Desmontar el poder y la guerra de los de arriba

Esta es una coyuntura dominada por las fuerzas de arriba, las de los dueños del dinero y del poder político. En su sistema de partidos y electoral no caben los intereses de trabajadores del campo y de la ciudad, menos aún las exigencias de los pueblos originarios. La falsa apertura a candidatos independientes mostró el trato racista y excluyente para la compañera Marichuy, vocera del Concejo Indígena de Gobierno del Congreso Nacional Indígena (CNI), sólo caben las firmas falsas por los “independientes” expanistas, expríistas y ex perredistas.

El 1 de julio NO habrá una respuesta popular del tamaño del descontento y hartazgo de las mayorías. Le gana el voto hacia la conciliación de intereses y la pacificación representada por Andrés Manuel López Obrador, AMLO.

Nos esperaría un escenario parecido a una “revolución desde arriba” -en el sentido crítico que planteó Antonio Gramsci- para los años inmediatos, si es que no se impone el fraude mayúsculo que combine compra masiva de votos, relleno de urnas y conteo fraudulento en casillas y en los cómputos digitales.


La salida desde arriba supondría que la crisis política de las fracciones dominantes (con sus gobiernos y sus partidos) las haga reconocer un liderazgo progresista que acuerde con ellas un nuevo pacto, donde el candidato canjee el apoyo popular que le dan los descontentos y esperanzados por un acuerdo de inclusión de personeros de los de arriba “transformados” en el nuevo cuerpo de funcionarios y cargos de elección, así como el compromiso (al menos para los primeros años del sexenio) de no modificar las herramientas del sistema capitalista: cumplimiento de pagos de las deudas interna y externa, acatar las reformas estructurales, las privatizaciones y los contratos legalmente impuestos como “alianza público-privada” para sus megaproyectos. Claro que eso supone dejar del lado “progresista” enfrentar la corrupción, los salarios y prebendas de altos funcionarios y la austeridad en el presupuesto para que haya un guardadito que se distribuya en el gasto social, sin alterar la cuota y la masa de ganancias capitalista.

Para el caso de México, esa salida “progresista” entre los de arriba integra con un peso grande los despuntes de guerra económica, militarista y racista que conduce Donald Trump y se aplica como golpeo al TLCAN en terrenos de aranceles, reducción de las cuotas de exportación mexicanas y presión sobre el peso y la inflación, así como la más grave intervención represiva contra los migrantes mexicanos y latinoamericanos, golpear a las resistencias a los proyectos transnacionales, el sello fronterizo y la intervención militar y de espionaje al servicio de la “seguridad nacional” de Estados Unidos.

Las respuestas en los discursos de AMLO son básicamente dos: buscar el diálogo con Trump para crear una “alianza para el progreso” entre Canadá, EEUU y Centroamérica que genere “paz y prosperidad” (esa alianza tiene el mismo nombre de la que fue base de la contrainsurgencia en América Latina en los años sesenta y parte de los setenta y que en México trajo una guerra al pueblo inerme y a las guerrillas populares disfrazada con transportes y agentes “civiles” con “ayuda” para los marginados). Y dos: propone la defensa legal de los migrantes en los consulados en Estados Unidos, sin aclarar cuál será su comportamiento ante el Plan Mérida y la militarización de la frontera de México con Centroamérica bajo los Comandos gringos.

¿Acaso hay otra salida? Si se trata de la coyuntura electoral de los de arriba, NO la hay para las fuerzas fragmentadas de los pueblos, comunidades y colectivos autónomos e independientes. Pero sí si se construye un camino para un periodo mayor, el de resistencia y rebeldía organizadas y tendencialmente unitarias de los pueblos: primero de reconocimiento y respeto, segundo coordinar su defensa a nivel regional y nacional y tercero articularlas en un programa de lucha anti sistémico, no capitalista, no partidista, no patriarcal ni racista.

Las luchas independientes  tienen que seguirlo siendo en 2018 después de los resultados del 1 de julio, gobierne quien gobierne, ubicando al enemigo capitalista y sus proyectos para defender lo que nos quiere despojar y depredar, para conquistar espacios de autonomía y autogobierno como los que ya se crean dentro y más allá del CNI y que en este año incluyen a los gobiernos sin partidos, basados en normatividad comunitaria indígena y mestiza, y crecientemente urbana.

“Desmontar el poder de los de arriba” , el poder de Peña Nieto, Salinas, Fox, Calderón, Slim, Larrea, sus empresarios saqueadores y partidos (entre otr@s), como el del militarismo histórico responsable de cientos de miles de crímenes contra el pueblo, así como el del renovado asalto narco-paramilitar al Estado, con sus gobernadores, diputados-senadores, presidentes municipales aliados a las cortes y al aparato neoliberal de justicia que hace impune a un régimen asesino, sus elites y las fuerzas políticas tradicionales en guerra permanente contra indígenas, campesinado, l@s estudiantes, trabajador@s,  desplazad@s, indígenas, y/o defensores de la vida y el territorio, parece muy grande a las fuerzas que abajo resisten y se rebelan al sistema. Sin embargo es más grande la capacidad y potencial del pueblo organizado cuando se piensa, se decide y actúa por cuenta propia y se tiene disposición a superar el encapsulamiento que trajo la larga fase de falta de solidaridad y fraternidad brindada desde el pueblo a las y los agredidos por el sistema, así como por la desconfianza a los partidos clientelistas, corruptos e incluso corporativos y contrainsurgentes que hoy juegan en el terreno de los de arriba, así sea como comparsas.

