Lo que hace la mano… hace el de atrás

Seguirle el paso a una criatura de sólo dos años, puede llegar a ser un asunto verdaderamente extenuante para cualquier adulto, aunque éste cuente con una buena condición física. La actividad que despliegan los niños y las repeticiones constantes de sus movimientos hacen la faena muy cansada y mientras las tiernas criaturas se encuentran frescas y dispuestas a seguir con su ajetreo con la misma intensidad con la que lo empezaron, los adultos tienen la “lengua de corbata” y jadean como sabuesos.

Los nenes absorben todo de su entorno y mientras más amplio sea éste, más se nutre de nuevos conocimientos y habilidades que tienden a repetir, una y otra vez, hasta que queden firmes en su conciencia y las aprendan completamente. Si se trata de dibujar, los rayones que hacen sobre un papel son la constancia material del efecto que logran tallando el instrumento hasta que llegue el momento de dibujar formas e imágenes de mayor precisión y que representen lo que ellos imaginen.

Sus movimientos, torpes y de características ortopédicas, se van haciendo más finos y más seguros a fuerza de esa repetición constante que además ejercita sus músculos. Cosa semejante sucede con el lenguaje que va adquiriendo precisión gradual y permite apropiarse cada vez más del mundo que les rodea. La estimulación adecuada, a temprana edad, es una condición importante para el desarrollo de las criaturas. Por otro lado, la sobreestimulación que algunos padres realizan con sus niños en aras de hacerlos avanzar y aventajar a otros infantes resulta muchas veces contraproducente en la socialización de las criaturas y convierten a los niños en adultos chiquitos.


Pero como no soy pedagogo ni especialista en estos asuntos del desarrollo infantil, sólo rindo mi testimonio de abuelo observador, tarea en la que me empeño para lograr una buena relación con mi nieto que, reconozco, es muy distinta a la que el niño establece con sus padres y que contiene aspectos profundos y de mayor responsabilidad; por eso la sabiduría popular nos dice que son los padres los que tienen el deber de educar y son los abuelos los que tienen el gusto de consentir a las criaturas. Mientras esta contradicción no sea una constante, que ponga en cuestión la forma de educar de los padres, como odiosa intromisión, las cosas pueden ser tolerables y aún deseables.

Después de dos horas y media de trajinar con el nene y cuando hago entrega de él a sus padres, le sigue un cansancio que trato de corregir mediante el reposo para que, pasado un tiempo razonable, el físico se recupere y el ánimo también. Quiero manifestar aquí mi reconocimiento y admiración por aquellas abuelas, principalmente, y algunos abuelos que por necesidad de apoyar a sus hijos se hacen cargo prácticamente de sus nietos todos los días.

Los comerciantes han inventado un “día del abuelo”, como lo han hecho con la madre, el padre, el niño y otras celebraciones. Su intención no es la de gratificar y demostrar amor a los rucailos de parte de sus nietos, sino hacernos creer que un obsequio puede ser la manifestación plena de ese cariño. Yo sugiero solamente que sean los hijos los que fomenten ese entrañable afecto entre los abuelos y los nietos. De cuando en cuando, “échenle un lazo” a los viejos a través del contacto con sus nietos y eso si… déjenlos primero que se repongan de lidiar, a sus años, con las animosas criaturas.