Annie Edson Taylor, la reina de la niebla

El día que cumplía 63 años, la maestra Annie Edson Taylor se lanzó en un barril construido por ella misma por las cataratas del Niagara. Era 1901 y ella era la primera persona que hizo semejante insensatez y podía contarlo. Buscaba la gloria y los ingresos que hicieran más llevadera sus senectud, pero su representante se escapó con el dinero y el barril y ella murió en la indigencia.

La preocupación por el futuro es la mejor coartada posible para descuidar el presente. Iniciarse hoy, aún plenos de facultades, en la senda de las privaciones garantiza el disfrute de la penuria en vez de confiarlo a un prometido porvenir nefasto que quizás nunca llegue. Si usted, por ejemplo, ahora que está en la flor de la vida, se desprende de una comida diaria y destina al ahorro su valor monetario (la tozudez perecedera de los productos alimenticios aconseja que lo que se reserve para el futuro no sean productos frescos, sino su conversión en dinero), reducirá las posibilidades de una eventual longevidad y, con ella, las expectativas de verse atrapado por una vejez miserable. Ese peculio sagrado, arrancado del sacrificio de su vida, engrasará, sabiamente manejado por las diestras manos de los especialistas, los resortes financieros que hacen girar al mundo y mantienen nuestro agradable mareo, y acabará por engrosar las cuentas de las que solo salió para reproducirse. Al fin y al cabo, igual que los humanos gustamos de apiñarnos en centros de asueto, playas, estadios o centros comerciales, los capitales están encantados de concentrarse en las cariñosas manos llenas de los mercados.

Annie Edson Taylor había malgastado su vida en enseñar música a sus alumnos en Sault Ste. Marie y San Antonio. Tal vez, en algún momento, mientras condenaba a sus discípulos a soplar gaitas, pasar hambre y arruinar las siestas de sus vecinos, pensó en la conveniencia de destinar parte de sus exiguos emolumentos a asegurar su vejez. Pero, no nos engañemos, no ahorra quien quiere sino quien puede, y aunque Annie Edson Taylor se privó con alegría de buena parte de sus comidas, nunca consiguió aminorar la vacuidad de su corriente (en tanto que vulgar) cuenta bancaria.

A punto de cumplir los 63 años, Annie Edson Taylor decidió enfrentarse con firmeza a su fracaso vital. Los años pesaban sobre sus orejas y sus facultades auditivas se aproximaban peligrosamente a las de un crítico musical. Nadie en la inspección educativa vería inconveniente en su sordera, pero era momento de atajar el tema por lo sano.


En visita a las Cataratas del Niágara, donde, como un ornitólogo, gustaba de observar parejas de recién casados, encontró solución a las viruelas y a la falta de protección social a la ancianidad. Montada en un barril de confección propia, remediaría los problemas de su porvenir, lanzándose por las Cataratas del Niágara. No había lugar para el fallo. Si perecía en el intento, acabaría con su porvenir, que es la mejor manera de eliminar de raíz los inconvenientes que podría acarrearle. Si lograba su objetivo y se convertía en la heroína que saltó por primera vez las Cataratas del Niagara en el interior de un barril, obtendría fama y fortuna y, a falta de tertulias televisivas, dedicaría los años del postre a dictar conferencias, firmar autógrafos y dejarse fotografiar con su barril.

El plan era perfecto y estaba probado con un gato. El 24 de octubre de 1901, Annie Edson Taylor se embutió en un colchón y entró en el barril. Un ayudante de su abogado atornilló la tapa, inyectó aire en el interior del barril con la bomba de una bicicleta, tapó con un corcho el agujero y lanzó a Annie al agua del río Niágara. La gloria o la salvación estaba a veinte minutos, aunque a la temeraria se le hicieron veintemil. Como Dios protege a los insensatos, Annie llegó a destino con cuerpo y chaladura intacta. Era el ansiado momento de la gloria. ¡Con ustedes, Annie Edson Taylor, la primera persona en lanzarse en un barril por las Cataratas del Niágara! Todas las empresas la necesitaban para anunciar sus productos; niños y mayores la querían como abuela, madre, suegra o cuñada. La caja se llenó tan rápido que Annie necesitaba de los servicios de un asesor fiscal. Pero ya tenía uno, su abogado y representante Fran M. Russell.

Una mañana, la abuela de América fue a consultar las cuentas del negocio. Era extraño que a esas horas su representante no estuviera en el despacho. Más raro aún fue que no se le viera en la ciudad, ni ese día ni ninguno de los muchos que vinieron después. «Soy un hombre responsable –declaró en Chicago–. ¿Cómo iba a dejar tal cantidad de dinero en manos de una chalada que se tira en barril por las Cataratas del Niágara? Sería una insensatez imperdonable.» Russell huyó con el dinero, el barril y la plácida vejez de la heroína. Annie Edson Taylor gastó su fortuna en buscar infructuosamente al abogado y perdió los restos en la Bolsa de Nueva York. El 29 de abril de 1921, con 82 años, la primera mujer que se lanzó en un barril por las Cataratas del Niágara murió pobre y olvidada en Lockport. Fue enterrada en la sección de acróbatas del cementerio de Oakwood, en las Cataratas del Niágara.

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