¿Y la sociedad civil católica?

Carlos Martínez García
El clericalismo católico romano ahoga lo que quisiera dinámico. Su feligresía no es más participativa en las tareas de la institución porque su verticalismo organizativo relega, y hasta excluye, una nutrida participación de los llamados laicos.

La vitalidad de las organizaciones religiosas descansa en el involucramiento de sus integrantes para difundir el credo, instruir a los nuevos adeptos y que la vida cotidiana de la agrupación esté en manos de los creyentes comunes. Todo esto es comprobable en el crecimiento y expansión de religiones distintas al catolicismo. El activismo proselitista es evidente en distintos grupos que tienen bien internalizado el principio de que es necesario ir a la gente, hacerse presente donde hombres y mujeres desarrollan su vida y actividades.

En contraste, los feligreses católicos romanos no se organizan para desarrollar tareas a las que supuestamente les animan los clérigos. En América Latina, la reserva mundial de población católica, la misma tiene una consistente tendencia porcentual decreciente que preocupa a las autoridades de la institución religiosa asentada en el continente desde el siglo XVI. El problema se agrava cuando a la inmovilidad de la población católica en promover su credo, se suma la crisis de vocaciones sacerdotales y el clero existente es de edad avanzada.

La sociedad civil católica, es decir, toda aquella que no es parte de la élite clerical, tiene escaso margen de acción en un organismo que centraliza la administración de los bienes simbólicos de salvación en los sacerdotes. En esta realidad, la feligresía es mera espectadora, consumidora de lo que un personaje le imparte y no generadora de su vida religiosa y cómo articular ésta con la cotidianidad.


Juan Pablo II hizo incontables llamados a la nueva evangelización, instando a la población católica mundial a que compartiera su fe en todos los espacios de cada sociedad. En buena medida sus incesantes viajes tuvieron el objetivo de vigorizar la Iglesia que encabezaba, a la que percibía con escasa presencia pública. En sus giras movilizó millones. Hizo cinco visitas a México, cada una, si las medimos por las multitudes que lo siguieron por las calles y asistieron a las mutitudinarias misas que presidió, fue exitosa y acaparó atención de medios impresos y electrónicos. Pero si evaluamos tales visitas por los efectos dejados en la reactivación de la feligresía católica para involucrarse masivamente en la nueva evangelización, podemos afirmar que su influencia fue escasa.

Expertos en cómo es que las organizaciones religiosas crecen, señalan que no es por resultado de constantes y masivas reuniones convocadas por algún personaje carismático, sino mediante el activismo cotidiano de los creyentes que se organizan de distintas formas para difundir lo que creen e invitan a pequeñas concentraciones a sus vecinos, amigos y familiares. Los teleevangelistas, y Juan Pablo II fue uno de ellos, impresionan por su histrionismo y pueden llevar a pensar que son ellos el principal factor en agregar personas a un determinado credo. No es así, el crecimiento le debe más a la evangelización hormiga que hacen mujeres y hombres entre sus coterráneos. En este aspecto la sociedad civil católica es muy débil, si se le compara con la identificada con otros credos.

El clericalismo no tiene por interlocutores a los feligreses, ya que solamente los concibe como conglomerado destinado a obedecer las directrices de quien tiene el monopolio de la fe. Además si a esto agregamos, en el caso de México, que una parte importante del clero está más ocupada en tejer y fortalecer relaciones con las cúpulas políticas y empresariales en lugar de identificarse con las necesidades de sus parroquianos, entonces no debe extrañarnos que el creyente católico promedio tenga por lejano a sus intereses al cura de la parroquia más cercana.

Las amenazas al proyecto eclesiástico católico romano no están fuera de la institución, por más que en reiteradas ocasiones desde sus espacios señalen al secularismo, materialismo, hedonismo de las sociedades contemporáneas como adversarios que disuelven el compromiso de los laicos con la institución religiosa. Es tiempo de que quienes tienen interés en la revitalización del catolicismo analicen el papel del clericalismo como elemento que paraliza el involucramiento vital de mujeres y hombres en la vida interna y difusión de esta propuesta religiosa.

Dos teólogos católicos que han señalado el lastre del clericalismo y los estragos causados en la feligresía son Hans Küng y Leonardo Boff. Por sus enjundiosas críticas ambos padecieron la persecución del sistema inquisitorial católico romano, quien ordenó el arrinconamiento de los prolíficos pensadores y autores de libros fue Juan Pablo II. El sucesor de este, Joseph Ratzinger, entronizado como Benedicto XVI, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (sucedánea del antiguo Santo Oficio) combatió duramente a Boff por lo expuesto en su libro Iglesia: carisma y poder. A más de tres décadas de que esta obra fue publicada por primera vez, siguen vigentes las críticas al clericalismo romano y nos recuerdan que es el principal obstáculo para renovar la institución.