Jueves, enero 15, 2026

Populismo imperialista

Desde los orígenes de la política y del quehacer político se ha asumido que estos campos pertenecen a la razón, que es algo configurado por elementos enteramente racionales. La política y lo político como artes del pensamiento, la lógica, la ideología, el cálculo y la estrategia. El éxito político fincado en la razón, la racionalidad. Históricamente esto ha sido confirmado, múltiples sistemas políticos a través del tiempo fueron configurados a través de los atributos racionales, aunque, a decir verdad, muchos otros han sido establecidos a partir de elementos emocionales. Las emociones como un configurador de lo político.

Una muestra de ello fueron los sistemas políticos Nacional Socialistas, particularmente, los regímenes fascista y nazista. Estos sistemas políticos heredaron las bases de lo que, posteriormente, serían concebidos como gobiernos populistas.

Las bases emocionales de estos regímenes lograron consolidar comunidades políticas a partir de la emocionalidad, sentimientos que emergieron de lo nacional o el nacionalismo, la “raza”, la clase social y su ascenso, el bienestar, la modernidad y el progreso. Paralelamente, esta emocionalidad “positiva” estuvo respaldada por una emocionalidad “negativa”, esa que promovía la vulnerabilidad, el riesgo y la amenaza, elementos, todos, generados por la supuesta “otredad”, la otredad ideológica, la “otra raza”, la otra política, etc.

A estas comunidades emocionales les resultó lógico asumir que el accionar político de su soberano se haya enfocado en combatir la vulnerabilidad, la amenaza y el riesgo, todo eso que debe ser extirpado del cuerpo social, de esa comunidad emocional que cierra sus filas, obstruye la puerta de entrada a todo cuerpo extraño, al extranjero, a toda la ajenidad. Por tanto, a todo enemigo interno y externo se le debe exterminar, se debe declarar la “guerra total” a ese “enemigo total”. El soberano debe actuar en consecuencia de las necesidades del pueblo guiado por la certeza de su sentir, de su emocionalidad.

Comprobado está, los principios de esos populismos de derecha legaron una profunda tragedia humanitaria a nivel mundial colmada de delitos de lesa humanidad, como: genocidio, campos de concentración, torturas, ejecuciones extrajudiciales, guerras raciales, guerras económicas, guerras civiles, etc., costos sociales que aún hoy en día seguimos pagando y resarciendo con profilácticos ejercicio de memoria, monumentalización y museos a lo largo y ancho del mundo.

Lo que se asumía como una de las profundas crisis políticas mundiales a principios y, sobre todo, a mediados del siglo XX, resurge hoy como una reciclada realidad. El segundo periodo de Trump comienza –a menos de un mes de haber asumido el poder– a configurar una nueva etapa de los populismos de la derecha global, esa emocionalidad populista que, de la mano del Trump soberano, se antoja verla como un elemento imperial, al menos, así lo es para nuestro continente.

Trump comprendió, durante su primer mandato, que la emocionalidad como configurador de lo política en Estados Unidos es algo crucial. Leyó cómo, después de los “atentados” a las Torres Gemelas, se configuró un giro emocional en su país. Recordemos que fueron los “atentados terroristas” acaecidos el 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas en el centro económico de Nueva York, lo que marcó un antes y un después en el mundo de las emociones tanto en su país como a nivel global. A partir de ese acontecimiento, las emociones fueron la columna vertebral que el gobierno estadunidense utilizó para generar a nivel global un sentimiento de pánico, el pánico consistió en el uso político del miedo. El colapso de las Torres Gemelas fortaleció la era posestructural o posmoderna, con ello devino la emergencia de ese giro emocional y, con ello, también el replanteamiento de las políticas securitarias de USA para América Latina y para el mundo, en las cuales, el terrorismo se convertía en el enemigo global que se tenía que eliminar.

La política interna y externa de Norteamérica, así como la prensa global, consolidaron desde entonces un nuevo orden sentimental, hablaron, escribieron y establecieron un régimen emocional en el que el miedo, el riesgo y la vulnerabilidad total fungieron como un articulador de lo político y lo social. El miedo y el riesgo se consolidaron como las más modernas de las emociones. La producción cinematográfica da cuenta de ello, tenemos un repertorio apocalíptico en el que, esa nación, como siempre, se proclama salvadora del Armagedón mundial.

El uso político del terrorismo que hizo el gobierno norteamericano permitió a este país consolidar comunidades emocionales, grupos de personas situadas tanto local como globalmente y que compartieron el mismo intereses, los mismos valores, objetivos, comportamientos, discursos y formas de pensar. Estas comunidades a mediano y largo plazo terminaron por conformar regímenes emocionales regidos por reglamentos afectivos y rituales oficiales que normaron sus emociones, tolerando con tono festivo el terrorismo perpetrado por su país en regiones como en Medio Oriente.

Las decisiones ejecutivas–securitarias en las que se pretende tipificar como grupos terroristas a los cárteles del narcotráfico o del crimen organizado mexicano, así como las implementadas en materia migratoria, son una clara evidencia del reciclaje y uso político que Trump realiza nuevamente de la emocionalidad, afianzando el giro emocional que pregona de nueva cuenta la vulnerabilidad, la amenaza, el miedo y la incertidumbre, todas en contra de la grandeza de su nación. Él está ahí situado como el soberano del mundo, el cual regresará la era dorada al imperio Norteamericano. Aunque el costo de ese objetivo sea para la humanidad, otra profunda tragedia.

Todo el coctel emocional que ha preparado el soberano Trump en los últimos días es, sin duda, un profundo retroceso a los derechos humanos y a la falta de cumplimiento de los convenios internacionales que velan por la dignidad humana. La perspectiva populista imperial de Trump ratifica el éxito de una política que siempre ha estado ahí, que a veces se oculta, se maquilla o se niega mediáticamente, es la política de odio, miedo e incertidumbre. Él anhela la nación homogénea, esa que ambiciona sacar de su país, eso que en palabras de Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, llamó: “población basura”.

Asistimos a la ratificación del populismo imperialista de la derecha norteamericana y del mundo, esa que siempre habita de forma semi oculta, pero que hoy festeja la era de su magnánima asunción y visibilidad.

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