Miércoles, abril 14, 2021

Repartir entre ochocientos

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(Las alianzas políticas, según Jorge Ibargüengoitia)

Jorge Ibargüengoitia alguna vez escribió que:

“Los mexicanos nos distinguimos a veinte metros por la papada y la tendencia a llevar sacos de Tlaxcala”.

Ahora ya sólo nos diferenciamos por la papada, doble o triple en muchos casos, porque a los sacos de Tlaxcala se los cargó la globalización, vía la inundación de ropa china.

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A contrapelo de lo descrito por estudiosos y críticos, Ibargüengoitia jamás se consideró un escritor humorístico.

“Mi interés nunca ha sido hacer reír a la gente. No creo que la risa sea sana ni interesante, ni que llene ninguna función literaria. Lo que a mí me interesa es presentar una visión de la realidad como yo la veo. No me siento comprometido con la risa ni entregado a ella, y no creo siquiera que la risa sea buena”.

Y sin embargo, se reía.

Tuvo la mala suerte de morir antes de tiempo. Tal vez para estas alturas del milenio ya hubiera fallecido, pero seguramente pudo darnos otras 10 novelas tan magníficas como todas las que escribió y publicó. Pero eso ya no tiene remedio.

A él lo conocí con Las Muertas, el ejercicio de estilo en el que retrató el caso de Las Poquianchis.

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Las páginas llenas de huizaches, donde se bosquejan paisajes áridos y mezquinos, me hicieron pensar en Juan Rulfo. Además, la naturaleza poliédrica de la novela, narrada con muy diferentes recursos y tonos, aunado a cierto aire melancólico, me recordaba cuentos como “El hombre” o “Diles que no me maten”.

Pero nada que ver.

Ibargüengoitia era y sigue siendo un forastero de la literatura mexicana. A pesar de la irrupción de escritores humoristas o que hacen del sarcasmo y la ironía un recurso, el cuevanense los sigue mirando por el espejo retrovisor, en lontananza.

Uno de esos días oscurecidos por la memoria me tropecé con Los relámpagos de agosto. Y desde entonces no he dejado de leerlos.

De hecho, se trata de la primera novela publicada por Ibargüengoitia, paisano de Diego Rivera, a quien inevitablemente se parece en lo físico y en lo espiritual.

Ambos son dueños de un humor ácido, nada solemne. Ambos son unos desencantados, aunque en Rivera el desaliento se disfraza de grandilocuencia.

En cambio, Ibargüengoitia opta por el camino del cinismo, del absurdo, de la farsa y de la parodia. Los relámpagos de agosto es un buen ejemplo de este último género.

Escrita a la manera de las memorias de los militares que participaron en el movimiento armado iniciado en 1910 y reavivado en 1913 (un buen ejemplo es Ocho mil kilómetros es campaña, de Álvaro Obregón), la novela cuenta las desventuras del general José Guadalupe Arroyo.

Para no entrar en averiguatas, la narración también es una parodia de las llamadas “novelas de la Revolución”, un ciclo que arrancó Mariano Azuela y al que de alguna manera Ibargüengoitia le echó el cerrojo.

La narración hace eco de parte de la rebelión escobarista, una revuelta protagonizada por la facción obregonista, que había quedado huérfana tras la muerte del Caudillo, a manos de León Toral.

Ese alzamiento, encabezado por José Gonzalo Escobar, acabó diluyéndose sin alcanzar los vuelos de otras insurrecciones, como la de Adolfo de la Huerta. Pero para los fines que buscaba Ibargüengoitia era perfecta. Además, la novela recoge otro episodio de aquellos finales de los locos años veinte: la creación del Partido Nacional Revolucionario, el abuelo del actual PRI. Otra raya tautológica al tigre de nuestra historia de vodevil.

Ese es el contexto que enmarca el relato ibargüengoitiano, Y ahí es donde se gestan algunos de los diálogos más jocosos de la literatura con ADN político escrita en México.

Una vez que se ha acordado la creación del PU (Partido Único), los alebrestados generales que buscaban llegar al poder político a través de las elecciones (o de las armas, si fuera necesario), se dan cuenta que van a tener que repartirse las migajas, porque les han brotado cientos de competidores.

Por aquí les dejo dos parlamentos:

“—Tenemos las elecciones en la bolsa —dijo Anastasio.

“—Sí, pero entre ochocientos —les dije yo, y tenía razón.

Algo así pasa ahora con los herederos espirituales y políticos de aquellos años revueltos. Van a tener que repartir entre ochocientos.

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