Nada quedará

Las corporaciones depredadoras, con Monsanto–Bayer a la cabeza, ante la creciente resistencia de la sociedad civil de verse despojada de sus derechos a una alimentación sana y de calidad, siguen mintiendo en sus campañas mediáticas en cuanto a las supuestas bondades de sus semillas genéticamente modificadas. Aplican al pie de la letra la consigna de la propaganda nazi de los años treinta y cuarenta: repetir y repetir, bajo diferentes formas y medios, las mismas mentiras, para que al final, algo de ellas quede en la mente de los ciudadanos. Así en los meses y semanas pasados hemos visto cómo han organizado desde foros supuestamente académicos, en universidades privadas que financian, por supuesto, donde sus seudocientíficos a sueldo salen a defender las mismas mentiras y pontifican amparados en sus grados académicos sobre la inocuidad y conveniencia de liberar la siembra indiscriminada de semillas genéticamente modificadas, “por el bien de la humanidad” y “para acabar con el hambre en el mundo”.

Después, con bombo y platillo, presentaron un libro que recoge trabajos de los mismos supuestos científicos, con el mismo fin de darle un respaldo a la sarta de mentiras que desde hace décadas vienen repitiendo en un afán de apropiarse y controlar de manera lucrativa para ellas, la gran biodiversidad del planeta. El siguiente eslabón fue el intento al vapor, de aprobar una ley sobre la biodiversidad que favorece claramente los intereses de este tipo de empresas para apropiarse y patentar cualquier elemento natural que sea básico para el ser humano. Esta campaña mediática de mentiras, que también tiene la finalidad de presionar a la Suprema Corte de Justicia de la Nación para que eche abajo la prohibición que está vigente desde 2013 de sembrar comercialmente el maíz transgénico. El último paso de esta estrategia han sido las declaraciones del director general de Monsanto para América del Norte, quien aclara que el único criterio que debe prevalecer en la decisión, es el científico, por encima de cualquier otro criterio que pudiera oponerse, como el social, el ético, el ambiental, el económico, el del derecho humano a una alimentación sana o el del acceso a todos los recursos naturales.

Todo esto debe quedar subordinado a un cuerpo doctrinal, etéreo, difuso, inaccesible que se llama ”ciencia”, pero que en realidad esconde todo un grupo de empleados de las empresas que traicionando la objetividad y el compromiso con la verdad, a cambio de dádivas y privilegios de sus patrones, dicen lo que a ellos convenga. Ya en textos anteriores se ha abordado el tema de qué tipo de científicos son los que van a congresos internacionales con gastos pagados, tienen acceso a laboratorios de punta, son publicados y promovidos en los índices de las revistas más “prestigiadas”, por lo que no hace falta subrayar de qué tipo de ciencia se trata. En cambio, se ignoran o se descalifican estudios independientes como el de la Dra. Alvarez–Buylla, de la UNAM, que demuestran el daño genético que los transgénicos pueden ocasionar a la megabiodiversidad de nuestro país y de cualquier país del mundo. Tampoco se dice una palabra de los estudios europeos que han demostrado la correlación entre alimentos transgénicos y la aparición de diversas enfermedades; ni de las lucrativas patentes de las empresas, a costa del hambre. La realidad es tan elocuente que nada debe quedar en nuestra mente de esta propaganda de muerte.