Una grieta intergeneracional en Dolores Aquiahuac, uno de los tres barrios que conforman San Francisco Tetlanohcan. La mañana suele empezar con el sonido de los camiones y con el murmullo de la gente que cruza la explanada frente al auditorio. Ese edificio, hecho con faenas y donativos durante más de dos décadas, es el corazón físico y simbólico del barrio.
Por eso, cuando un grupo de personas mayores ve que trabajadores municipales han tomado posesión del inmueble sin consultarlo con nadie, algo se rompe. “No es el edificio, es el respeto”, dice una mujer de setenta y tantos, mientras señala la construcción. A su lado, otros mayores asienten con la mezcla de indignación y cansancio que se acumula con los años de servicio comunitario.
La escena sintetiza una tensión que lleva tiempo gestándose: un conflicto intergeneracional profundo, alimentado por cambios políticos, disputas territoriales y la erosión de los usos y costumbres que antes organizaban la vida del barrio. Para entender cómo se llegó hasta aquí, hay que retroceder casi tres décadas, cuando Tetlanohcan deja de ser agencia municipal de Santa Ana Chiautempan y se convierte en ayuntamiento independiente.
La municipalización altera ese equilibrio
A partir de 1994, una comisión de gestoría logra que el Congreso del estado lo reconozca como municipio en 1995, y en 1996 Tetlanohcan elige a su primer presidente municipal. Hasta 1995, Tetlanohcan funciona bajo el mando de un agente municipal electo en asamblea, con carácter honorífico y rotación anual entre Xolalpan, Santa Cruz y Aquiahuac.
Es una autoridad reconocida, que media conflictos, organiza faenas y gestiona servicios con un par de comandantes y preventivos. La mayor parte de las decisiones se toman en reuniones abiertas, donde los mayores tienen voz y peso, no porque lo dijera un reglamento, sino porque así funcionaban las relaciones internas. La municipalización altera ese equilibrio.
Con el nuevo régimen nace también una figura que marca el rumbo de la política local: los comités comunitarios. Ya no habrá agente municipal rotativo, sino un órgano de representación por barrio, elegido cada tres años mediante usos y costumbres.
El Comité Comunitario de Dolores Aquiahuac queda con una estructura básica: presidente, secretario, tesorero y tres vocales. Sin sueldo y con responsabilidades amplias, estas personas deben gestionar obras y ser el principal enlace con el ayuntamiento.
Durante casi tres décadas, son las personas mayores quienes dan continuidad al cargo. Su presencia en el comité es una forma de memoria viva: conocen el barrio, sus necesidades, sus conflictos y su historia.
Es este grupo quien logra, con trabajo de faenas, colectas en fiestas, rifas y cooperación en bailes populares, tres obras que cambian la vida del barrio: la escuela primaria, la casa de piedra —pensada como biblioteca y espacio cultural— y el auditorio, donde se concentra la vida social. Cada ladrillo tiene detrás una historia de servicio y terquedad comunitaria.
El choque entre generaciones
La elección del comité comunitario de 2021 marca un antes y un después. La convocatoria llega para un sábado, rompe la costumbre dominical, lo que muchos interpretan como una señal de interferencia municipal. Cuatro planillas se registran: tres vinculadas al ayuntamiento y una más independiente.
La participación es alta para los estándares del barrio: alrededor de 400 personas. Pero el ambiente se carga. Hay empujones, acusaciones de “acarreo” y una disputa por la rendición de cuentas del comité saliente. Algunos exigen que se transparente el manejo de los ingresos del tianguis y del auditorio; otros responden que aquello es un “golpe político”.
La riña estalla ya cerca del conteo. La presencia del presidente municipal enciende aún más los ánimos. Al final, Pedro Flores Rivera es declarado ganador en medio de gritos y reclamos. Para muchos mayores, se mantiene la continuidad de la organización comunitaria, pero es la alerta para lo que viene en 2025.
Los mayores nuevamente se organizan buscando mantener el compromiso con el barrio, entre las voces se escucha a una que dice querer continuar con ese legado, los mayores confían en la palabra, que, como de sus padres y abuelos aprendieron, el compromiso y seriedad está en su dicho, confían en la palabra de Miguel Aztatzi Mendoza, el domingo 9 de febrero de 2025, sin saber que esa voz, sería la misma que silenciaría a los mayores.
Ese es solo el primer síntoma. Lo que viene después es más profundo: el choque entre generaciones.
Que ya no entendemos cómo se hace política
En Dolores Aquiahuac, como en otros pueblos de herencia indígena de las faldas de La Malinche, solía decirse que a los mayores se les escucha “porque ya caminaron más camino”. Eran memoria, guía y autoridad moral. Pero esa estructura comienza a desdibujarse con la urbanización, la migración y, sobre todo, con la incorporación de los partidos políticos a la vida cotidiana.
Durante décadas, el PRI es la referencia principal. Sus redes se tejen entre grupos familiares, profesores y líderes locales. Con el paso del tiempo, el peso del partido se reduce, y en su lugar emergen Morena y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), que disputan el control de los comités.
En ese tránsito, los jóvenes y adultos ganan terreno. Unos con aspiraciones de gestión; otros atraídos por la dinámica partidista. Para ellos, la rotación por usos y costumbres parece lenta o insuficiente. Para los mayores, es el mecanismo que garantiza equilibrio y respeto.
