María Josefa Ortiz no solo fue la anfitriona de una conspiración, sino la primera insumisa, sostuvo la historiadora Alicia Lovera Lorenzo durante la conferencia “La primera insumisa y rebelde: María Josefina Ortiz ante el poder colonial durante la Independencia de México”, impartida en la Escuela Normal Urbana Federal de Tlaxcala “Lic. Emilio Sánchez Piedras”, donde planteó una lectura crítica del papel de las mujeres en los orígenes de la nación mexicana.
Durante su exposición, Lovera Lorenzo destacó que la figura de María Josefa ha sido reducida por la historia oficial a la anécdota del aviso de Querétaro, cuando en realidad su acción política fue decisiva para el inicio del movimiento insurgente. “Sin su aviso, no habría habido grito de Dolores”, subrayó la historiadora, al recordar que fue ella quien, el 13 de septiembre de 1810, logró comunicar a Allende y a Hidalgo que la conspiración había sido descubierta.
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Esa decisión, explicó, “fue un gesto minúsculo, pero monumental”, porque en un contexto donde las mujeres estaban destinadas al silencio, su palabra encendió la mecha de la insurgencia. Aunque no encabezó ejércitos ni redactó proclamas, su desobediencia tuvo el peso simbólico de un grito de libertad.
La conferencista puntualizó que María Josefa fue arrestada tras el estallido de la insurgencia y enviada a conventos de reclusión, donde asumió su participación sin arrepentimiento. “Sí, lo hice y no me arrepiento, porque fue por amor a mi patria”, respondió ante el tribunal virreinal, según consta en los archivos del proceso judicial conservado en el Archivo General de la Nación.
Para Lovera Lorenzo, esa declaración representa uno de los primeros testimonios de conciencia política femenina en México. Sin embargo, la memoria oficial transformó su rebeldía en docilidad: “El panteón nacional no celebra héroes, los domestica”, citó al historiador y explicó cómo el nacionalismo del siglo XIX convirtió a Ortiz en “la corregidora de Querétaro”, una figura heroica pero subordinada al marido.
Esa operación simbólica —añadió— permitió mantener una presencia femenina en la historia sin alterar su estructura patriarcal. “Fue una incorporación sin emancipación”, señaló, “una visibilidad controlada”. Bajo el título marital, la acción de María Josefa se interpretó como un acto de lealtad conyugal y no como rebeldía política.
La historiadora enfatizó que nombrarla como “de Domínguez” es una forma de subordinación, mientras que decir “María Josefa Ortiz” implica un acto de emancipación. Retomando a Judith Butler, explicó que “el lenguaje no solo describe la realidad, la produce”. Por ello, recuperar su nombre original es una forma de devolverle su voz y su poder simbólico.
Lovera Lorenzo señaló que el Estado mexicano necesitó heroínas, pero no mujeres autónomas. Por eso, la historia escolar la celebró como símbolo maternal y no como sujeto político. En los libros de texto, aparecía junto a Hidalgo o Allende, con mantilla y rosario, reducida a un papel decorativo.
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A través de esta lectura crítica, la investigadora propuso repensar la independencia no como una epopeya masculina, sino como una red de acciones colectivas donde las mujeres fueron protagonistas. María Josefa Ortiz, dijo, representa la primera grieta simbólica del patriarcado colonial.
“Su aviso no solo abrió el ciclo insurgente, también abrió un ciclo de desobediencia femenina”, expresó ante docentes y estudiantes.
Finalmente, Lovera Lorenzo invitó a nombrarla en su nombre propio como un acto político y de reparación: “Decir María Josefa Ortiz no es una corrección filológica, es un gesto de justicia. Es reconocer a la primera mujer que, al desobedecer al poder colonial, pronunció el verdadero grito de insumisión”.


