Érase una vez

Érase una vez un hombre de carne y hueso, tirano y extravagante, que reinó en el Imperio más poderoso de sus tiempos. Se llamaba Nerón.

Comerciante habilidoso, diplomático astuto, gran promotor de la cultura y el deporte, fue recordado en la historia no por sus aportaciones al Imperio, sino por ser un asesino capaz de ejecutar sin el menor tiento a todos los que se interponían entre él y sus ínfulas de poder que ya cruzaban el umbral de la locura.

Mató a su madre, mató a su hermanastro, mató rebeldes, mató niños…


Porque para ser asesino, no hay que ser el que se mancha las manos con la sangre de la víctima, basta con poner las herramientas sobre la mesa y ordenar que se ejecute la orden en el momento indicado y conforme a la ley, su ley.

En estos días en mi Puebla, recordé a Nerón el asesino.

Con profunda tristeza vislumbré un Estado coercitivo moldeado a capricho de las minorías que ven el presente como si ya fuera el 2018.

José Luis Alberto tenía 13 años cuando en medio de una manifestación, “algo” golpeó su cabeza para dejarlo inconsciente, no solo a él, sino a todos los que en la gran olla que es el interés político y monetario, han metido su cuchara. Días más tarde, el menor murió.

¿Y quién es el culpable? ¿Los que convocaron a la manifestación? ¿El Estado que promulga leyes a beneficio del patrón? ¿El policía que no es capacitado para cumplir con su trabajo?… lo único que queda claro es que José Luis es el único que puede eximirse de la culpa de su propia muerte. Cuestión de circunstancias.

Pienso entonces en la madre que solo quiere llorar la ausencia.

Pienso en la Ley Bala.

Pienso en la responsabilidad de los medios de comunicación a sueldo.

Pienso en la clase política armando argumentos para obtener beneficios.

Pienso en la resaca de los pobladores de Chalchihuapan.

Pienso en Nerón.

José Luis Alberto ya está muerto y su deceso deja mucho que pensar sobre el futuro. Cierto es que llegará el momento en que sabremos si este acontecimiento fue el comienzo de la historia o el final de la misma, y entre los años, el niño para muchos será un fantasma.

… un día, la ciudad de Nerón ardió en llamas y él, mirando a lo lejos el macabro espectáculo, se aferró a su lira con la lumbre reflejada en sus pupilas. Ese fue el principio de un final teñido con sangre de muchas víctimas. Si murieron golpeadas, quemadas o arrolladas, ya a estas alturas de la historia, es lo de menos.

 

Mónica Rojas//Twitter: @MRojasEscritora//