto viral de las redes sociales, fue el proyecto Happy Meal de la fotógrafa Sally Davies en donde documenta dos años (y sigue…) de una incorruptible hamburguesa de McDonald’s.  Comerla ya queda a gusto personal, pero tirarla a la basura orgánica podría ser un acto de irresponsabilidad. Por su parte, el documental de Morgan Spurlock, Super Size Me, muestra el deterioro físico y mental del director al pasar un mes alimentándose exclusivamente de comida de McDonald’s.

Con todo y su mala fama a cuestas, o precisamente por eso y por ser un producto trasnacional reconocido a nivel mundial, un equipo científico holandés ha creado la primera hamburguesa de laboratorio a partir de células madre. Evidentemente esto forma parte de un estudio científico más amplio en donde la difusión se centra en la anecdótica hamburguesa, sin embargo las conclusiones, dicen, tienen que ver con solucionar la escasez de carne y erradicar el sufrimiento animal. Eso suena bien, a deseo ingenuo. Ahora habrá que ver hasta qué punto el hambre en el mundo tiene que ver con el acaparamiento y el despilfarro, cuánto va a tardar una empresa en patentarla y qué consecuencias reales tendría para el consumo humano de forma masificada. Hasta ahora los propios científicos confiesan que le falta sabor y color y podría apostar que celebraron su éxito con un buen filete y no con esta masa madre.




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