AMLO y yo

Empiezo por dejar constancia que nunca nos conocimos. Pero mi relación con AMLO es la historia de un cruce, por caminos lodosos de pantanales en Tabasco que él transitaba de salida cuando yo, en reversa, seguía (sin saberlo) sus pasos hacia comunidades como Guaytalpa, Tamulté o Guatacalca. Eran tiempos en que ambos éramos jóvenes, casi de la misma edad, en aquellos lejanos años entre 1982 y 1986 (ver, A. Ashwell, “El pantano” en Espacios–CIF. BUAP. 1986). Mi historia con AMLO no la puedo relatar como una que rememora el señor Ignacio Ovalle desde el poder ni desde la amistad (ver A. Delgado, “Los Olvidados orígenes de AMLO” en Proceso, no. 2181) sino más bien es solo un relato de un encuentro que fue y no fue: yo solo “conocí” a AMLO por las conversaciones con algunos lugareños en las comunidades campesinas chontales (o chol parlantes como en Puxcatán) cuando fui detrás de Irena Majchrzak (1927–2011) a Tabasco. En ese entonces, los campesinos me hablaron del “Licenciado Andrés Manuel” que prometía ayudarlos o resolverles desde el techo de la champa de la escuela hasta el camino que los acercaba al río que había que cruzar con pangas para acceder con los productos de la milpa a los mercados regionales. Le tenían fe a su palabra y decían que él honraría su compromiso recordando ejemplos de sus buenas acciones cuando estuvo en el INI; y alguno me dijo algo más, más o menos con estas palabras que compongo con la memoria: “Aunque ya no esta nos dejó a doña Julieta para mirar por nosotros mientras tanto”. En ese entonces no destaqué sino la importancia de “doña Julieta” en esas esperanzas. Doña Julieta siendo Julieta Campos (1931–2007) la escritora cubana mexicana, esposa del gobernador González Pedrero, amiga de Irena. Si bien corrían rumores y cierto descontento sobre la abrupta partida de Tabasco del “Licenciado” en 1983 que entonces no dejó de intrigarme. El Sr. Ovalle ahora explica que las consultas democratizadoras a la base, una vez transferido del INI a la presidencia del PRI por el gobernador electo Gonzalez Pedrero, fue lo que decidió su destitución. Pero cuando en las comunidades me hablaron de él y sus buenas obras yo hacía preguntas y una maestra me contó que en el pueblo ”decían” que el gobernador González Pedrero había obligado a AMLO a renunciar y a alejarse de Tabasco porque le tenía “celos”. Cuales hayan sido las razones que motivó a González Pedrero para quitarle su empleo esas no afectaron la relación entre AMLO y Julieta Ocampos (a quien él convertiría en la encargada de la Secretaria de Cultura en su primer periodo de regente de la Ciudad de México); su asesoría e influencia se siguió notando en muchos de los proyectos que Julieta Campos arrancó para mejorar la vida y enaltecer las culturas de los pueblos indígenas y campesinos que su marido gobernaba en Tabasco. Entre estos estuvieron las primeras palapas pedagógicas y las primeras instalaciones de albergues indígenas remodelados (para precisiones ver Irena Majchrzak, Posdata desde Tabasco. Seis años después. Gob del Edo de Tabasco 1982. Hay reedición de la SEP) que Julieta e Irena inauguraron en Tamulté (si mal no recuerdo) en 1984. Julieta Campos exponía una sensibilidad y disposición parecida a la que los lugareños me decían le reconocían también a AMLO y que yo comprendí al leer su libro La Herencia Obstinada sobre las tradiciones orales en Mecayapan, Veracruz: en vez de soluciones importadas había que descubrirlas, buscarlas, encontrarlas en la vida compartida de las propias comunidades campesinas indígenas; es decir en la cultura local y material cuando responden al clima, al entorno vegetal y paisajístico, saberes que se resguardan desde tiempos inmemorables y son llevados a la práctica para resolver los problemas locales. En ese espíritu, después de un diagnóstico sobre las deficiencias en la experiencia pedagógica