En días recientes el polémico cantante Bad Bunny o “Conejo Malo”, el artista latino más escuchado en el mundo en plataformas como Spotify durante el año 2024, lanzó su última producción discográfica intitulada: “Debí tirar más fotos”.
La sorpresa que este disco trajo tanto a seguidores como a detractores fue mayúscula en la medida que sus ritmos combinaron elementos sonoros prototípicos de la región caribeña de la cual es oriundo (Puerto Rico), mezclas o fusiones afro–puertorriqueñas que resultan ser interesantes e intensas y que son acompañadas por unas líricas enérgicas que se alejan de la cierta superficialidad que lo caracterizaba.
El Conejo Malo deja ver al mundo un contenido lírico y sonoro más allá de las preocupaciones culturales y su acostumbrado consumo, las cuales cambió por una lírica y una sonoridad que se acerca más a una música de protesta con importantes guiños al escenario político de los Estados Unidos de Norteamérica y de América Latina. Narra las historias de lucha y resistencia de una isla en la que sus pobladores se han negado a ser borrados y aculturados a imagen y semejanza de los Estados Unidos.
El contenido del material discográfico es un carnaval boricua que, como ya se señaló, mezcla ritmos autóctonos puertorriqueños, bachata, salsa, bolero, bomba, sonidos electrónicos y reguetón. Las líricas de esa interdisciplinaria sonoridad están colmadas de simbolismos, nostalgia, frustración, coraje y fiesta. En ellos se da cuenta de las múltiples problemáticas sociales y políticas por los que ha atravesado la isla durante cientos de años: colonialismo, pobreza, migración, desplazamientos, extractivismo y explotación: “Puerto Rico boquete”, “Puerto Rico hueco”, “Puerto Rico turismo extractivista”, “Puerto Rico bloqueado”, “Puerto Rico éxodo”, “Puerto rico esclavo”, “Puerto Rico medidas de austeridad”, en Puerto Rico no pasará “Lo que le pasó a Hawái”.
“Aquí nadie quiso irse y quien se fue, sueña con volver. Si algún día me toca, qué mucho me va a doler. Otra jibara luchando, una que no se dejó. No quería irse tampoco y en la isla se quedó y no se sabe hasta cuándo… Quieren quitarme el río y también la playa, quieren quitarme el barrio y que abuelita se vaya. No, no suelten la bandera ni olvide el lelolai. Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái.”
El reguetón de la mano del Conejo Malo adopta una postura, adquiere matices políticos, demanda y conmina a las resistencias de los pueblos caribeños y latinoamericanos, convoca la resistencia a los mecanismos de la poscolonialidad, es ejercicio de una memoria viva que ha sufrido los embates pro amnésicos del neoliberalismo caníbal, ese que lentamente se apropia, saquea, termina y vacía todo en el más complejo silencio y discreción. Tierra, agua, playa, recursos y población.
En resumidas cuentas, resulta sugerente observar la conversión del Conejo Malo, quien, en el contexto actual, ha lanzado una bomba sonora acompañada de una lírica rabiosa que demanda un posicionamiento contra el neocolonialismo norteamericano, máxime, cuando este lunes 20 de enero un personaje como Donald Trump asume de nueva cuenta la presidencia del país vecino. Sin duda, este disco es una bocanada de aíre puro para recordar la importancia que tiene la resistencia desde el orbe cultural.
Por estos y otros motivos, sea bienvenido el disco “Debí tirar más fotos” de Bad Bunny, quien comienza a resignificar la música de protesta desde géneros que en apariencia resultaban ajenos para ello.
Conejo Malo: más reguetón, más riqueza cultural y anticolonialismo.
