¿Quién mató a la Revolución Mexicana?

¿Quién mató a la Revolución Mexicana?

La Revolución se destruyó a sí misma. Primero, porque Francisco I. Madero fue incapaz de superar su herencia de clase e incumplió con los postulados sociales del Plan de San Luis, entre ellos el reparto de la tierra, reclamo principal de los campesinos incorporados a la lucha armada.

Madero también cometió otros errores. El más importante fue dejar intacto al ejército y al resto del aparato político y social porfirista. Uno de esos militares formado a la sombra del caudillo oaxaqueño, Victoriano Huerta, sería quien traicionaría y asesinaría a Madero, así como a José María Pino Suárez, el involuntario vicepresidente.

El presidente espiritista, nacido en Parras, Coahuila (pueblo mágico de funestos recuerdos para este escritor) era un hijo de su clase social. Y no los iba a traicionar del todo.


Si bien había prestado apoyo a los inconformes con el régimen de Díaz, el hijo de hacendados y empresarios coahuilenses había pasado casi toda su vida “ocupado en las mil futilezas que hacen el fondo de nuestra vida social; enteramente banal, estéril en lo absoluto! (sic) Los negocios públicos poco me preocupaban, y menos aún me ocupaba de ellos”, confiesa en su célebre libro La sucesión presidencial en 1910.

Era un egoísta, lo acepta. Pero los espíritus le tenían encomendada una tarea monumental: derribar del poder al viejo autócrata oaxaqueño… y ocupar su sitio, de preferencia por las buenas, es decir, por la vía de las urnas, si el dictador cumplía su promesa de ya no participar en las elecciones de 1910 y permitir un proceso transparente. Claro, claro.

Como Díaz no cumplió, Madero llamó a las armas. Aquel domingo 20 de noviembre de 1910 todo parecía normal. Díaz era el presidente electo y aún se sentían los estertores de las Fiestas del Centenario. Nada quería cambiar.

Pero de pronto, aquí y allá, hubo quienes empezaron la bola. Y el país tomó otro rumbo. Al menos para sus élites.

El régimen de Díaz resistió muy poco. Apenas fueron seis meses de combates, hasta la derrota del ejército porfirista en Paso del Norte. Para el 10 de mayo, la suerte de Díaz estaba echada. Pero logró evitar la capitulación total, en buena medida porque Madero tenía pocas ganas de malquistarse con sus congéneres de clase.

Tampoco se veía como un Miguel Hidalgo poseído por la furia destructora, y mucho menos tenía el empaque y la grandeza de miras de Morelos, quien soñaba con una América Mexicana, o la resistencia fanática de Guadalupe Victoria. Nada de eso. Él era quien era, y no se iba a traicionar. Por eso se negó a desmontar el aparato de la dictadura; con él a la cabeza, fue, en buena medida, la prolongación de la Belle Époque, pero con un nuevo dueño del Castillo de Chapultepec.

Eso explica la inconformidad de Zapata, y su posterior revuelta campesina. En ese camino, lo mejor de Madero fue el hallazgo del general Felipe Ángeles, una excepción en el ejército porfirista, reconocido y valorado por el propio Zapata, a quien combatió en Morelos. Aunque Ángeles también fue devorado por la sanguinaria Madre Revolución.

Así, con ese ánimo, la traición era cosa de tiempo. Y de ese modo comenzó el lento suicidio de la Revolución. Hasta la llegada de los sonorenses.

Pero de esos profesores y comerciantes metidos a revolucionarios hablaremos otro día.