La revolución de las colas

En la carta dirigida a Donald Trump, AMLO resume su proyecto de nación en unas cuantas palabras:”…consistirá en desterrar la corrupción, abolir la impunidad, actuar con austeridad y destinar lo que se ahorre a financiar el desarrollo del país”.

Nuevamente el protagonista será el Estado, últimamente el culpable del desastre nacional pero que, regenerado moralmente, podrá ser el gran redentor del pueblo.

Para AMLO el pueblo mexicano es el pueblo pobre y necesitado. Lo que él ofrece es lo que quiere ese pueblo. El acceso al poder para mejorar un poco. Sus estrategias más visibles se encaminan al apoyo de los ninis y de la tercera edad. Que nadie se quede sin educación y sin seguro para su salud.


El mejoramiento que el Estado ofrecerá para la atención de las necesidades básicas de la población será posible con los recursos ahorrados en el combate a la corrupción, que alcanzarán también para financiar las inversiones del Estado en infraestructura y otras áreas de apoyo al desarrollo económico del país.

La República de la Austeridad implantada por el representante del pueblo pobre y apoyado por éste en su esperanza para mejorar un poco.

Lo que nunca aparece es el pueblo de las clases medias y de los ricos. Y en las inversiones sólo aparece el capital nacional y extranjero. Sólo cuando se trata el asunto desde el punto de vista político toman una  forma negativa, con sus excepciones, porque también hay buenos entre los empresarios, los fifís, y el capital internacional al que se puede convocar a la cooperación y el desarrollo.

Esa es su base electoral, el pueblo pobre y la parte buena de las clases medias y los ricos. Los que quieren mejorar su situación y los que estaban hartos de la corrupción, la impunidad, la inseguridad, el despilfarro y los privilegios. Por eso, al igual que Trump lo hace con los blancos y el resto de su base, a ellos se dirigirá siempre y en primer lugar para impulsar sus políticas.

No exagero ni es una proyección extra lógica. Así lo dice AMLO hacia el final de la carta enviada a Trump. “En cuanto a lo político, me anima el hecho de que ambos sabemos cumplir lo que decimos y hemos enfrentado la adversidad con éxito. Conseguimos poner a nuestros votantes y ciudadanos al centro y desplazar al establishment o régimen predominante. Todo está dispuesto para iniciar una nueva etapa en la relación de nuestras sociedades, sobre la base de la cooperación y la prosperidad. Hagámoslo. Le mando un abrazo afectuoso”.

Pudo haber dicho “le mando un cordial saludo” y no “afectuoso abrazo” a quien hace del odio a los mexicanos parte de su discurso para fortalecer el vínculo con su base electoral. Pero en fin. De lo que se trata es de mantener la relación en términos más o menos manejables y sobre todo con estabilidad y con el flujo continuo de las inversiones.

El discurso de AMLO tiene muchas similitudes con el nacionalismo revolucionario, pero quizá una diferencia fundamental. El nacionalismo fue la ideología que permitió a los caudillos y a la burocracia erigirse como autoridad revolucionaria por encima de la sociedad para atender limitadamente sus demandas en medio del desarrollo capitalista que se impulsaba. Las masas se identificaban con la nación y el gobierno, con el trasfondo de la miseria imperante, les ofrecía el mejoramiento de su situación mediante su incorporación al proyecto nacional en una de las corporaciones creadas para ello (sindicatos, federaciones, centrales, etc.)

La autoridad revolucionaria ofrecía el desarrollo a todos, pero sólo incorporaba a la tercera parte. El resto o migraba a los Estados Unidos o en la marginalidad, ya fuera en la miseria o en la informalidad. Pero el discurso funcionaba por la esperanza renovada sexenalmente y ejemplificada por el compadre, el familiar o el vecino.

Por ello Gabriel Zaid alguna vez escribió que la democracia mexicana no era ni social ni política, sino peticionaria. Todos hacíamos cola para pedir. “La cola avanza –escribió—y el sistema reparte premios gordos, medianos, pequeños, reintegros o nada, en una lotería que anima a soñar con ambiciones ilimitadas” (Escenarios sobre el fin del PRI, revista vuelta No. 103).

AMLO y la cuarta transformación no tienen su origen en una revolución armada sino en el proceso electoral de la joven democracia mexicana y en el hartazgo de la sociedad contra la corrupción y la impunidad. Ahora no se apela a la autoridad revolucionaria sino a la moral regeneradora de la vida pública. No se trata de un discurso meramente político sino que tiene la virtud política de aparecer más ampliamente como un discurso moral. Lo que no aparece todavía es la propuesta económica y social, a no ser los proyectos de inversión y el aumento a los salarios mínimos que también le fueron expuestos a Trump.

Tal discurso puede dar pie a una simple reorganización de las colas para seguir pidiendo al gobierno presidido por el líder moral, o puede ser la base para fortalecer y consolidar a la democracia protagonizada por la ciudadanía. Y ésta no necesita ya de un proyecto nacional, sino de la libertad plena para que la sociedad decida su destino.