Tzompantli

La violencia ha sido una constante en la historia de México. La violencia es inmanente a los procesos de cambio social y político desde la Conquista, la Independencia y la Revolución Mexicana y más allá o más acá.

Inmanente es la muerte como símbolo, como cultura, ritual, como realidad de las y los mexicanos. Violencia y muerte han sido esos pilares en los que de forma soterrada descansa nuestra mexicanidad, pinturas, murales, Tzompantli, poesía, literatura, periodismo y experiencia diaria. La violencia y la muerte siempre están presentes.

Hay naciones que se fundan en la guerra, la guerra es su experiencia. Guerras totales contra enemigos totales, se arrasa contra el otro, el no amigo, el enemigo total, ese hostil que amenaza la identidad, la soberanía y a la nación entera. En esas naciones la guerra como cultura se extraña en tiempos de calma, no se encuentra esa nación en paz, no se refunda en la tranquilidad de la no guerra.


Los mexicanos somos diferentes, no tenemos una cultura de la guerra, aunque nuestro glorioso himno nacional nos convoque a la guerra hasta que “retiemble en sus centros la tierra al sonoro rugir del cañón”. Contrariamente nos asumimos y presumimos ante el mundo como una nación pacífica y pacifista. Una nación de paz.

Vaya falsa tradición, pues nunca, en ningún periodo histórico, la sociedad mexicana ha estado desarmada. En todos los periodos históricos, en las múltiples regiones han cohabitado con actores armados que buscan a través de las armas negociar, imponer, modificar algo o todo lo existente como orden o desorden. Siempre con, a favor o contra el Estado legítimamente establecido.

En tiempos de paz, México ha hecho su propia guerra, una guerra interna, hacía adentro, contra los suyos, la guerra entre los mexicanos siempre es un hecho vigente. No hemos sido, no somos una nación que se refunda en la guerra, pero sí a través de la violencia y la muerte.

La convivencia que tenemos con la muerte en la lotería, la música, el 2 de noviembre, las portadas de periódicos sensacionalistas y la cotidianidad nos ha reducido la capacidad de asombro ante la muerte, la muerte cohabita donde se le abre la puerta y tiene permiso de residencia.

Es sintomático que en los múltiples regímenes políticos que han gobernado la nación los actores armados hayan sido, en periodos de tiempo alternados, cohesionados y controlados por el Estado, desde el periodo porfirista, la Revolución Mexicana, la guerra cristera, el movimiento armado socialista de los años 60–80, el levantamiento armado zapatista, la guerrilla contemporánea encabezada por el Ejército Popular Revolucionario (EPR) y sus múltiples escisiones.

El Estado, de forma legal e ilegal, ocultó y mantuvo la apariencia de una normalidad, de una paz que, aunque simulada, se percibió como una reducción de la violencia y la muerte a través de los múltiples actores armados que emergieron en el país.

Es importante subrayar que estos actores armados se sublevaron por orientaciones y posiciones ideológicas, políticas claras y definidas. Mientras que, con la inserción de los gobiernos neoliberales a mediados y finales de los años 80, los actores armados cambiaron, no ejercen la violencia por principios ideológicos y políticos, sino por un supuesto interés particular anclado en los negocios ilícitos, como la siembra, trasiego y venta de droga, tanto en el interior como en el exterior del país.

Los actores armados en la era neoliberal han sido escurridizos y evanescentes, siempre exitosos cuando de ejercer la violencia y producir la muerte se refiere. Desde hace más de tres décadas los gobiernos neoliberales y tecnócratas desregularon y adelgazaron tanto las funciones del Estado por acción u omisión, que permitió que estos actores en armas y con uso desmedido de violencia ensancharan bajo su aquiescencia su imperio de poder y muerte a lo largo y ancho del país.

Una mala señal, ante el proceso de cambio de régimen que sorteamos hace casi ya un año, que se asumía la muerte del neoliberalismo y la tecnocracia en México, se esperaba que una prioridad gubernamental sería la cohesión, el control o negociación con los actores armados, legales e ilegales, reduciría la violencia y las masacres dejarían de ser un fenómeno cotidiano y expuesto.

Pero los lamentables sucesos de Zamora, Michoacán; León y Veracruz siguen mostrando esa aquiescencia, poca voluntad o una imposibilidad real del Estado para someter y controlar a estos actores en armas.

Acaso el cambio fue una quimera política y seguimos en el mismo sistema que, como los anteriores comprendió que la violencia es una forma eficiente de administrar la democracia.

Después de un año de gobierno, nada claro. El Tzompantli sigue siendo el mural cotidiano de las y los mexicanos.

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