Domingo, agosto 7, 2022
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Historia de un cartel

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Para nadie era un secreto que el boicot de 1936 de los toreros españoles contra los mexicanos el boicot del miedo, en palabras de Juan Belmonte, tuvo como blanco principal a Fermín Espinosa “Armillita”, que había sido líder en corridas toreadas el año anterior y ocupaba sin discusión de los puestos estelares de las ferias, luego de conquistar a todos los públicos. Estalló el boicot, se rompieron las relaciones entre las torerías de ambos países y, mientras la guerra civil desangraba a la península, al otro lado del Atlántico tomó forma la época de oro del toreo mexicano, con Armilla a la cabeza del elenco más cuajado de figuras que ha tenido la baraja taurina del país.

Sin embargo, cuando en 1944 se firmó el armisticio y volvió el intercambio de toreros, fue Carlos Arruza quien dio el golpe decisivo nada más presentarse en Madrid, al grado que en pocos meses se impuso como contrapunto y pareja de Manolete. Armillita, el veterano Maestro de Saltillo, demoró hasta el año siguiente su regreso a España bajo la premisa de limitar su presencia a plazas y carteles acordes con su categoría. Inevitablemente, una de esas plazas tenía que ser Sevilla, y la Asociación de Prensa local lo contrató para su corrida anual, a celebrarse el domingo 3 de junio de 1945, para alternar con Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez, figuras indiscutibles; toros de Manuel González, encaste Contreras.

Los textos reproducidos a continuación dan testimonio del asombro causado en la prensa de la época y en la memoria de un futuro cronista, aún adolescente por la grandeza inmarcesible de Fermín, que cortó ese día uno de los últimos rabos que constan en los anales de la Real Maestranza sevillana. Rezuman emoción, admiración y respeto.

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Crónica del ABC. “¡Con que gusto ha vuelto a torear Armillita en la Real Maestranza de Sevilla! Había el domingo en la famosa plaza fiesta de campanillas. Armillita era primer espada de una terna de maestros, que la Asociación de Prensa había elegido para su tradicional corrida, y en tal oportunidad la prominente figura mejicana (sic) volvía a pisar el ruedo sevillano al cabo de poco más de una década… La emoción del artista, ganado por el ambiente que en otro tiempo auspiciara sus claros triunfos, era ostensible en la franca sonrisa que irradiaba la cara de Fermín. Abrió éste su capote ante el primer toro para dibujar unos lances majestuosos a la verónica que arrancaron el olé unánime; terció en quites con idéntica perfección y las palmas restallaron como el trueno. Aquello era sencillamente que Armillita reanudaba sus enseñanzas en la famosa cátedra del Baratillo, y así, al comienzo de la distinguida lección de tauromaquia con que había de regalar el gusto de la afición docta e iniciar en los secretos del arte a los aprendices de aficionado, pudiera haber repetido la famosa frase: “Decíamos ayer…”

La lección fue completa, sin tacha alguna. Armillita banderilleó a sus dos toros con facilidad y limpieza, llegándoles alegremente para lograr la más ajustada reunión; brilló con el capote en lances y quites de ley, y con la muleta instrumentó dos faenas magníficas. La primera, brindada al público, la inició con un perfecto pase de pecho y otro natural por alto, continuada con cuatro naturales soberbio de puro estilo, esto es, dando la pierna y cargando la suerte. Sin importar que el toro se aplomara, Armillita desgranó toda la gama de su extenso repertorio, en el que ni siquiera está excluido el novísimo molinete de rodillas (¡Si supiera este cronista que esa suerte la había patentado tres lustros antes el propio Fermín!). Vistosísimos adornos pudieron fin a esta faena, por sí misma merecedora de la oreja, que no fue concedida así el público la instara insistentemente. Señaló bien Armillita y secundó con media lagartijera. ¿Por qué, pues, el rigor presidencial? Armillita fue objeto de todos los homenajes.

