Viernes, marzo 1, 2024

Tragicomedia mexicana

(La risible historia nacional reciente, según el evangelio de José Agustín)


En 1990, José Agustín publicó el primer tomo de su Tragicomedia mexicana, donde

retrataba “la vida en México de 1940 a 1970”. El lapso abarcaba buena parte de la vida de JA: desde su nacimiento (vio la luz en 1944, en Acapulco), luego los años de su estridente irrupción en las letras de Mx (La tumba apareció en 1964 y De perfil lo hizo en 1966), hasta el momento en que ya era un referente en la literatura de Mexiko Schönes und geliebtes (para entonces ya había escrito guiones como 5 de chocolate y 1 de fresa (con Angélica María en el protagónico, con quien vivió una caótica relación).

Como JA explicó en algunas entrevistas a propósito de la gestación de Tragicomedia mexicana, se trataba de ofrecer una lectura alivianada, pero crítica y bastante irreverente de la historia del país, a partir de la consolidación del régimen priista. Por esa razón arrancaba con la transición entre el gobierno cardenista —que supuso una radicalización de los ideales revolucionarios, con la educación socialista y la expropiación petrolera a la cabeza—, y el arranque de una nueva fase, que tuvo en el tibio general Manuel Ávila Camacho a su catalizador.

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La versión joseagustiniana de la mexican history contrastaba con la que ofrecían historiadores “profesionales”, como el consentidísimo Enrique Krauze, quien ya se había echado al hombre (digo, al hombro) la empresa de cartografiar a la Revolución Mexicana, desde una perspectiva reaccionaria, a través de Biografía del poder (1987). Sin embargo, el contraste directo con la propuesta de José Agustín sería a través de La presidencia imperial (1997), libro con el que Krauze trató de lavarse la cara con algunas diatribas contra el monolito del Revolucionario Institucional.

Lo cierto es que Tragicomedia mexicana está a años luz de pasar por un trabajo historiográfico. Un historiador “serio” no se la tomaría a pecho. Contra la obra de JA pesa un tono que se tambalea entre lo generalista (por ejemplo, escribe sentencias como esta: “los ricos también se lanzaron a comprar lujosos autos importados”), el dato insustancial que raya en la banalidad (“En 1940, Diego Rivera y Frida Kahlo se casaron por segunda vez”) o de plano en la habladuría chismosa (“En aquella época, Ruiz Cortines tenía 24 años y era ‘un gran bailador de rumba y de danzón y… tenía mucho partido con las putas del burdel, que le llamaban ‘el Fakir’… Era en su juventud Fito Ruiz lo que llaman los franceses un jeune homme très bien porté. Ya de ministro de Gobernación se hizo muy austero y el coñac lo tomaba a escondidas’”). JA extrajo esta última cita de las célebres memorias de Gonzalo N. Santos, el cacique de San Luis Potosí que fue el fiel y vil reflejo de los nuevos amos del país, la escoria resultante de la fragua en la que se diluyó la Revolución.

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De hecho, esas memorias, célebres por su desfachatez y cinismo (a Santos se atribuye la frase “La moral es un árbol que da moras”) son sabiamente saqueadas una y otra vez por nuestro starrio drugo. Pero también se puede apreciar que una y otra vez remojó los pies en las calientes aguas de las secciones de espectáculos y chismes de los diarios de la época. Así, les dio a los tres volúmenes que componen la obra un toque de refrescante humor; de ahí la idea de tragicomedia en que se convirtió el régimen priista (aunque en sentido dramático estricto, tragicomedia representa a algo muy diferente).

Ya en pleno uso de la memoria, el periodo que corresponde al cheloveco Adolfo López Mateos es más vívido, con referencias directas. (A propósito de este personaje, retoma dos anécdotas: según José Agustín, el pueblo llano llamaba al presidente como “López Paseos”, por sus continuos viajes; la otra tenía que ver con su afición por las mujeres: los asistentes le preguntaban a López Paseos si habría “viajes o viejas”).

Consciente de lo que representa ese tipo de cotilleos, recoge anécdotas como esta: “En abril de 1965 el gran chisme corrió a cargo del viejo lobo de Marx Vicente Lombardo Toledano, quien, a los 71 años de edad, se casó lleno de entusiasmo con María Teresa Puente, mucho más joven que él”.

Como buen sesentero, JA es implacable con Díaz Ordaz: “Le decían el Mandril, el Chango, el Trompudo, el Hocicón, el Monstruo de la Laguna Prieta” (mis papás me compartieron otro apodo endilgado al poblano, a propósito de sus iniciales (GDO), con las que la gente formaba la expresión “Jeta, Diente y Oreja”, los rasgos preeminentes del rostro de Díaz Ordaz). Oportuno al desgarriate, joséagustín recoge en la Tragicomedia el “aguerrido amasiato” que tuvo Jeta, Diente y Oreja con Irma Serrano, “celebre por su desinhibición para mostrar los pechos y por sus aficiones a la brujería y demás artes negras”.


Y es precisamente la gente de la farándula la que concentra mucho del interés de JA en este recuento de la Edad Media mexicana. No en balde llegó a formar parte de ese mundillo de artistas y artistos, que recibían gustosos la cultura pop proveniente del otro lado del río Bravo.

Ahí está para confirmarlo el amor que tuvo por el rock, al que llamó “nuestra nueva música clásica”, pero también otras expresiones más serias (jejejé, como la literatura y el cine, que consumió a raudales. También están ahí los deportistas, héroes de las masas silenciosas como el Ratón Macías o el Púas Olivares (el Puyas, le decían los Polivoces), a quien sin duda admiraba por su capacidad de beber pulque y de dar moquetazos.

En suma, la Tragicomedia mexicana se trata de un ajuste de cuentas con la sociedad en la que José Agustín nació y maduró. 


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