Conquista

El viernes pasado se escenificó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad un foro por demás interesante donde varios especialistas de México, Estados Unidos, España y Holanda disertaron sobre la Conquista de México y sus implicaciones. Los participantes fueron la doctora Camila Townsend, de Rutgers University; la doctora Stephanie Wood, de la Universidad de Oregon; la doctora Teresa Rojas Rabiela, del Ciesas; la doctora Bárbara Mundy, de la Fordham University; la doctora Kelly McDonought, de la Universidad de Texas–Austin; el doctor Sebastián van Doesburg, holandés que trabaja en la UNAM; el doctor José M. García Redondo, investigador de la Universidad de Granada actualmente haciendo una estancia postdoctoral en la UNAM y, finalmente, el doctor Luis Fernando Granados Salinas, de la Universidad Veracruzana. Moderó el encuentro la doctor Lidia E. Gómez García, del Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UAP. Destacaré algunas de las reflexiones ahí vertidas y externaré algunas preocupaciones personales sobre el particular. Vale empezar diciendo, como afirmó Luis Fernando Granados, que “ninguna palabra es inocente”. En efecto, es fundamental entender lo que el término conquista implica y lo que nos significa de manera directa a nosotros. El problema radica, argumenta, en que, a través de la palabra no se “está describiendo un hecho, lo estamos calificando” y que “la idea misma de conquista oculta un proceso sumamente complejo”. En resumidas cuentas, al asumir que la palabra para designar tal proceso es “conquista”, estaríamos asumiendo a su vez que existió un grupo conquistador y el otro conquistado, es decir, aceptarnos como los que cayeron bajo la superioridad de una potencia exógena y quedar eternamente determinados por tal hecho. Por tanto, es necesario que, en primera instancia, critiquemos el término y propongamos nuevas maneras de entender lo que, a mayor profundidad, implica un innegable proceso que se encadenó con la colonización de los territorios dominados.

En segundo lugar se plantearon otras categorías de análisis que lo mismo funcionan para razonar un acontecimiento tan remoto, como sus consecuencias en el presente en relación con las comunidades conquistadas en ese momento y que a partir de entonces conocemos como indígenas. Por un lado, Kelly McDonought afirmó que se tiene que considerar la “negociación” como categoría de análisis, pues para ella la “colonialidad sigue y la conquista está por todos lados”; por su parte, Sebastián van Doesburg plantea el concepto de “agencialidad” –una castellanización del término anglo sajón agency–, que se relaciona con la acción y quién la detenta. Para él, después de la conquista, los indios perdieron esa capacidad de actuar y ello quedó en manos de los dominadores. Para García, el español del panel es sugerente revisar la manera en que el mundo se iba cambiando a la par que se iban “descubriendo” nuevos territorios y quedaban descritos en mapas; además, comprender qué se pensaba con respecto al nuevo mundo desde Europa, lo que indudablemente marcó la negociación posterior. Ello implicó definir al otro y repensarse uno mismo. Por su parte, Teresa Rojas se manifestó por que no cayéramos en visiones evolutivas simplistas y nos enriqueció con una rica descripción de la alimentación prehispánica al momento del contacto lo que echa por tierra cualquier postura de superioridad nutricional; a la par, Camilla Townsend nos invitaba a explorar nuevas perspectivas desde otras ciencias en una posición multidisciplinar. Stephanie Wood nos invitó a la inclusión de las comunidades indígenas en la creación de su propia historia, como están haciendo con algunos grupos en Estados Unidos, y Bárbara Mundy enfatizó la importancia del trabajo con fuentes indígenas en torno a la Conquista.

Coincido con todos ellos en afirmar la necesidad de acuñar mejores términos para describir un fenómeno como la Conquista de América que, dicho sea de paso, no culminó con la caída de Tenochtitlán en 1521 y, para el caso, valdría la pena ver si no es que continúa en este momento. Baste recordar que el Petén Guatemalteco fue conquistado hasta 1697 –lo que no significó más que la atomización del poder en la región y no el dominio español que sucedió mucho tiempo después– y que hubo muchas comunidades de California y otros territorios pertenecientes a la Nueva España que, al ser “liberadas” en la Independencia, declararon no haber sido nunca conquistados por nadie. Por tanto, es importante evitar que la llamada Conquista totalice el discurso de un proceso tan complejo como disímil en América, en especial porque tendremos en 2019 –por la llegada de Cortés a tierras americanas– y en 2021 –por la caída de Tenochtitlán–, grandilocuentes celebraciones por el quinto centenario de la Conquista de América. Y habrá que blindarse frente a la enorme estulticia que se derramará en discursos políticos y mediáticos. Es necesario que cualquiera, pero especialmente docentes e investigadores, profundicemos en el tema, que cavilemos las consecuencias de los procesos de conquista y de colonización, así como de las estrategias de negociación que han ocupado las comunidades indígenas con el poder, sea español o mexicano, para permanecer. Este es un preámbulo de muchos foros que han de venir para explicarnos a nosotros mismos para reconocernos en el otro, el conquistado, y trascender versiones simplistas de la historia.