¿Qué hacer en el 2018? 2ª de tres partes

México se enfrentó en el 2017 a la agresividad del Presidente de la mayor potencia del mundo y no le fue muy bien que digamos; se manifestó dividido, con un gobierno muy débil, enfermo de impunidad y corrupción, atrapado en la inseguridad y la violencia, con gravísimos problemas económicos y sociales y, lo que es peor, sin los medios ni los recursos para superarlos en el corto y mediano plazos.

En tales circunstancias, el proceso electoral de 2018, que renovará casi en su totalidad los poderes de la república, aparece más como una amenaza para profundizar los problemas y menos como la oportunidad que tiene la nación para fortalecerse y engrandecerse.

Con razón Jorge Castañeda advierte que nos amenaza una Tormenta Perfecta. Por la reforma fiscal en los Estados Unidos, la incertidumbre sobre el Tratado de Libre Comercio y el resultado más probable de las elecciones en México, las perspectivas económicas y sociales no aparecen en nada favorables. Después de más de 30 años de crecimiento económico mediocre vendrán algunos años de crecimiento insignificante. Con ello aumentarán la desigualdad y la pobreza.


Pero ¿cómo es que hemos llegado hasta aquí? Según Porfirio Muñoz Ledo, en su libro “La Vía Radical”, en 1988 sí hubo un pacto político entre el PRI y el PAN, después de que Cuauhtémoc Cárdenas aceptara su derrota electoral. Los resultados de ese pacto han sido: “el ejercicio errático de un autoritarismo feudal, el maridaje entre el dinero y la política y el tráfico plural de las influencias. La abdicación de la autoridad pública ante la rectoría de los poderes fácticos y la patética dilución del Estado de derecho”. En tales condiciones –agrega Porfirio–, “la globalización conduce al alquiler de la soberanía, la bancarrota económica, la diáspora social y la desintegración paulatina del Estado Nación”.

La verdad es que no deberíamos llamarle pacto a las componendas que jamás estuvieron a la altura de la coyuntura política que vivió el país en 1988. Por lo contrario, la ausencia de algún pacto de altura se tradujo en la apechugada de Cárdenas, el triunfo cultural del PAN (como le gustaba decir a Carlos Castillo Peraza) y la implantación del proyecto modernizador de Salinas de Gortari.

Desperdiciado el 88 para impulsar institucionalmente cambio democrático alguno excepto la mayor presencia activa del PAN y el PRD, se vinieron después acontecimientos que terminaron por lograr los resultados a los que se refiere Porfirio: firma del TLC, levantamiento indígena en Chiapas y el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Es cierto que tales acontecimientos más la acción de la sociedad civil y los partidos políticos hicieron avanzar la transición democrática: se logró la independencia del IFE y el PRI perdió la mayoría en 1997 lo que  abrió  paso a la alternancia en el 2000.

Pero la alternancia de partidos en el gobierno no significó mayor avance para la necesaria consolidación democrática. Por el contrario, sobrevino el desencanto y la democracia mexicana se ha quedado con las grandes fallas que le impiden su desarrollo. Entre otras: 1) Dificultades casi imposibles de superar para construir una mayoría. 2) Pocos incentivos para la integración política y muchos para la competencia despiadada por el poder. 3) Falta de iniciativa para la creación de las nuevas instituciones del nuevo régimen. 4) Debilitamiento de la presidencia y empoderamiento feudal de los gobernadores. 5) Reproducción del círculo vicioso de ineficiencia y competencia despiadada (crispación política). 6) Incapacidad para gobernar. 7) Erosión de las funciones básicas del Estado (sobre todo la seguridad de los ciudadanos). 8) Impunidad por omisión o por colusión para todo tipo de operadores de los poderes fácticos y criminales.

El guion se empezó a escribir en 1977 con la reforma política, pero el sello que se le imprimió en 1988 lo hemos seguido sin falta: transición democrática que después de grandes expectativas se volvió fallida y marco para un proceso de decadencia que cada día nos envuelve más. Y así vamos nuevamente a las elecciones que, si no hacemos algo nuevo, seguirán produciendo los mismos resultados.

El escenario más probable es que en 2018 tengamos, como ya sucedió en  2000, 2006 y 2012, un nuevo Presidente de minoría. La escisión en la izquierda entre el PRD y Morena, las candidaturas independientes, la disminución de la votación para el PRI, el estancamiento del PAN y la aparición de nuevos partidos, van configurando unas elecciones por la presidencia entre 3 candidatos competitivos y otros dos resta votos, y una integración del Congreso mucho más disperso en su representación. Y como no se hizo la reforma para introducir la segunda vuelta, el que gane sólo tendrá la posibilidad de formar un gobierno de coalición o de mantenerse al frente de un gobierno de minoría. Muchos esperan que, después del turno de la derecha y del regreso fracasado de los corruptos, se abre una oportunidad irrepetible para la izquierda. Y si eso sucede, por la iluminación que seguramente sentirán que les ha llegado, serán poco propensos para ampliar su coalición.

Mientras tanto, el desprestigio del sistema de partidos políticos ha llegado al punto de su rechazo generalizado, especialmente por su muy costosa manutención. Asimismo, la impunidad de los delitos electorales, de aproximadamente el 95%, casi ha terminado con  lo poco que quedaba de la credibilidad en las instituciones electorales. En los últimos procesos electorales se han mantenido los altos niveles de abstencionismo y de votos nulos, la inequidad, la inducción y la compra del voto, el uso desmedido de recursos sobrepasando escandalosamente el tope de campaña, la intervención de los gobiernos estatales en las denominadas elecciones de Estado, como en el caso del Estado de México que se vio invadido también por el gobierno federal, todo ello, ha revivido y actualizado el espíritu de las viejas elecciones fraudulentas.

Si a lo anterior agregamos el repudio a los políticos y la superficialidad de la contienda, que convierte al debate en un mero enfrentamiento de slogans y anuncios publicitarios entre máquinas clientelares, tenemos que concluir que las elecciones de 2018 no servirán para fortalecer a México; por el contrario quedaremos más divididos y con un gobierno sumamente débil. Fácil es adivinar que de continuar con ese guion, el barco que ya hacía agua desde antes de la tormenta, correrá riesgos mayores. Así que todos a sacar agua y a darle un nuevo rumbo al timón.