impuesta por la SEP, por ejemplo, Irena buscó corregir sus consecuencias agresivas en la vida de los niños escolarizados con técnicas y materiales creados en la escuela de María Montessori pero adaptados con la estética y la tradición oral local. Ella se “inventó” de paso un método de alfabetización a partir del “Nombre Propio” que Julieta Campos celebró como una buena ocurrencia consiguiéndole a Irena y su equipo (que para entonces constaba de alrededor de una veintena de pedagogos, antropólogos, trabajadores sociales e incluso artistas que llegaron de Cuba) suficientes fondos para crear un sistemático programa de apoyo pedagógico. Como antropóloga fui atestiguando en esos años una experiencia que más parecía transformar a los fuereños que a los niños y sus familiares que se divertían observando las torpezas, incluso las crisis, que sufrían algunos jóvenes invitados por Irena y Julieta en medio de esa inmersión profunda y querendona con niños y familias habitantes en pueblos en medio de pantanales. La enseñanza escolarizada de los niños chontal o chol parlantes en Tabasco comprometía una problemática mucho mayor que la simple alfabetización o escolarización de los niños (ver A. Ashwell, “Irena Majchrzak: Compartiendo”. Elementos. No. 94. 2014). No es el propósito de este articulo relatar la complejidad de esa experiencia pedagógica y asistencial sino solo constatar que para todos los que llegamos a experimentar ese pantano, estoy segura fue el caso también de AMLO, esa vida compartida en comunidades campesinas indígenas, las relaciones humanas, lingüísticas y culturales que tejimos, no podían sino comprometernos de por vida con un universo ético cuya intensidad tenía que resultar en cambios profundos en nuestras propias vidas. Escuché ecos de algo que en aquellos años aprendimos todos en Tabasco entre pueblos campesinos e indígenas cada vez que  AMLO en campaña insistía que había que “escuchar” al “pueblo” para bien gobernarlo. Si otros percibieron en eso “demagogia” o “populismo” yo solo recordaba que AMLO aprendió a escuchar, con Julieta Campos e Irena Majchrzak, caminando senderos enlodados en la selva de Tabasco y trabajando para esas comunidades campesinas desde el INI cuando él tenía, como yo, apenas superados una veintena de años.

Creo que es obvio para todos (o debería de serlo) que en los términos y formas de su programa de gobierno si se mantenía el eje “primero los pobres”, por decirlo sucintamente, casi en su totalidad, es irrealizable. Es poco lo que se puede modificar a un país tan diverso y desigual, en unos contextos geopolíticos adversos, mermados y expoliados sus finanzas públicas y donde, entre otras calamidades, “escuchar al pueblo”, como lo debe saber el propio AMLO, no significa solo consultas  y referendos a los programas de gobierno. El inevitable aterrizaje de AMLO, antes de aterrizar, ya muestra posturas cambiantes, indeseables funcionarios y decisiones que frustran a los excluidos de siempre para tranquilizar a las viejas élites de siempre. Pero estoy segura que sus orígenes como político y encargado del INI en esos en Tabasco le enseñó lo que todos los antropólogos de campo sabemos: que es de urgencia detener la malhadada intervención y expropiación de los recursos naturales y territorios de los pueblos originarios de México. Estos pueblos ya están inmersos y al alcance de nuestra moderna cultura nihilista y criminal (como le señalaba a Irena en aquellos años óscar del Barco). Ciertamente no es trivial, como dice el Sr. Ovalle, que hay nobleza en el corazón de AMLO pero para mí lo que no es trivial es que AMLO empezó su vida pública combatiendo la discriminación y la pobreza en los pantanales de Tabasco. Hay que recordarle ahora que tiene una palabra empeñada que cargó de sueños y esperanzas a esos pueblos. Y que tiene la responsabilidad, al costo que sea, de cumplirles.