¿Turismo o cooperación? En estos tiempos en que los gobernantes descubren que los aviones no sólo sirven para fugarse —sino también para aparecer—, no es raro que una gobernadora de Estado emprenda viaje a la lejana Buenos Aires con la noble intención de “estrechar lazos de cooperación” con su homólogo porteño. Nada menos.
Y como en esta vida todo tiene su precio —salvo la mala fama, que es gratis—, uno no puede evitar preguntarse: ¿qué lazos se estrechan con más vigor, los diplomáticos o los de los maletines?
La gobernadora de Tlaxcala —una entidad tan pequeña que en algunos mapas cabe entera en 500 años—, pertenece a un partido de izquierda, pero aprende, con admirable pragmatismo, a codearse con cualquier color mientras haya fondos de cooperación internacional de por medio.
Antes fue priista, luego perredista, después petista, y ahora morenista. Un currículum tan versátil que hasta la mismísima Lotería Nacional ya considera una carta nueva: El alambrista,
Su anfitrión en Buenos Aires, en cambio, es del PRO, que en Argentina significa “centro—derecha con traje de marca y asesor de imagen”. Su especialidad: eliminar ciclovías para que los automovilistas no se sientan molestados por la presencia de seres humanos pedaleando. Un tipo eficiente, sin duda. Si algo funciona mal, lo quita. Si no funciona bien, también lo quita. Así de simple.
Cooperación o turismo político
El encuentro, según los comunicados oficiales —donde todo es “fructífero”, “histórico” y “alineado con los ejes estratégicos”— versa sobre tres temas trascendentales: cultura, desarrollo económico y la amistad entre los pueblos. Lo cual, traducido al lenguaje de los mortales, quiere decir:
Cultura: se habla de “economías creativas”. Lo cual, a su vez, significa que los artesanos de Tlaxcala bordarán con los colores de la bandera argentina, mientras los porteños exponen en museos “la cosmovisión prehispánica” sin haber salido jamás del barrio de Palermo.
Desarrollo económico: se presenta el “Polo de Desarrollo del Bienestar” en Huamantla con una inversión de 540 millones de dólares. Una cifra tan redonda y ambiciosa que huele ligeramente a PowerPoint. Nadie sabe muy bien qué se hará con ese dinero, pero suena muy bien en las fotos con Lombardi, que asiente con la sonrisa de quien ya ha visto mil polos desaparecer en el limbo burocrático.
Amistad entre los pueblos: se invoca el Acuerdo de Asociación Estratégica México—Argentina de 2022, un documento tan denso que ni los que lo firmaron lo han leído completo, pero que sirve de coartada perfecta para cualquier viaje que incluya cena en Puerto Madero.
Ahora bien, ¿es esto cooperación o turismo político? Aquí viene lo delicado.
Porque el turismo político —como bien saben los que han cubierto gobiernos desde los años setenta— no se distingue por el destino, sino por los resultados. Si al regresar, la gobernadora anuncia que Buenos Aires financiará una planta de tratamiento de aguas residuales en Zacatelco, eso es cooperación. Si anuncia que “se han generado importantes sinergias para el posicionamiento global de Tlaxcala”, eso es turismo con almuerzo incluido.
Un teatro de buenas intenciones
Lo cierto es que Tlaxcala necesita ayuda. No de discursos, sino de empleos y escuelas donde no se inunde el aula de historia con cada lluvia. Y Buenos Aires, por su parte, tiene experiencia en gobernar una ciudad compleja, caótica y hermosa. Pero entre una metrópolis global y una entidad donde el mayor atractivo turístico es una feria taurina con luces de neón, las “sinergias” son, cuanto menos, creativas.
A veces, de estos encuentros salen cosas útiles: una beca para un estudiante de animación, un intercambio de técnicos en gestión hídrica, una exposición de arte popular. Pero también hay que reconocer que, en más de una ocasión, estos viajes sirven para otra cosa: para que los gobernantes se sientan importantes.
Porque no hay nada que eleve más el ego que ser recibido en el Palacio porteño con una escolta, un discurso de bienvenida y un traductor que asienta con cara de entenderlo todo, aunque en realidad sólo esté pensando en qué pedir de postre.
El gran peligro —y aquí está la ironía más fina— es que la cooperación se convierta en un teatro de buenas intenciones donde todos aplauden, nadie rinde cuentas, y los únicos beneficiados son los dueños de los hoteles donde se hospedan las comitivas.
Mientras tanto, en Tlaxcala, los tlaxcaltecas siguen preguntando cuándo verán los frutos de esa “diplomacia subnacional” que tanto se celebra en Instagram con el hashtag #TlaxcalaEnElMundo.
Lo que no dicen los comunicados
Y es que, al final del día, la izquierda y el centro—derecha pueden darse la mano si el menú es bueno y la foto sale bien iluminada. La ideología, como se demuestra una y otra vez, es muy flexible cuando hay una oportunidad de viaje.
Así que brindemos, entonces, por esta nueva era de cooperación internacional: donde los acuerdos se firman con champán, los compromisos se olvidan con jet lag, y el único resultado tangible es el recibo del hotel.
¡Salud! Que los pueblos se ayuden… mientras los gobernantes se divierten.
Nadie menciona, por ejemplo, que la delegación tlaxcalteca viaja en clase ejecutiva mientras en Apizaco un camión de basura lleva dos semanas varado por falta de refacciones. Tampoco se informa que el “encuentro cultural” termina con una cena privada en un restaurante de cocina fusión donde se sirve “mole de caderas con reducción de malbec”. Tampoco se dijo que el ministro porteño, tras escuchar con atención la presentación del Polo de Desarrollo, preguntó discretamente a un asistente: “¿Tlaxcala está en Puebla o en Veracruz?”
Y, por supuesto, no aparece en ninguna nota de prensa que la gobernadora aprovecha el viaje para comprar algo “que no se consigue en México”, ni que, al regresar, su primera orden es convocar a una rueda de prensa “para dar a conocer los avances de la gira histórica”.
En fin. Si esto es cooperación, que venga más. Y si es turismo, que al menos nos traigan recuerdos.


