Durante siglos los apologistas de la democracia han intentado generarle una cuna, un lugar de nacimiento, muchos han dicho que ha sido el ágora su lugar de origen, ese espacio o plaza pública donde los ancianos griegos acudían para dialogar sobre los asuntos públicos, los temas que competían y eran apremiantes para la sociedad griega.
La experiencia acumulada que daba la edad de los participantes los convertía automáticamente como dignos representantes del pueblo, su sabiduría y acertadas decisiones favorecían las necesidades de la sociedad. El ejercicio del poder era concebido del pueblo para el pueblo.
Posteriormente, en el imperio romano, la democracia fue menos directa, pues la elección de representantes políticos se centró en las cúpulas sociales, élites económicas, sociales o culturales. Fue un ejercicio político más excluyente con las razones y las necesidades del pueblo. La poca participación del pueblo generó malestares y enfrentamientos con las élites políticas, las cuales eran ajenas a su sentir, generando reformas y contrarreformas en el ejercicio de la política y, por ende, de la naciente democracia. El pluralismo y su integración fue uno de los grandes retos de estas revoluciones políticas.
En la Edad Media, la participación política fue más restringida, pues se centró en las decisiones religiosas, pues dios y sus mandatos fueron colocados en el centro de toda relación humana. Acciones y socializaciones vigiladas siempre por la nobleza o burguesía medieval.
Fue hasta el Renacimiento y, particularmente en la Revolución Francesa, que dios dejó de ser el centro del universo, el anclaje de la cohesión social. Desde entonces se ponderó colocar en el centro lo humano, los derechos humanos afincados desde los principios de “libertad, igualdad y fraternidad”. No es fortuito que la democracia como sistema político haya sido globalmente bautizada a partir de esta gesta revolucionaria.
Años después de las tensiones y enfrentamientos que la democracia sorteó contra los sistemas totalitarios y autoritarios durante el siglo XX, se estableció como un sistema universal y universalizable, asistimos a “el fin de la historia”. El triunfo de la democracia cerraba por completo la posibilidad de que se formaran a nivel mundial un sistema político adverso, antagónico a la voluntad del pueblo.
Desde entonces, no ha habido ningún paradigma que dispute el poder de la democracia como forma de gobierno liberal que opera globalmente. Si bien han emergido luchas y disputas locales por modificar sus formas de gobierno y representación, estos están localizados en espacios marginales, regiones en las que subsiste una organización de política autónoma, alejada e independiente de los principios y del ejercicio democrático mundial.
Hoy tenemos muchas formas de democracia: liberal, socialdemócrata, popular, confederalismo democrático, régimen presidencial, parlamentario, democracia directa, representativa o semidirecta, basados en el voto directo o a través de monarquías parlamentarias, las cuales, en conjunto, señalan, velan por asuntos como: la soberanía, la libertad, la paz, el bienestar, el pluralismo partidista, la división de poderes, los equilibrios, el Estado de derecho y los derechos humanos.
Con el triunfo de Trump asistimos a un cambio gradual, lento, cuasi invisible en la concepción y el ejercicio global de la democracia, particularmente a esa percepción romántica de la polis. Ese espacio en el que públicamente se daba el diálogo, la confrontación y la deliberación.
Pero, la democracia parece hoy fincarse en otros espacios, en otros personajes, en algo parecido a un algoritmo muy propio de nuestro tiempo. La influencia de los líderes mundiales atraviesa por esa plataforma cibernética en manos de los magnates de las redes, como Mark Zuckerberg, Kevin Systrom, Mike Krieger o Elon Musk. Todos, radiantes ingenieros y protagonistas de la nueva democracia, la democracia al estilo del imperio liberal Norteamericano.
Estos magnates han creado, discretamente, una acrópolis cibernética que genera narrativas, aptitudes y actitudes a los candidatos políticos afines a sus principios políticos, ideológicos y comerciales, mientras que destruyen a la oposición política a través de algoritmos e información apócrifa. La administración de la voz y la generación de narrativas es una parte de su poder global. El poder de deformar la realidad y crear paralelamente, una realidad alterna.
Así hoy, la democracia global en manos de una oligarquía cibernética enferma de nacionalismo y de los derechos y principios naturales de la sociedad, los cuales encontraron cobijo en un personaje algorítmico como Donal Trump.
Todo un desafío para los apologistas de la democracia moderna, sea lo que signifique eso de democracia moderna.
