Culturas diferentes, versiones diferentes

Pasa seguido que cuando una película te gusta, de inmediato quieres saber más sobre ella. Tema, trama, historia y estética de realización quedan en pantalla, pero otras cosas –como origen y circunstancias de la producción, por ejemplo– hay que buscarlas, en aras de una mayor y mejor comprensión de ese film que ha llamado tu atención. Ahora mismo, para mí ese es el caso de Un amor inseparable (The big sick), de Michael Showalter, una de las grandes sorpresas del 2017 tanto en taquilla como entre los críticos. Trata del “enamoramiento” de Kumi (Kumail Nanjiani) y Emily (Zoe Kazan), residentes de Chicago, con el detalle de que él es de origen pakistaní y ella “blanca” (gringa, pues), lo cual sí es un problema frente a las tradiciones de cultura y familia de Kumi, que marcan que los pakistaníes –sí o sí– se casan con pakistaníes. Además, en el entorno de la dolorosa (inevitable) ruptura, a Emily le diagnostican una rara y grave enfermedad. Suena a melodrama cantado, y desde luego lo es, pero con un espíritu tan plagado de humor, de empatía e intimidad, de dulzura y buenas intenciones, que las preocupaciones y confusión sentimental de los personajes frecuentemente reportan una sensibilidad comédica, aun en el entorno y tensión de la hospitalización de Emily (incluyan un coma inducido). A mi juicio, esta vez la combinación de emociones ha resultado tanto resonante como irresistible.

Sobre Un amor inseparable –escrita por el matrimonio real de Kumail Nanjiani y Emily V. Gordon– cuenta la leyenda varias cosas. Entre ellas, que el desarrollo del guion tardó tres años (decenas de drafts), sin que nadie recibiese pago alguno. Que a su conclusión fue enviado a varios Estudios en busca de financiamiento, resultando en el hecho sorprendente de que a sólo tres horas de recibirlo, FilmNation se comunicó para confirmar su intención de producirlo en su totalidad y sin imponer condiciones. También, que nadie imaginó ni de lejos que una película sin estrellas, de bajo presupuesto (USD 5 millones), sobre inmigrantes y una mujer en coma, iba a alcanzar tanto éxito comercial y de crítica. Y que siendo Kumail y Emily protagonistas, la base es sin duda autobiográfica: se conocieron como lo muestra la película y enfrentaron todo eso que está en ella, pero buscando evitar cualquier intención “documental” en favor de una mirada a sus vidas desde el velo de la ficción. Un amor inseparable es pues una cinta que el público recibe bien, en tanto que la entiende bien. Y la buena recepción de la crítica surge de sus méritos evidentes: una historia bien escrita (simple, pero resonante), narrada con fluidez y claridad, con buen equilibrio de seriedad y humor, exenta de truculencia y de cualquier aire pretencioso. A esto sumen las presencias y estupendos trabajos de Holly Hunter y de Ray Romano como los combativos padres de Emily, que aportan mucho a la definición del tipo de “clima” en que se mueve la película. Por cierto, es el personaje de Romano el gran comediante en escena, más allá de que Kumi a eso se dedique –stand–up comedian– en el film. En fin, que si allí está Coco como opción, que nadie prescinda de esta otra, espléndida, que es Un amor inseparable, que recién ganó el premio del público en el Festival Internacional de Locarno.

Cambiando de asunto, decir que uno se asusta de lo rápido que pasa el tiempo. Están cumpliéndose 21 años de la producción de Salón México (1996), de José Luis García Agraz, nuevo tratamiento de esa Salón México (1949) del “Indio” Fernández, de cuya producción ya se fueron 68 años. Traigo el tema a colación porque Salón México y su director José Luis García Agraz estarán en UPAEP el lunes 4 de diciembre, por invitación de los estudiantes de la Licenciatura en Cine y Producción Audiovisual de la institución. La idea es presentar, proyectar y debatir el film con el director y con quienes ese día le acompañen. ¿Vendrá María Rojo? Sabemos que está invitada. Ya veremos y ojalá así sea.