Martes, mayo 11, 2021

Tarantino ‘94

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A punta de balazos, humor negro, hiperviolencia y litros y litros de sangre de utilería, Quentin Tarantino sacudió el cine de los años noventa.

Con una narrativa ágil y sumamente quebrada en sus planos espaciales y temporales, el hombre del gran mentón encabezó una pequeña revolución fílmica en la primera mitad de la última década del más violento de los siglos.

Si Perros de Reserva fue la presentación en sociedad de un cineasta fresco, que reconocía a sus referentes hongkoneses y de serie b y hasta z, la irrupción de Pulp Fiction (tramposamente traducida como Tiempos violentos) significó la llegada de un tipo desenfadado, que se reía de todo, a través de una propuesta que retorcía historias y tomaba al espectador por las solapas para sacudirle los valores.

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Aquel memorable diálogo sobre Madonna, desarrollado en el arranque de Perros de reserva, encontró numerosos ecos en Pulp Fiction. El pop como referencia de vida demostró que el hombre de la calle, amamantado por la televisión y la literatura pulp, había tomado la escena. Punto, juego y partido para Warhol y sus malos seguidores que ahora infestan las galerías de arte.

Los de Tarantino son personajes anodinos, que en su desenfrenada carrera hacia la nada, nos acaban dando lecciones sin querer y sin desearlo. Nada tiene un significado profundo. Cuando la taxista Esmarelda Villalobos le pregunta al boxeador Butch Coolidge qué significa su nombre, el peleador que acaba de quitarle la vida a su contrincante sobre el cuadrilátero, sintetiza buena parte del espíritu de la época: “Para nosotros [en Estados Unidos] los nombres significan un caraxo”.

Así, en esa espesa nada llena de drogas duras y balas blandas, que esquivan a sus destinatarios (memorable la escena en que Jules y Vincent escapan a un tiroteo a dos metros de distancia, lo que acaba alejando a Jules del sendero de la delincuencia al ser objeto de una hierofanía), repito, en esa espesa nada, forcejean los personajes, sin más expectativa que la de sobrevivir a la noche.

Sin caer en un nihilismo facilista, los personajes de Pulp Fiction, sí expresan el desencanto que se paseó a sus anchas en la década de los noventa del siglo XX. Muertas las utopías, evidenciado el socialismo real, sólo nos quedó sumirnos en el fárrago escapista que nos ofreció el amistoso capital, que se encarreraba a convencernos que la colectividad es una basura y que lo único que importa es el individuo, y que se debe hacer lo que sea necesario para asomar la cabeza por encima del resto.

A 25 años de Pulp Fiction, acaba de reponerse en cines esta cinta, que nos habla de todo aquello que puede ser perfectamente útil e innecesario. Gracias, Quentin, por enseñarnos a contar el vacío.

Todo, a final de cuentas, significa un caraxo.

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