Lunes, abril 12, 2021

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Una pátina histórica del edificio y del árbol centenario mal entendidos en Tlaxcala

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En Tlaxcala se ha hecho patente la inconformidad de la población en diferentes medios y redes sociales, asociada con la polémica restauración de la Torre Exenta del conjunto conventual franciscano, y con el proyecto de rehabilitación de espacios como parte del Programa de Mejoramiento Urbano de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), el cual pretende “modernizar” dos plazas públicas, una de las cuales representa un elemento fundamental y simbólico: la plaza mayor (Plaza de la Constitución) que, junto con el conjunto conventual franciscano, se encuentra emplazada en una morfología urbana del siglo XVI donde confluye la vida de la ciudad. Ambos espacios serán objetos del derribo de varios árboles históricos.

La Torre Exenta, a la que se le ha intervenido la cúpula y linternilla con un aplanado cubierto con colores blanco y amarillo, y con los cuales NO se identifica la población tlaxcalteca, quien en su ir y venir percibía la estética cotidiana de ésta, ha actuado como representante de su custodia al coexistir permanentemente. De ahí que esta intervención no representa algo positivo para la comunidad tlaxcalteca y no tiene matices de legitimidad; tampoco demuestra con argumentos claros y contundentes la manera de llevar los trabajos. La percepción de la población con la que SÍ se identifica y que reconoce como parte de su patrimonio, es la pátina histórica de la torre, símbolo del tiempo transcurrido, que representa la vejez en los materiales que otorgan belleza y autenticidad…

“Son sedimentos que enriquecen el significado histórico de la obra, que están entrelazados en la construcción estética o que colaboran decisivamente en la comprensión de la imagen”1.

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Sin embargo, autoridades y representantes de la conservación del patrimonio no pudieron dar una respuesta a esta inquietud de la población; el resultado fue una justificación tamizada de indiferencia ante la percepción y valoración de esta población inconforme. Correspondería dar una explicación respetuosa del porqué se tomó esa decisión. No se puede permitir tanta irresponsabilidad en estos trabajos, donde el poseedor de este patrimonio es la población, quien a la vez lo ha cuidado y otorgado el valor a través de los años.

Por otra parte, la plaza y el atrio conventual están representados por árboles centenarios nativos como son los fresnos, cuya función es conocida por sus beneficios y aportación para nuestra permanencia, pero poco reconocido por las autoridades en su valor como testigo vivo en la historia de Tlaxcala. En tiempos de pandemia, estos espacios son esenciales para conservar el tejido social, además de evocar y otorgar sensaciones y emociones como tranquilidad, paz… y como resguardo de personas, de espacios de flora y fauna para el caso de los árboles. Entonces, se vuelven referentes para la población, primordiales para una vida social sana y confortable que los enorgullece.

Tlaxcala no se caracteriza por intervenciones en contextos patrimoniales. Es una deuda que las universidades locales tienen con el patrimonio cultural y natural, así como los colegios de arquitectos e ingenieros, quienes se involucran parcialmente en las dinámicas electorales y se reservan de tomar posturas frente a estos casos. ¿Será tal vez desconocimiento? No lo sé, pero lo que sí se observa es que esta situación si es percibida por la comunidad y el resultado es toda esta inconformidad expresada.

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Resulta preocupante también que, en la búsqueda de una declaratoria para que el exconvento franciscano sea considerado Patrimonio Material de la Humanidad (como una extensión de la Declaratoria de 1994 de los Primeros Monasterios del siglo XVI en las Laderas del Popocatépetl), se hagan trabajos donde no haya participación social, ni se escuche su voz. Ante estas ausencias, ¿cómo se pretende rehabilitar o modernizar espacios abiertos históricos?, ¿cómo pretendemos entender el presente de estos espacios? Ojalá no se incurra en falsas escenografías que buscan una tipología vanguardista sin advertir que lo esencial es producir espacios dignos, con identidad y carácter.

Todos estos espacios configuran un conjunto de representaciones colectivas como acciones culturales que, lejos de emanciparse del pasado, deben establecer un diálogo fecundo con la historia donde cabe, o debería caber, un interés científico, pues la evolución entraña una sensibilización de parte de la población a la que normalmente se le responsabiliza de esto, olvidando que es obra de la mediocridad que han mostrado los responsables defensores del patrimonio, quienes justifican los trabajos en proceso del conjunto conventual, con argumentos soberbios e irrespetuosos hacia la población, a quien deben la permanencia y el valor de este patrimonio arquitectónico y paisajista.

Así, creo que es necesario que las instancias comprometidas trabajen no sólo con los responsables del cuidado del patrimonio cultural y del medio ambiente, sino también en estrecha relación con las diversas áreas del conocimiento, del arte y percepción del paisaje, del tejido social y del conocimiento de la memoria colectiva, entre otras, cuando se trate de promocionar, restaurar y revalorar un legado tan preciado como éste.

1Barros García J. M. (2001) La pátina: visión actual del concepto. Restauración & Rehabilitación. Revista Internacional del Patrimonio Histórico, 48: 70–75.

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