La fractura no es solamente política. Es cultural. En palabras de un hombre de 74 años: “Antes uno aprendía mirando a los mayores. Ahora nos dicen que ya no sabemos, que ya no entendemos cómo se hace política”. Esa percepción de desplazamiento se intensifica por la figura que hoy encarna parte del conflicto: el presidente honorario.
El presidente honorario
El esposo de la actual presidenta municipal busca originalmente la candidatura de Morena. Al no obtenerla, migra al PVEM, aliado de Morena en el municipio. La candidatura, por razones de género, se asigna a su esposa. Tras el triunfo electoral, él se coloca como “presidente honorario”, figura inexistente en la estructura legal excepto en el DIF municipal. Con ese rol, interviene directamente en decisiones, obras y acuerdos, generando molestia entre quienes consideran que tales acciones rompen con la autonomía municipal y barrial.
Su aparición en el auditorio de Aquiahuac es el detonante. La obra no es sometida a consulta ni presentada en asamblea. Para los mayores, el problema no es el arreglo del inmueble, sino la manera en que se toma la decisión: sin reconocer su papel histórico ni considerar que son ellos quienes, con años de servicio, construyen ese edificio.
“Yo levanté piedra por piedra”, dice un hombre de 76 años, mientras recuerda las faenas del auditorio. “Y ahora vienen a decirnos que no tenemos por qué opinar”.
El viernes 5 de septiembre de 2025 el comité elegido rompe el consenso que había sostenido la vida comunitaria.
La comunidad mayor se entera que el ayuntamiento remodelará el espacio, integrando en un solo edificio la biblioteca, el auditorio y la casa comunitaria, por lo que convocan a una reunión con el comité comunitario.
El 7 de septiembre de 2025, los primeros en llegar son los mayores, molestos y decepcionados, no se les preguntó, ni consultó. Llega el comité comunitario, la presidenta municipal, el presidente honorario, empleados del ayuntamiento, policías estatales y la guardia nacional.
Los vecinos temerosos y molestos cuestionan la presencia de los cuerpos de vigilancia, se sienten amedrentados, una mujer de unos 70 años les grita “así deberían ir a cuidar al monte y no venir a intimidarnos”.
El choque no tarda en pasar de las palabras a las acciones. Carteles, reuniones improvisadas, acusaciones en redes locales. A la par, jóvenes del barrio expresan que los mayores “no dejan avanzar”, que se aferran a formas que ya no funcionan. La línea generacional se vuelve política. Y la política, personal.
La modernidad avanza
La razón del proyecto, dicen las autoridades municipales, es el progreso, traer una sala inmersiva, se necesita de un espacio hecho para colocar pantallas y computadoras para que los pequeños fomenten el cuidado del agua, conocer su ciclo, saber de su naturaleza, el lugar adecuado es la biblioteca, ubicada en la “Casa de piedra”. “Los jóvenes ya no quieren participar, ya no saben de donde viene el agua, solo le abren a la llave, y no saben que viene del monte”, dice un hombre mayor que le dio estudios a sus hijos a través del trabajo en el bosque de La Malinche.
La biblioteca, sin consulta, ni pregunta, será ubicada en el auditorio del barrio, donde hacen ensayos del carnaval durante la tarde, partidos de fútbol y básquetbol, asambleas los fines de semana, bailes, se renta para fiestas, un lugar con mucha actividad y ruido, según las autoridades, a pesar de todo ello es idóneo para una biblioteca.
Es un proyecto más de la modernidad y el progreso, ese mismo que desplaza los conocimientos ancestrales, el trabajo comunitario, la cercanía con la tierra, amenaza y confronta directamente a los habitantes de una comunidad indígena.
Un proyecto minimalista que violenta la cultura, institucionaliza los espacios, administra lo que comunitariamente han construidos los mayores, porque para la modernidad lo hecho en comunidad y su resguardo, es atraso.
Los pozos construidos en tequios y faenas, el cuidado del agua, la vigilancia del monte, la seguridad vecinal, los apoyos vecinales y familiares, la mano vuelta, el intercambio de semillas, el trabajo campesino, la enseñanza comunitaria y las experiencias de los mayores, tienen que ser renovadas, además de institucionalizar los espacios comunitarios, como mencionó abiertamente un profesor jubilado, expresidente municipal priista, porque sí, el viejo PRI, está vivo en los más jóvenes.
Un conflicto intergeneracional
En la salida del barrio, una mujer resume el sentimiento que recorre a muchas personas mayores: “Lo que más duele no es el edificio. Es que ya no nos ven”. La pérdida de reconocimiento es, quizá, la verdadera fractura que esta crisis revela.
En las comunidades de herencia indígena, el respeto a los mayores no era un gesto ceremonial: era el fundamento de su organización. Eran ellos quienes sabían cómo se hacía el tequio, cómo se resolvía un conflicto, cómo se cuidaba un espacio común. Eran, también, quienes sostenían la cohesión en momentos de tensión.
Hoy, esa estructura está debilitada. La partidización y la modernidad han reemplazado parte de la autoridad moral; las urgencias electorales han ocupado el lugar que antes tenían las asambleas, y las decisiones se toman cada vez más desde oficinas municipales y menos desde el consenso comunitario.
Dolores Aquiahuac vive un conflicto intergeneracional que va más allá del auditorio. Lo que está en disputa es una forma de vida. Y lo que está en riesgo es la memoria comunitaria que durante décadas permite que el barrio se reconozca a sí mismo. En esa grieta, las personas mayores resisten no por nostalgia, sino porque saben que, sin su voz, el pueblo corre el riesgo de olvidar lo que lo ha sostenido en el tiempo.


