Domingo, agosto 7, 2022
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Perspectiva global de la tierra

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El pasado 27 de abril, la Convención contra la Desertificación de la ONU presentó un informe sobre la situación global de las condiciones de vida en nuestro planeta, reiterando una vez más lo que desde hace décadas vienen advirtiendo y denunciando las diferentes organizaciones de la sociedad civil, ocupadas y preocupadas por el creciente deterioro ambiental de la tierra.

En dicho informe no hay ninguna sorpresa: se reconfirma una vez más lo que ya sabemos, lo que, a fuerza de repetirse, corre el riesgo de transformarse en una evidencia banal, una vaga idea de que muy lejos en el tiempo la humanidad tendrá mayores dificultades para vivir, pero que, en el futuro inmediato, en el momento actual, todavía no se hace realidad.

El mecanismo perverso del capital es advertir sobre el peligroso deterioro ambiental; incluso organizar y financiar campañas de limpieza o de reforestación para “maquillarse de verde”, para seguir contaminando y destruyendo impunemente el medio ambiente. Eventualmente se culpa a la ciudadanía de no cuidar el agua, la luz, los árboles, para esconder la enorme depredación que las empresas mineras, refresqueras, agroindustriales, etc., siguen realizando día a día. Cuando por alguna razón quedan evidenciada su labor destructiva, se justifican con el argumento de que el deterioro que provocan, no es tan grave y que finalmente ese es el costo a pagar por las comodidades de las que disfrutamos en nuestro modelo de civilización actual.

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Lo que esconde esta narrativa es que esas “comodidades” representan ganancias estratosféricas para unos cuantos, mientras que las consecuencias de la destrucción, afectan no sólo a las grandes mayorías de seres humanos, sino a todas las formas de vida. Regresando al informe, destaca que el 40 por ciento de las tierras que eran cultivables, ahora están totalmente deterioradas, debido a las “malas prácticas agrícolas”; y aquí uno se pregunta: ¿Cuáles son esas malas prácticas? La respuesta para los dueños del dinero seguramente será: “todas las prácticas de la agricultura tradicional atrasada, aplicada en pequeñas superficies, que no emplea maquinaria sofisticada, movida por combustibles fósiles ni emplea semillas “mejoradas”, ni abonos e insecticidas químicos, y que por lo tanto no logra los grandes rendimientos que los dogmas del capital establecen.

Para ellos, los criterios de sus “buenas prácticas” son la rentabilidad, las ganancias, pero en ningún momento, ni por equivocación, se habla de la producción de alimentos sanos, naturales y accesibles para la mayoría de la población, lo que sí constituye el objetivo de esa otra agricultura alternativa, “atrasada y tradicional”, que subsiste en la mayoría de comunidades rurales y que siguen alimentando a una gran parte de la población encarcelada en las grandes urbes. Hoy en día, la crisis de la producción de alimentos ha ido reviviendo y reconfigurando toda una serie de prácticas agrícolas agrupadas bajo el nombre de “Agroecología” que se sitúan en los antípodas de la nefasta revolución verde. Además del empleo de semillas y abonos naturales y de la aplicación de prácticas tradicionales, la agroecología aprovecha también los adelantos y la tecnología que genera aplicaciones adecuadas a cultivos a escala humana, como por ejemplo el “Eco arado”, una herramienta que permite trabajar la tierra, sin alterar su capa fértil y sin destruir los microorganismos que dan vida al suelo y nutren de manera natural a las plantas. Debemos repensar e impulsar una agricultura a escala humana que conjunte las prácticas tradicionales del pasado, con las modernas invenciones que ayuden a la tierra y al trabajo campesino; y también recuperar los verdaderos objetivos de la agricultura: producir alimentos, no mercancías.

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