Una meta visible es superar el forismo y frentismo entre cúpulas y asesores y hacer que los múltiples encuentros desde abajo sean de intercambio de experiencias para darnos una orientación eficaz para aplicar acuerdos y tareas claros de lucha y de organización conjuntas.

Finalmente, necesitamos fortalecer los lazos antimperialistas para la defensa legítima de los pueblos, comunidades y organizaciones colectivas con el derecho humano a rebelarse contra los opresores y a crear otro mundo con formas de vida libre, digna y en paz.

(Editorial de la revista Comunera 34, junio de 2018)

La cooptación como violencia contra los movimientos

Oscar Ochoa Flores


Frente al espíritu colectivo de los pueblos en lucha hay una estrategia gubernamental que impregna todos los ámbitos de la sociedad: la cooptación. Entendida ésta como un sistema de integración de opositores al propio sistema que ellos combaten mediante prebendas u otro tipo de “premios”, esta forma de embate contra los movimientos sociales es tan sutil que muchos de los cooptados ni siquiera intuyen que se están pasando al otro lado de la lucha.

Existen las cooptaciones mediante contratos, becas, nombramientos, premios nacionales y un gran sinnúmero de formas en las que los integrantes de los movimientos se ven obligados a modificar sus palabras, acciones y relaciones. Se ausentan de las asambleas y reuniones que tienen con sus colectivos correspondientes por asuntos de mayor importancia como reuniones con jefes, ruedas de prensa, ceremonias en las que son investidos con cierto aire de solemnidad y sus palabras adquieren seriedad para los medios de comunicación.


Así, el espíritu que con objetivos, principios y formas relacionarse se construyó de manera colectiva, ahora es abandonado por aquellos que son cooptados, distanciándose de sus grupos y comunidades y haciendo de los compañeros gente extraña para sus nuevos proyectos. Y aun cuando hay gran parte de responsabilidad personal en aquellos que se dejan cooptar, el efecto logrado es el que el sistema busca: desmovilizar a las cabecillas infringiendo con ello un daño mayúsculo en los movimientos, logrando en algunos de ellos la ruptura, la dispersión de sus fuerzas o su extinción.

La cooptación como violencia ejercida desde varias instancias de gobierno que muestran la cara “amable” del Estado y “reconocen tantos años de lucha” elevan el ego y pagan por él; todo ello  oculta precisamente el golpe ideológico, que arrebata la bandera del opositor y diluye la radicalidad de su lucha. Otro efecto de la cooptación es la conversión del discurso, obligando al cooptado a moderar sus palabras, las cuales dejan de ubicar al gobierno como enemigo, para situarlo como “árbitro” de las problemáticas sociales y políticas. Finalmente, se promueve la dependencia económica hacia el gobierno, logrando que el cooptado termine por ser un colaboracionista permanente vendiendo a “su base” como clientela de los poderes.

Dicha estrategia podría tener un éxito rotundo si los movimientos no se construyeran sobre principios de horizontalidad y autonomía que son los que les permiten tomar decisiones en colectivo y de manera libre, por lo que las consecuencias de la cooptación son limitadas. Contrariamente a lo que sucede con los partidos políticos, los sindicatos charros y otras formas corporativas de control masivo, al corromperse, encarcelar o eliminar a las cabezas de estos organismos, la base queda reducida a la inactividad o la desbandada si no se ha auto organizado, si no cultiva la autonomía.

Queda decir que la violencia ejercida contra los movimientos a través de la cooptación se ejerce con grandes recursos y fuertes sumas de dinero a fin de destruir su tejido social y restar poder político entre la población y el resto de los movimientos. Los programas sociales, las becas académicas, de investigación y creación artística cuentan en sus nóminas a algunos de los caídos, y una de las modalidades más efectiva es la postulación a cargos públicos a través de “partidos de oposición”, la cual está contando como capital político la simpatía de los cooptados entre los electores.
El luchador político social que es cooptado, es aislado de su colectivo y muere ideológica y políticamente. La relación del sujeto con el colectivo es complementaria, pues todo sujeto se construye en colectivo, y es a partir de las interacciones que la vida individual adquiere matices y relieves. Los colectivos de lucha surgen en las interacciones personales que crean normas, propósitos, lenguajes, tiempos y espacios propios. Y la cooptación viene a romper, en parte, la creación de esos colectivos que representan tanto tiempo y dedicación a la lucha contra el sistema de dominación y muerte.

Sin embargo, los frutos de las acciones de resistencia nunca se extinguen por completo, dejan tras de sí una genealogía de rebeliones, las cuales se hermanan con otras que también provienen de las que le antecedieron. Es por esto que la cooptación como forma de control contrainsurgente posee tantos recursos: porque la lucha es de tantos calibres, alcances y profundidades que se requiere de una guerra integral contra una rebelión que se propaga en todos los terrenos y con distintas formas. Sea ésta una modesta advertencia sobre una estrategia del poder que pretende restarle fuerza a la lucha popular.
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