En su segundo, un toro manso y gazapón, cuya muerte brindara a Juan Belmonte, Armillita cuajó otra faena de muletero grande, la que culminó, en derroche de arte y gallardía, al torear en redondo, pisando el espada un terreno en que la jurisdicción del toro quedaba anulada. Después de señalar dos veces, Armillita fulminó a la res con una estocada hasta la bola. Las orejas y el rabo del manso lucieron en las manos del triunfador al dar éste la vuelta al ruedo y salir al tercio a saludar. Hoy como ayer.

… El ganado de don Manuel González (Contreras), gordo y bien armado, desigual, y de seis… cinco mansos.” (ABC, 5 de junio de 1945, crónica de Don Fabricio).

Crónica de El Ruedo. El semanario madrileño El Ruedo publicó una breve reseña en cuya parte medular se lee: “Corrida de la Asociación de la Prensa sevillana. Hubo buena entrada en sombra y algunos claros en sol. Las reses dieron escaso juego… el último fue fogueado.

Armillita triunfó en toda la línea. Era muy grande la expectación por verlo y el famoso mejicano (sic) supo corresponder a esta cordial acogida de los sevillanos haciendo dos geniales faenas a dos toros absolutamente distintos. Al primero —el mejor de los seis— una faena artística y completa, con todos los pases imaginables y llenos todos de una maestría y una elegancia irreprochables. Al segundo —incierto en la embestida, manso, reservón y tirando cornadas— le consintió, exponiendo mucho, hasta hacerle otra faena maestra. Las orejas de este toro fueron justo premio a la completísima tarde de Armillita en Sevilla.” (El Ruedo, 6 de junio de 1945; crónica firmada por F. M. G.)

Es de notar que el cronista de marras dejó de mencionar el rabo paseado por Fermín, siguiendo una práctica que hemos encontrado frecuentemente en los textos de la época. Y esto a pesar de que su reseña va acompañada de fotografías, en una de las cuales puede verse al maestro mejicano saludando con el citado apéndice en alto.

Y poco más. Para Don Fabricio, Ortega seguía representando “la maestría suma, serena, inconmovible, a prueba de vicisitudes… su atinado quehacer fue ovacionado”. Y de Pepe Luis señaló que “toreó magistralmente de capa en cada ocasión. Pero también tuvo que pechar con un lote de mansos, el último, sobre todo, cobarde como no haya otro…” Menos complaciente, F. M. G. señala sin ambages que “Domingo Ortega pasó ayer sin pena ni gloria… A ninguno de sus toros logró recoger el toledano con su clásico toreo de dominio.” Y de Pepe Luis manifiesta que Salió dispuesto a triunfar, pero no pudo ser. Su lote fue el peor… (y solo) logró primorosos lances de su incopiable escuela sevillana.”

Como se habrá advertido, solamente Armillita consiguió unificar criterios. Hasta merecer, más de cuatro décadas después, la categórica afirmación de Filiberto Mira que a continuación se reproduce.

Definición definitiva del irrepetible Maestro. Cuarenta y cinco años transcurrieron entre 1945 y 1990. No fueron en vano. Este año, el abogado y crítico Filiberto Mira publica su libro Medio siglo de toreo en la Maestranza, donde desglosa los sucesos verificados en el coso sevillano entre 1939 y 1989. En su resumen de 1945, la célebre faena de Armillita con el toro brindado a Juan Belmonte en la Corrida de la Prensa ocupa el puesto estelar. El viejo escritor y cronista la rememora en estos términos: ”Sucedió el 3 de junio de 1945. Se lidiaron contreras de Manuel González Martín. Ovacionados sin más Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez, que alternaban con el mexicano. Uno de los toros del de San Bernardo fue fogueado… Al terminar la corrida me comentó Manuel Baena, aficionado ultragallista:

—Niño, con lo que has visto hoy de Armillita ya tienes una idea de lo que fue Joselito El Gallo. Sólo José podría igualar lo que le hizo esta tarde Armillita al cuarto toro. Y fíjate bien que te digo igualar, porque superar lo de Armilla es un imposible en el toreo.

