Los socios del delito

El discurso del gobierno estatal sigue enfrascado en la exaltación del estado en cuanto a la generación de empleos, el crecimiento económico y, sobre todo, en la exhortación para que los pobladores hablemos bien de Tlaxcala. La burbuja festiva del gobierno del estado, de sus intelectuales y funcionarios públicos, reproduce una narrativa fuera de la realidad, la Tlaxcala que ellos ven parece dejó de existir, se está extinguiendo. Ahora hablan y convocan desde la imaginación, de lo ideal, lo anhelado. Hablan de esa Tlaxcala que observan a través de números, cifras, sus números, sus cifras y de las elegantes ventanas de sus oficinas.

La grandeza del estado que las y los funcionarios observan se quedó en el pasado, esa perspectiva pesa más que el presente. Esa loseta de sentires, manifestaciones, gritos y clamores que demandan su presencia, su actuar ante la violencia, los feminicidios, el robo y la delincuencia. Coros de inconformidad que imploran las autoridades no sólo se manifiesten, sino que procedan, que el gobierno se accione a favor de la ciudadanía cada vez más golpeada y abandonada. Los ciudadanos exhortan a que las autoridades se manifiesten a través de las leyes, que hagan presente su principio de responsabilidad. Nada, sólo ausencia y vacíos en todas partes. Simulación de gobierno.

En las calles, en la cotidianidad, está la realidad: feminicidios, cuerpos encontrados en estado de putrefacción, robos en carreteras, robo de autopartes, asaltos a transeúntes, negocios y casa–habitación. Sucesos que son de manera laxa e irresponsable siempre endilgados a ese cuerpo amorfo llamado delincuencia, ese actor efímero siempre triunfante, que siempre logra lo propuesto, robar, matar, amedrentar, con toda la impunidad a cuestas.


Además, se no ha dicho que no debemos alarmarnos, que los delincuentes vienen del exterior, son externos a la entidad, vienen a aquí a hacer sus fechorías, a aprovecharse del bondadoso pueblo de Tlaxcala. El fuereño es el no amigo, el hostil que arriba a causar problemas y a lastimar a la sociedad.

En todo este entramado de complejidades, entre la pobreza, la acumulación de desventajas económicas y sociales, la creciente vulnerabilidad, la falta de empleos no precarios y la modorra gubernamental por adoptar medidas eficientes de seguridad, así como el deslinde al gobierno federal de la agenda de seguridad local al esperar que la Guardia Nacional llegue a la entidad y ponga fin a la violencia, los delitos, los robos y la violencia asciende en el estado.

Es paradigmático ver cómo, por ejemplo, los ladrones y ladronas de autopartes tienen dos significativos aliados: la sociedad y los cuerpos policiales locales. Cuando uno es víctima de este delito, encuentra que la sociedad reviste a través de la sorpresa el reconocimiento a lo bien que las y los ladrones hacen su trabajo, cómo es que en tan poco tiempo pudieron robar eso, son unos profesionales, saben ya a lo que viene, son unos cabrones. Reconocen, en todo momento, su elevada especialización en el oficio.

En contraparte, tienden a culpar a la “víctima”, por qué dejar el auto ahí, por qué no haber notado que es lugar de riesgo, que ahí está más oscuro, que no hay alumbrado público, etc.

El conductor tiene la culpa de su robo, por no ser inteligente, sensible y por no haber detectado el peligro que implicaba dejar su automóvil en dicho sitio, o fue, incluso, presa de la mala suerte, le tocaba, dicen.

Los cuerpos policiacos ante este delito actúan de una forma ambigua, llegan frecuentemente después de 20 minutos de realizado el reporte vía telefónica. Descienden de la unidad, observan, preguntan más para saber si la unidad que fue robada no es robada. Si el dueño trae sus papeles en regla, número de serie, tarjeta de circulación, licencia, engomados, etc. Acto seguido toman fotos, piden el número de celular del agraviado y, posteriormente, le sugieren de manera tajante que no es necesario ir al Ministerio Público a levantar al acta, que ellos ya llevan todos los datos y que se apresurarán a pasar la información a otros policías que mantienen retenes en la ciudad, que, de encontrar las piezas robadas, le llamarán para que pueda ir a levantar la demanda al Ministerio Público. Acto seguido, vociferan algunas claves en su radio y se van.

El delito de robo de autopartes tiene dos significativos social y aliados: la sociedad y los cuerpos policiales. Ante estos socios, el agraviado tiene que hacer múltiples actos de resistencia para no responder la pasividad, evasión y simulación de los representantes del Estado y a la sociedad por aclararle que ante un delito no debemos negociar nuestro papel de “víctima”.

Como ciudadanos seguiremos meditando la exhortación de las autoridades para hablar bien de Tlaxcala, seguiremos pensando cómo hablar bien de esa Tlaxcala en sus calles, en la cotidianidad, ahí donde está y avanza a su propio ritmo la realidad.

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