¿Por qué nos gusta tanto Mafalda?

6432 ¿Por qué nos gusta tanto Mafalda?

Mi lado mezquino y wannabe siempre me ha hecho simpatizar con Manolito. Ni modo: me gustan las causas perdidas para los bien pensantes. Y sé que, secretamente, la mayoría prefiere al petiso ese de cabello hirsuto, que se quiere convertir en una máquina de hacer plata.

Manolito es el héroe de nuestros días. Para él todo es justamente eso: plata, plata, plata, como dice uno de los personajes de Los Increíbles, de Pixar, ya que estamos en plan de muñequitos y dibujos animados.

Ahora Manolito y Susana, Felipe, Libertad y Mafalda se han quedado sin padre.


Quino está muerto. Pero nos deja una profunda sonrisa llena de amargura, de alguien que veía y retrataba a la perfección nuestra contradictoria naturaleza.

Siempre he pensado que los que hacen de la sátira y del humor sus instrumentos de trabajo son las personas más pesimistas de entre todos nosotros. Hay siempre en ellos un dejo de amargura en sus obras; poseen una lucidez innata que los ayuda en su tarea de espeleólogos de nuestras cavernas existenciales.

Tiro de tópico entre escritores: Stendhal decía que una obra humorística tendría más o menos unos 50 años de vigencia, el lapso que durarían los referentes a los que alude la propia obra. Quizás exageraba, a la luz de lo bien que han resistido Aristófanes y Molière el uso y abuso de sus tipos. En todo caso, hay autores que siguen haciendo eco en nosotros. Como Homero y su Helena, la más hermosa de las mujeres.

Otro tópico: la risa es un asunto serio. Y muy pocos pueden hacernos reír. Pero hay de risas a risas. La más triste es la que nos arrancan personajes como los de Quino, porque nos ponen frente a un espejo que nos deforma.

Desde la socrática Mafalda (y qué mejor maestro de la ironía que el esposo de Jantipa), pasando por el híper materialista Manolito, la adorable Susanita, que hace chirriar los dientes a las ultra feministas, el inexplicable Felipe, y hasta la pequeña Libertad, sin olvidar a Burocracia, los personajes de Quino funcionan gracias a que reflejan nuestros vicios y aspiraciones. Nuestras flaquezas éticas y nuestros deslices morales.

Más allá de la cuestión de clase y de contexto, cada uno de estos perversos polimorfos (el decrépito Freud dixit) representa tipos que se han ido consolidando a medida que este mundo se ha ido deshumanizando (¿pero alguna vez hemos sido humano?).

Entonces, como único consuelo a este despeñadero cotidiano, queda una risa bastante amarga, porque no busca entretener, sino evidenciar nuestras fragilidades y mezquindades. Por eso nos gusta tanto Mafalda: porque nos echa en cara todo lo que quisiéramos decir y no nos atrevemos a preguntar.

Somos como el papá y la mamá de la pequeña preguntona: siempre ofrecemos una mala respuesta o de plano nos quedamos callados.

Gracias, Quino.