Amigos y maestros

El sistema de salud de Estados Unidos ocupa el último lugar en un análisis que califica la asistencia médica en países ricos, considerando la calidad, acceso, eficiencia y trato digno. Contrariamente a lo que se pudiera esperar, no nos resulta en particular sorprendente a los médicos que hemos atendido personas que vienen de ése país. Todo aquel que ha sido visto en consultorios y clínicas de nuestros vecinos del norte se queja, no solamente por el alto costo que representa el enfermarse sino también por la pobre disposición, eficacia, igualdad y calidez de los cuidados médicos.

Bajo una visión bastante contradictoria para el público en general, que recibe por televisión programas que enaltecen a la medicina estadounidense, está muy lejos de la realidad el que la alta tecnología que los caracteriza, se encuentre en una evolución paralela al humanismo que debe definir cualquier acto médico enfocado a resolver y prevenir una enfermedad. Analizo esta situación bajo un sentimiento de profunda consternación, cuando se cumplen aniversarios luctuosos de las personas a quienes más he querido y que en este día, se lleva a cabo un homenaje a uno de ellos.

Es entonces que vienen a mi memoria los antecedentes de todos aquellos que han constituido parte de mi formación. Pero haciendo a un lado a mis maestros de la escuela elemental, secundaria y preparatoria, no tanto por deslealtad, sino por falta de espacio, debo dirigir mi atención solamente a quienes debo lo que soy, desde el punto de vista profesional. Con toda sinceridad, no me considero un médico “de altos vuelos”. Durante mis ya 30 años de vida profesional, lejos de experimentar satisfacción por haber salvado una vida, cargo a cuestas la terrible frustración de haber cometido errores y tener una conciencia plena de todas y cada una de mis equivocaciones.


En una forma burlona, socarrona, despreciable y literalmente ignominiosa, cuando inicié mi internado de pre–grado, un médico que ni siquiera vale la pena recordar, me decía: “Ya veremos cuántas rayas marcarás en la cacha de tu pistola” como si nuestra ignorancia, recién salidos de la Universidad, nos convirtiese en asesinos.

Pero gradualmente, a medida que han pasado los años he comprendido que una pluma, en manos de un médico ignorante, insensible, irresponsable o inconciente, puede tener una capacidad tan letal como una las armas más potentes para matar, similares a las que utilizan actualmente las bandas delictivas que rondan, asesinando impunemente, en nuestro hundido y atemorizado país.

Pero un alivio a mi atormentado corazón que sufre por todos aquellos a quienes he hecho sufrir, recibe una curación con un bálsamo purificador que, casi en una forma bautismal, me brindaron y continúan ofreciendo mis grandes maestros: Antonio Cruz e Ignacio Hermoso. Difícilmente podría poner a uno antes que el otro, pero como tengo qué buscar de algún modo la eufonía, a los dos los integro bajo una especie de mística que los fusiona, dando lugar a un maestro llamado “Ignacio Cruz”.

Ambos, curiosamente distintos, encarnan en toda la extensión de la palabra, el significado de lo que debe ser un maestro de medicina. No me referiré a las cualidades ni defectos de uno y otro, pero con una satisfacción inconmensurable, me felicito a mí mismo de haberlos tenido además de mentores, como amigos.

Vayan estas letras como una muestra de agradecimiento por todo lo que hicieron en vida y continúan ejerciendo con ejemplos y enseñanzas dentro de mi formación profesional cotidiana; pero, sobre todo, es justo reconocer que en Estados Unidos son raros los médicos así de desinteresados, generosos, sabios y, sobre todo, humanos.

Satisfechos y orgullosos debemos sentirnos los poblanos por haber contado con una pareja de individuos quienes, cada uno a su manera, contribuyeron a la salud individual y colectiva, en una forma que las palabras no pueden describir. Definitivamente fueron personas dignas de ser conocidas y apreciadas. Por esto y muchas otras cosas más, aunque sé que no me escuchan, les debo expresar mi más profundo agradecimiento, por todas las cosas que en su momento les expresé y también ¿Por qué no? las que omití. Solamente nosotros pudimos saber, cuántas vicisitudes pasamos y cuantas vivencias intensas, tuvimos como maestros, alumnos, hermanos y sobre todo, como amigos.

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