En conferencias, muchos padres me preguntan cómo logré ser un sordo universitario con título, buscando un ejemplo para sus hijos. Comprendo su sueño, pero debo ser honesto: ingresar a la universidad es un desafío que transforma emocionalmente.
El estudiante sordo se enfrenta a un entorno donde compañeros y profesores desconocen la Lengua de Señas Mexicana (LSM). Los obstáculos son claros:
- Su lengua materna es la LSM, no el español.
- La comprensión lectora se limita a textos simples, no al vocabulario académico complejo.
- La barrera comunicacional es constante al no poder escuchar las clases.
- Raras universidades garantizan intérpretes calificados, por los costos implicados.
Sin intérpretes, el aprendizaje se limita. Leer labios no es suficiente. Además, si el/la joven sordo/a no muestra interés genuino/a y es presionado por sus padres, el esfuerzo será en vano. Quien decida entrar debe aceptar que enfrentará grandes obstáculos por su condición y por un sistema no preparado.
Al egresar, surge otro muro: en las entrevistas laborales, algunos empleadores ven el título con incredulidad o prejuicio, cuestionando años de esfuerzo por adaptarse al mundo oyente. Esto refleja el desconocimiento general sobre la cultura sorda y provoca discriminación en contrataciones o exámenes de selección.
Mi camino no ha sido fácil, pero cada barrera superada confirma que la inclusión real es una lucha necesaria. El acceso a la educación superior para las personas sordas no es solo un sueño personal, es un derecho que exige adaptaciones y empatía por parte de toda la sociedad.
La interpretación en LSM requiere años de práctica, inmersión cultural y aprendizaje guiado por personas sordas expertas, quienes son las principales guardianas de esta lengua. Desafortunadamente, en muchos casos —no solo en Tlaxcala, sino a nivel nacional— se ofrecen servicios de interpretación sin contar con la preparación suficiente, lo que afecta la calidad del servicio y, sobre todo, el derecho de las personas sordas a una comunicación plena.


