Puros e impuros

Cuando la política tenía como núcleo central la ideología, el ejercicio del poder debía ser consecuente con la cosmovisión, los postulados y los estatutos del partido, fuera éste de centro, izquierda o derecha. Durante años, el debate y los enfrentamientos entre los miembros de los partidos eran por la pureza o impureza ideológica, más que por el pragmatismo.

El actor político más ideologizado solía ser el más apto o facultado para representar al partido y, además, el candidato ideal para el ejercicio del poder. Al paso del tiempo esta norma indiscutiblemente se convirtió en un ideal, una práctica que pronto se hizo obsoleta y terminó por desteñir en el mundo de la política los colores, las banderas y, por supuesto, las ideologías. Los partidos terminaron convirtiéndose en una fusión ambigua, en un solo frente de acuerdo con las coyunturas electorales, en bolsas de trabajo, capacitadoras de cuadros políticos desideologizados y sumamente calculadores, redes de capital social, clientelismo político, mecanismos de coerción y aparatos de poder que más que hacer y ejercer política, se han dedicado a negociar con múltiples actores locales y nacionales por la generación de condiciones sociales y materiales que les permitan su ascenso social, la acumulación económica, prestigio personal y de sus camarillas. Elementos que han permitido a los partidos mantener su capacidad de decisión e influencia, así como directa o indirectamente en el poder político, tanto local como federal.

La política como patrimonio de grupos y familias predominó como práctica por sobre el principio de la ideología. El utilitarismo ha sido la plataforma de acción y ejercicio de la política y el poder.


Durante las últimas dos décadas, el final de cada sexenio se ha convertido en una ilusión de cambio para el electorado mexicano, el discurso del gran candidato se transforma en el ideario de las personas en poderosas palancas que, en automático, harán el cambio que el país necesita y su población demanda.

La última coyuntura electoral fue paradigmática, no sólo por el holgado resultado electoral que dio el triunfo a Andrés Manuel López Obrador, sino que por primera vez un candidato sin partido político llegó a través de un amplio movimiento nacional a la Presidencia. Obrador llegó a la Presidencia solo por ser Obrador, por su arduo trabajo desarrollado por más de una década, cuando fue miembro del partido hegemónico, posteriormente de un partido de izquierda oficial y, posteriormente, candidato a la Presidencia de la República en repetidas ocasiones.

El efecto político de Obrador fue, electoralmente, exitoso, alcanzó niveles que quizá fueron augurados, pero no calculados en su justa dimensión por el movimiento de Morena.

En ese efecto electoral fueron incorporados a la vida política dos actores, unos estaban aislados y otros eran ajenos: los primeros incorporados fueron esos políticos de viejo cuño, esos que tenían aún enclaves de poder e influencia en los ámbitos locales y, los segundos incorporados fueron esas y esos ciudadanos que tenían mucho ímpetu y buena voluntad para sumarse, por recomendación de terceros a un proyecto que entonces parecía tener posibilidad de triunfo. A nivel local, muchas y muchos ciudadanos que tenían poca o nula experiencia en la función pública se colaron, se fueron a la grande gracias al efecto Obrador. A nivel local muchas y muchos candidatos eran, en el mundo de la política, unas y unos completos desconocidos.

Es importante subrayar que Morena, antes de las elecciones, comenzó a desmontar las organizaciones locales que se comprometieron con el proyecto desde su gestación, que trabajaron para generar sinergias y adhesiones, el movimiento eligió, como ya se dijo, dar paso a viejas camarillas del partido hegemónico u otros partidos menores, pero que podían asegurar el voto en la entidad.

El movimiento de Morena dio la espalda y marginó a un importante número de organizadores y emprendedores para su fundación en diferentes estados y localidades de la República. Hoy, las y los que llegaron por la inercia, y aquellas y aquellos que fueron elegidos por utilitarismo político anhelan permanecer en la curul e ir por algo “más grande” a través de un discurso, una plataforma y un poder que les es ajeno, que les ha sido prestado por la coyuntura. Hoy, esas y esos políticos por arrendamiento disputan por y en el vacío, por la ilusión de la perpetración en el poder. Ahí, en ese vacío, se postulan como los puros y exhiben a aquellos, a las y los otros, como impuros. Puros contra impuros.

Indiscutiblemente, uno de los mayores problemas que tiene el movimiento de Morena está en los ámbitos locales, al menos ello se puede leer en la entrevista que Juan Luis Cruz, periodista de esta casa editorial, realizó a la senadora Ana Lilia Rivera en la edición del 25 de noviembre de 2019. https://www.lajornadadeoriente.com.mx/tlaxcala/la-coyuntura-electoral-y-el-gatopardismo-danan-a-morena-en-la-entidad-ana-lilia-rivera/

En la entrevista, la senadora Rivera se abroga representar los verdaderos ideales de Morena, de Obrador y de la Cuarta Transformación. Demandó el gatopardismo que a nivel local ha arribado a Morena, esos impuros que se han infiltrado y aprovecharon el movimiento para saciar sus ambiciones económicas y personales, los cuales han traicionado al pueblo y al presidente Obrador. ¿Esos actores llegaron solos, se infiltraron o fueron invitados por Obrador u otros líderes del movimiento?

La senadora acusó a esos gatopardistas infiltrados de pertenecer al viejo régimen, de ser políticos sin ideología y, además, de carecer de formación política. De ser así ¿por qué fueron invitados a sumarse al movimiento? Ella misma responde cayendo en contradicción, a los gatopardistas “los dejaron entrar”, subraya que la mayoría llegó por la coyuntura, los sumaron y fueron arrastrados por la fuerza de AMLO. La senadora olvidó su propio arribo a las filas políticas de Morena.

Poco importa, ella posiciona a Morena, invariable como movimiento o partido político, sostiene que lo importante no es eso, que lo que realmente importa es que como político o funcionario debes de renunciar a los privilegios económicos, si no se renuncia, no se puede entonces ser parte del movimiento o partido.

Rivera arguye que le preocupa la inmovilidad que tiene Morena en la entidad, en parte, por culpa de los gatopardistas, ellos han dividido el movimiento. Paralelamente, sostiene que ella espera encabezar el movimiento a nivel local, posteriormente sentencia que ella es la que encabeza el movimiento en el estado, aun a pesar de que han llegado muchos “socios”, pues nadie –sostiene– tiene la calidad moral que pose ella, ella ha puesto su vida al escrutinio de la gente, ella no es corrupta, es incorruptible, ella no es mentirosa, ella es honesta, tiene formación e ideología [sic] y política. Ella se ha sacrificado por el movimiento y presume no haber claudicado por el poder y el dinero. Ella está donde a su presidente le haga falta, sentenció.

Fue honesta y dijo que ella nunca ha dicho que anhela ser gobernadora, que no es una mujer ambiciosa, que ella confía en la voluntad del pueblo, que ella estará también donde su pueblo quiera ponerla y que, de llegar a ser gobernadora, será la primera vez que el estado será gobernado por el pueblo, no por una oligarquía.

Rivera espera también que el pueblo reconozca si ella representa las aspiraciones de un gobierno honesto, con conocimiento, responsable, que cumple a su gente.

En tiempos de un nuevo cambio, es claro que asistimos a un mundo político desteñido de colores, banderas e ideologías. La pureza e impureza de las y los políticos cabalga en un vacío de absurda frivolidad.

Una vez más, en nuestra política local, la tragedia se cuenta sola.

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