Fermín, azteca puro (?), era alto, esbelto, elegante sin envaramiento. Señorialmente sencillo y naturalmente torero. A veces, lo exuberante de su facilidad lidiadora revestía de aparente frialdad lo excepcional de su técnica, de su dominio y de su poderío…

Vestido de azul pavo y oro hizo el paseíllo con Ortega y Pepe Luis. Los contreras, aquel 3 de junio, mansearon más de la cuenta. Superior Fermín, con vitola de torerazo, en el que abrió plaza. Su lidiar fue un ejemplo, rigurosamente magistral, de lo que se le debe hacer a un mansote sin sal y sin pimienta. Los jóvenes comprobamos que había en la plaza todo un Señor Torero, y los veteranos se complacieron porque Armillita seguía siendo, ya bastante maduro, tan formidable maestro como antes de 1936.

El cuarto fue un manso integral. La sabiduría del capote de Armillita hizo posible—milagro de su técnica dominadora— que el burel se evitara la infamia de las banderillas de fuego. Un manso con perversas intenciones, con pocas ganas de embestir y muchas de herir a quien se atreviera a desafiarle. Sorprende que sea el propio Fermín quien coja las banderillas. Las ovaciones a sus tres pares, tan estruendosas como para atravesar la barrera del sonido. Más sorprende que Armillita, cambiado el tercio, se dirija al palco que ocupa Juan Belmonte. Alza su montera y le dice:

—Con el recuerdo de Gallito, tengo el honor de brindarle esta faena, con el deseo de que sea digna del gran torero al que se la dedico. Va por usted, maestro.

Armillita comenzó jugándose la pierna entre las astas con cinco dominadores pases por bajo. Tan potentes que le crujieron los huesos al manso. Cinco pases que juntaron en una pieza el valor y el dominio… El manso —atónito y transfigurado— quedó más asombrado que el público. El maestro se echó la muleta a la izquierda y ligó tres naturales antológicos. Se le recreció la furia al toro cuando lo obligó a tomar el pase de pecho. Entonces, Armillita volvió a ejecutar los dominadores pases por bajo, y otra vez el toro reducido. Esto se repitió por tres veces, porque al remate de cada una de las series de tres pases naturales al toro se le agigantaban las ganas de derrotar y pulverizar al torero. Siguió con dos series más de naturales y una de derechazos verdaderamente antológicas. Como adorno sólo un molinete de círculo completo que fue como un homenaje especial al brindado. Y a la hora de la verdad, un volapié de Armillita tan cumbre como su faenón.

Las orejas y el rabo no fueron el único premio. El propio protagonista, bastantes años después, me refirió que al día siguiente, con su esposa, se dio un paseo por Sevilla en un coche de caballos y los hombres se descubrían al verlo pasar. Hicieron parada en el parque María Luisa para tomarse un refresco en el Bar Bilindo. Al verlos descender, los que estaban allí se pusieron de pie y le tributaron una gran ovación.

Lo especial, lo que me determina a decir que el de Armillita me parece el faenón más antológico de medio siglo de toreo en la Maestranza, en coincidente opinión con jóvenes y veteranos aficionados, es que nunca se vio superar tanto un torero a un toro. Porque nadie esperaba nada del burel fue por lo que sorprendió el brindis a Belmonte… Armillita —corte de torero eminentemente gallista— perteneció a la especie de los diestros denominadas largos, es decir, amplios, variados, completos. Pero además poseía arte, en cuanto éste es expresión de templanza, estética y sentimiento tan inconmensurables como su técnica, recursos y dominio. Nunca he visto un torero tan magistral como Fermín Espinosa Saucedo la doctoral tarde del 3 de junio de 1945… ¡Sevilla nunca olvidará a Fermín Espinosa “Armillita”! (Mira, Filiberto. Medio siglo de toreo en la Maestranza. 1939-1989. Edit. Biblioteca Guadalquivir, S. L. Sevilla. 1990. pp 96-99)  

No es de extrañar que quien esto escribe haya escuchado, a más de un viejo aficionado español, manifestar su sorpresa de que no tuviese Fermín, en su propio país, el mismo respeto, reconocimiento y fervor por su gigantesca talla torera despertó en España. Hasta suscitar aquel boicot execrable. Si al escucharlos pensé que exageraba porque vaya si fue primerísima figura en México, testimonios como los citados borran cualquier duda.

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