Y cuando desperté de la Covid–19, el robot ya estaba allí

La automatización y robotización de la producción en América Latina es un tema abordado predominantemente desde puntos de vista esperanzadores. La puesta en operación de máquinas que aceleran los procesos de producción, reducen costos y elevan la calidad de los productos, es sinónimo de desarrollo y de una industria que busca ser competitiva globalmente. Este proceso es, por supuesto, desigual en América Latina.

En 2018, The Economist Intelligence Unit publicó un estudio sobre las 25 economías globales mejor preparadas para la automatización de procesos productivos repetitivos. En esa lista, Argentina ocupaba el lugar 17, Brasil el 19, Colombia el 20 y México el puesto 23. Sin embargo, esto no se veía como una realidad cotidiana en la región. Los robots estaban destinados a las plantas productivas, lejos de la mirada del gran público y eran un porcentaje muy reducido respecto al total de la mano de obra empleada en estos países. México tenía 33 robots por cada 10 mil trabajadores. Argentina 16 y Brasil 11 máquinas por cada 10 mil humanos laborando en sus fábricas. Otras regiones de América Latina, como Centroamérica o el Caribe, se situaban muy atrás de los líderes en este rubro.

Con la llegada abrupta de la pandemia por la Covid–19 y la implantación masiva del teletrabajo, la automatización y robotización en América Latina obtuvieron un gran impulso. Los sectores empresariales, ante la previsión de que en los siguientes años se presenten nuevas pandemias, ven en la importación de máquinas y la implementación de sistemas de producción dirigidos a través de una computadora, una salida para enfrentar la obligación de mandar a sus trabajadores a sus casas sin tener que parar la producción.


Además, otros rubros más ligados al sector de servicios, vieron en este cambio una oportunidad para enfrentar la pandemia. En México, la creación y comercialización, sin ser todavía masiva, de robots capaces de medir la temperatura de los clientes y de suministrar gel antibacterial, fueron de los primeros impulsos. Otros desarrolladores de robots en América Latina están generando máquinas capaces de realizar las funciones de meseros, taxistas o repartidores de comida. Y en el mundo se avanza para que androides puedan realizar distintas operaciones en bancos, oficinas públicas y la propia seguridad. Por ejemplo, Knightscope Inc, está promoviendo el uso de su robot polícia Knightscope K5 Outdoor ASR, bajo el argumento de que es capaz de reducir en más de dos dígitos los índices delictivos en sus zonas de operación.

Al igual que se veía antes de la pandemia la introducción de robots en la producción, ahora en América Latina se están generando discursos positivos al respecto. Desde esta perspectiva, las máquinas ofrecen la seguridad de que las personas que requieren servicios no corran el riesgo de ser infectados por humanos portadores del virus. Este miedo al contagio por parte de personas con las cuales el contacto es circunstancial y hasta ahora no evitable, hace prever que, por lo menos en los principales países de la región, en los próximos años veremos más robots en el espacio público latinoamericano.

Esta previsible introducción de robots prestadores de servicios en América Latina hace necesario ahondar en un debate regional hasta ahora opacado por los discursos positivos al respecto, el desplazamiento de mano de obra por parte de las máquinas.

Según un estudio de 2017, en México el 52 por ciento de los trabajos que se realizan son suceptibles de ser automátizados. Esto significa que alrededor de 25 millones de trabajadores podrían ser desplazados de sus labores que les brinda el salario –no suficiente por cierto– para cubrir sus necesidades básicas y engrosarían las filas del desempleo o de la informalidad. En Brasil, esta cantidad sube a 53 millones de plazas laborales que se perderían ante la llegada de robots. En Chile, para dar un tercer ejemplo, el índice de trabajos susceptibles de automatizarse es del 61 por ciento.

Además de amenazar con desplazar a parte considerable de la mano de obra latinoamericana, la automatización y robotización en la región afectará notablemente a los sectores de más edad que hoy en día están laborando. La introducción de máquinas requerirá de personal capacitado en tecnologías de la información, rubro donde los sectores de más de 50 años en América Latina tienen serias dificultades. Envejecidos y sin capacitación, muchos de los trabajadores latinoamericanos de más edad serán los primeros en perder sus empleos. Ello agravará las ya de por sí nefandas condiciones en que se está produciendo el envejecimiento de América Latina.

Todo parece indicar que cuando América Latina despierte de la Covid–19 se encaminará a ser un continente desigual, con altos índices de pobreza, de viejos, desempleados, sin seguridad social y sin condiciones mínimas de vida, pero muy “moderna” con sus robots moviéndose en el espacio público regional.