Sábado, abril 10, 2021

Transmodernidad

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Es el nuevo término con el que los analistas sociales están denominando el parteaguas sociohistórico que estamos viviendo con la aparición de la pandemia y que marcará, sin duda, un nuevo rumbo a nuestra civilización. Se trata de un cambio radical de perspectiva que implica que el ser humano está obligado a reconocer que su modelo civilizatorio es esencialmente suicida, pues de acuerdo con los dogmas capitalistas, se trataba de lograr altos y dispares niveles de consumo, a costa de los bienes arrancados irracionalmente a la naturaleza, en aras de un supuesto progreso y partiendo de la idea de que esos bienes eran infinitos y duraderos.

El deterioro ambiental, la creciente escasez de recursos y el calentamiento global, iniciados desde hace varias décadas, empezaron a activar las señales de alarma de que íbamos por el camino equivocado, pero el capital es, por naturaleza, ciego y sordo. Un reciente estudio de la Universidad de Cambridge revela la clara relación entre la aparición del coronavirus y sus variantes, con los efectos del calentamiento global sobre la vegetación de varias partes del mundo, modificando el hábitat de diferentes especies de animales que se vuelven reservorios de virus como éste. No se trata pues de una fantasía el afirmar que la pandemia es una consecuencia directa de nuestra forma de vida depredadora del medio ambiente.

Para el capitalismo, la naturaleza era un reservorio inagotable de materias primas, susceptibles de ser transformadas en mercancía, al igual que la fuerza de trabajo, pero ambas tienen sus limitaciones que ahora salen a la luz, independientemente de los discursos ideológicos que pretenden ocultar el sol con un dedo. Los expertos coinciden en que si no se modifica radicalmente el modelo civilizatorio actual, simplemente vamos en una carrera acelerada hacia la extinción, probablemente no de todas las formas de vida, pero sí de la del máximo depredador: el ser humano.

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Y lo peor en este contexto es que las grandes corporaciones prefieren ignorar la gravedad de las crisis y aprovecharla para seguir haciendo negocios. La guerra entre las farmacéuticas por imponer y promover sus propias vacunas chantajeando a los países con contratos leoninos y excluyendo a los países más pobres, es un claro ejemplo de la perspectiva que tienen los amos del dinero. Ya se ha mencionado en numerosas ocasiones cómo la pandemia ha hecho visible para la ciudadanía la debilidad del Estado, y cómo a través de tratados comerciales y reformas estructurales, se le ha ido arrinconando a desempeñar el papel de “empleado” del capital, ya que facilita la entrega a los intereses privados de los sectores claves de la vida social: la alimentación, la salud, la educación y la seguridad.

Recuperar el poder y la soberanía del Estado es romper el pacto tácito de sumisión al mercado, establecido en la letra chiquita de los supuestos tratados comerciales internacionales. Apenas hace unos días nos enteramos que una asociación de agroindustriales se está organizando para atacar legalmente los decretos que prohíben la importación y el uso del glifosato en nuestro territorio, así como también evocan los permisos de siembra de maíz y soya transgénicos. Sus argumentos son elocuentes: con esas prohibiciones se crea incertidumbre en los inversionistas, se perjudican a las ganancias de las empresas y, por lo tanto, se perjudica a la economía nacional. Ni una palabra para los efectos nocivos del herbicida y los transgénicos en la salud humana y en la destrucción de la biodiversidad; es claro que para ellos el capital y sus ganancias están por encima de los derechos humanos a un medio ambiente sano, a una alimentación sana y a la salud; éstos por el contrario son una violación de los sagrados tratados comerciales, sin los cuales, según ellos, no existe otra opción de sobrevivencia. La transmodernidad puede ser una oportunidad para cambiar radicalmente de rumbo.

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