Rosario y la ausencia

Rosario perdió a uno de sus hijos, es una madre que, como tantas, ha sufrido la desaparición de su hijo. Su hijo fue, de un momento a otro, un miembro más de esta patria de ausentes.

Rosario dice que está cansada de buscar, cansada de esperar a que su hijo regrese. Ella extraña su mirada, su sonrisa, su presencia. Mitiga esos pesares cuando ve a su nieta, encuentra en ella su mirada y, medianamente, la sonrisa de su hijo, pero ella está clara de que su nieta no es su hijo, es apenas una parte viva de él. Su hijo es el padre de esa niña, su hijo es el padre que no está, es un padre que, como miles, ha sido borrado.

Esa niña, la nieta de Rosario, algún día, cuando sea grande, preguntará por su padre, dimensionará lo que es la desaparición forzada y quizá se preguntará por qué a su papá, por qué su padre fue desaparecido. A Rosario le preocupa que su nieta algún día pregunte por qué y quién lo desapareció.


Rosario mantiene intactas las cosas de su hijo, su cuarto, sus camisas, sus pantalones, los zapatos, todo quedó intacto, nadie lo ha que querido mover, nadie ha querido tocar sus cosas. Sus libros están en los libreros, en la mesa de noche, guardando polvo, al igual que su guitarra y sus pequeños tambores. Rosario lo imagina leyendo, otras tocando música y cantando. A veces Rosario en las noches se levanta corriendo porque escucha la música, el sonido sale tímido de la habitación de su hijo, el sonido retraído de la guitarra la despierta, y acelera el paso con un vaso de agua para llevarle a su hijo, se despierta segura de que él ha llegado a casa y tiene sed. Rosario dice que la ausencia en los espacios privados es un sentimiento que no cesa y que en las noches se agranda y se lleva el sueño.

Rosario ha pasado por todos los rincones institucionales, ha enviado cartas, dialogado con múltiples funcionarios públicos, políticos, policías, militares y hasta ésos que la demás gente llama sicarios. Nadie sabe nada, nadie dice nada, los hermana el silencio y la evasión.

Rosario dice de manera enfática que ha perdido la esperanza en todas las instituciones a las que ha asistido a solicitar información de su vástago, instituciones estatales e instituciones federales que con sobrada simulación despliegan una práctica burocrática anclada en el papel y el computador. Registros, más información, hojas en blanco que se membretan y son llenadas una y otra vez, hojas archivadas en carpetas que al paso de los días se van olvidando en los libreros empolvados de las dependencias.

Ninguna institución se ha preocupado por el paradero de su hijo ni por la salud de Rosario, ninguna institución la ha evaluado y canalizado, ningún funcionario le ha preguntado cómo se siente, qué le hace falta, nadie le ha preguntado cómo es que sobrevive y se repone al profundo dolor. Sus familiares y amigos le han dicho que debe acudir con un terapeuta, Rosario lo intentó, pero fue infructuoso, ninguna de las y los terapeutas que consultó la pudo ayudar, le dijeron que su dolor estaba fuera de los márgenes de la psicoterapia, ninguno ha tenido la herramienta adecuada.

Después le dijeron que fuera con un psiquiatra, éste le dijo que lo único que podía ofrecerle era medicamento, que no la curaría, pero la haría sentir mejor, menos triste, más controlada, dueña de sí, menos ansiosa y que, además, podría dormir mejor.

Rosario se cuestionó si esas pastillas equivalían a relajar su lucha por la presentación con vida de su hijo, si ello le reduciría el coraje y la impotencia de seguir en su búsqueda y la terminaría postrando en el sillón de su casa viendo la televisión bajo los efectos de la droga durante todo el día. Rosario se resistió a esas estrategias paliativas que apuestan, desde su percepción, por el olvido momentáneo, hasta que el olvido se convierte en una condición permanente.

Rosario resiste, dice que no borrarán su experiencia de la ausencia, ella escribe en cuadernos todo el tiempo, le escribe a su hijo, escribe respuestas, escribe la experiencia, escribe para dejar su testimonio como testigo, ella teme que su experiencia sea borrada como todos los ausentes.

Rosario suspira, observa a los asistentes y sentencia que la desaparición forzada de personas en México ha sido perpetrada contra miles y miles de ciudadanos, que muchos han sido los daños y que las autoridades han asumido una culpa moral, ética, pero nunca una culpa jurídica, que la desaparición ha creado víctimas, pero ser víctima no sirve de nada, que no es un privilegio.

Rosario asegura que la desaparición forzada de personas es una estrategia perversa en la que operan muchos actores, desde institucionales hasta científicos y médicos que apuestan por borrar la experiencia, que esperan quitarles a los sobrevivientes la experiencia de sentir el dolor, de conocer la ausencia, de vivir con esa ausencia y luchar por eliminar esa ausencia. Arguye que todo parece conspirar contra los vivos, los que tuvieron uno o más desaparecidos en su núcleo familiar, la apuesta es que se cansen, que se agoten, que refugien su dolor en sus casas y las iglesias, que enloquezcan o que se mediquen para olvidar, para suturar la herida y borrar la ausencia, borrar la experiencia de tener un ser ausente.

Rosario mantiene una mirada firme, pero gris, unas palabras entrecortadas y profundos suspiros que cierran su habla, pasea su mirada sin arrojar lágrimas, es una mirada seca, una mirada deshidratada después de tanto llanto.

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