Miriam B. Tecamachaltzi S.
Soy Diana, soy autista y siempre siento que exagero –Diana Chang, psicoterapeuta DBT, anarquista, proscrita, antipunitivista– lo que es curioso porque aprendí a hacerlo para que mi dolor fuese reconocido, por la otredad y, sobre todo, por mí. Todo el mundo habla de las hipersensibilidades y de las adecuaciones que necesitamos para que la luz, el ruido o el olor del producto de limpieza no nos duela. Sin embargo, nunca supe a quién decirle: siempre siento que exagero.
Cuando me luxé el hombro a los 12 años, no lloré, y eso hizo que estuviera casi una semana sin atención médica. A los 16, cuando me fracturé el peroné y me disloqué el tobillo, llegué caminando al hospital diciendo: “creo que es un esguince”. ¿Cómo explico que, cuando estaba en labor de parto, me quedé dormida porque “me relajé” mucho haciendo respiraciones? ¿O que, cuando era peleadora semiprofesional, podían madrearme y no, no dolía?
Hay cosas más cotidianas, como los golpes en el dedo chiquito o una espinilla. Cuando cuento esto, regularmente burlándome de mí misma, las miradas reflejan incredulidad. “¿Cómo no te va a doler? No manches.” Yo también me lo pregunté mucho tiempo. Sin embargo, aprendí a fingir que las cosas duelen, que el golpe duele, a copiar los gestos de la otredad. Aprendí a doblarme para que me operaran del apéndice porque “nah, si le diera, no podría ni caminar”.
Y es horrible, porque hoy que estoy enferma, que mi garganta se cerró, que estoy mareada y veo borroso, que me incomodan mis articulaciones, siento que exagero. Que no tengo derecho a pedir espacio, descanso. Que no es suficiente, que tendría que estar a punto de ser internada por algo. No sentir las cosas de inmediato me ha llevado a cirugías de emergencia.
¿Les confieso algo?
¿Les confieso algo? Justo ahora pienso que tendría que seguir, dar sesiones, trabajar, no detenerme. Estoy escribiendo esto que aún podía terminar mañana. Y, al mismo tiempo, reconozco que necesitaba este escalofrío, estos ojos vidriosos, para que este texto tuviese más sentido para mí y quizá para ti. Porque seguro lo que piensas es: “¿pero por qué no te vas a descansar?”. No te creas, pienso lo mismo, al mismo tiempo que me repito: “ya vas a terminar, no exageres”.
Ser una mujer con diagnóstico tardío representa esto: el trauma corporal de no saber si estoy de verdad enferma o no. La violencia médica tampoco es aliada, porque me enseñó que, si no duele 10, entonces no cuenta. Ser una mujer con diagnóstico tardío es pensar que mientes todo el tiempo respecto a tu dolor físico. Es pensar que tienes que sentir que mueres porque, si no, estás exagerando.
Ser mujer neurodivergente es caminar la vida sospechando de la propia percepción, porque el sistema nos enseñó a dudar de lo que sentimos. Siempre estuvo aquí y nadie lo nombró. Ni yo. Y lo que no se nombra sí existe, pero no se trabaja ni se cuida.
Hoy sé que no exagero. Hoy sé que es mi neurotipo. Hoy sé que tiene que ver con mi hiposensibilidad a la nocicepción, una capacidad disminuida o tardía para percibir el dolor, y no con ser exagerada o mentirosa. En algunas personas autistas, la señal nociceptiva se transmite con menor velocidad, la corteza somatosensorial responde de forma atípica y el sistema inhibitorio del dolor modula más de lo esperado.
No exageres, ni te sientes tan mal
El resultado es que el dolor llega tarde o llega tenue. Y el dolor es evolutivamente una alarma de supervivencia: si la señal no aparece a tiempo, no buscamos ayuda, no dejamos de movernos, no nos protegemos. Por eso algunas mujeres autistas pueden caminar con fracturas, dormir durante el parto o tardar días en atender lesiones graves.
A cuatro años del diagnóstico sé que tengo que cuidarme más para no morir. Recuerdo que en la última clase de la universidad tenía que hacer una presentación. Iba con fiebre de 39 grados. ¿Diagnóstico? Influenza H1N1. Fue irresponsable, pero yo pensaba: “va, no exageres, ni te sientes tan mal”.
Eso de escuchar al cuerpo no me sirvió desde la mirada alista. Tuve que aprender a escucharme desde mi neurotipo, desde la compasión y la comprensión. Hoy puedo escuchar y sentir lo tenue, aunque el trauma me siga repitiendo que no exagere. Porque aprender nuevas formas siempre duele, es cansado y es necesario.
Mi cuerpo no exagera: el sistema minimiza, rechaza, niega, vilipendia. En esa tensión se escribe la realidad de muchas mujeres autistas que aprendimos a callar porque el sistema solo reconoce el dolor que encaja en su escala. Que hoy pueda nombrarlo rompe esa dicotomía.
Cuando el daño no duele
El testimonio de Diana está sustentado en décadas de investigación sobre procesamiento del dolor en personas autistas. La literatura describe que la hiposensibilidad nociceptiva es una característica presente en un subgrupo del espectro, con particular prevalencia en mujeres diagnosticadas tardíamente. Estudios en Pain, Frontiers in Neuroscience y Journal of Autism and Developmental Disorders muestran activación cortical atípica ante estímulos dolorosos: el dolor se procesa más lento, menos intenso o con desfase, lo que hace que lesiones graves pasen inadvertidas.
Lejos del estereotipo de que “los autistas no sienten”, la evidencia muestra algo más complejo: sí sienten, pero pueden no registrar la señal a tiempo. Esto coincide con investigaciones sobre retrasos en la transmisión nociceptiva, integración sensorial atípica en ínsula y corteza somatosensorial, e interocepción disminuida. El sistema nervioso procesa el peligro, pero lo hace en otro ritmo.
En mujeres autistas, este fenómeno se entrelaza con factores de género: la socialización para minimizar el malestar, el estigma de “exagerada”, los sesgos médicos que no creen a las mujeres cuando reportan dolor y la falta de investigación en autismo femenino.
El derecho a sentir sin que nos cuestionen
Diana lo explica con precisión: aprendió a fingir dolor para ser creída. Y está documentado. Hoffman et al. (2019) y Crompton et al. (2020) muestran que muchas mujeres autistas enmascaran también el dolor físico para ajustarse a expectativas sociales. Cuando una mujer autista llega a urgencias y no llora, el personal suele asumir que “no es grave”. Esa lectura capacitista retrasa diagnósticos y aumenta complicaciones. Lo que Diana vivió luxaciones sin atención, fracturas caminando, apendicitis sin expresiones típicas de dolor, es evidencia de una deuda estructural: la medicina no comprende aún los perfiles sensoriales del autismo en mujeres.
Lo que Diana nombra hoy es crucial: su cuerpo no exagera. Su sistema nervioso funciona distinto. Y reconocerlo salva vidas.
La medicina necesita integrar tres principios: evaluar el dolor sin basarse en la gestualidad típica; incluir el perfil sensorial en la historia clínica; y aplicar perspectiva de género y neurodiversidad. Las mujeres autistas viven un doble silenciamiento.
Diana lo resume con fuerza: “Mi cuerpo no exagera: el sistema minimiza”. Ese es el problema central.
Las mujeres autistas no necesitan aprender a sentir dolor “como se espera”. Lo que debe cambiar es el sistema que solo valida un tipo de dolor, una forma de expresarlo y un único cuerpo digno de ser creído.
*Académica de la FCDH de la UATx / Miembro del SNI.


