Martes, mayo 11, 2021

Obsesiones, sombras, cenizas. En recuerdo de José Javier Reyes

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Hay un libro de Mario Benedetti cuyo título siempre me ha inquietado: La muerte y otras sorpresas.

Soberbios que somos, nos atrevemos a considerar que la muerte siempre es una sorpresa. Así nos comportamos hasta que nos llega el día de la hora final.

Este fin de semana me enteré de la muerte de José Javier Reyes. Y la muerte nos volvió a dar una sorpresa.

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Hace casi veinte años, cuando el siglo y el milenio amanecían con su cauda de dolores, tuve el gusto de conocer a José Javier.

Durante varios años fui su editor. En alguna ocasión, en la Feria del Libro de Pachuca, a donde llevamos uno de sus libros, me presenté como coordinador del fondo editorial “José Javier Reyes”.

Desde que en 2001 el Instituto Tlaxcalteca de la Cultura estructuró un programa editorial, para publicar y distribuir textos de autores originarios o radicados en Tlaxcala, José Javier fue uno de los primeros escritores en incorporarse a las diferentes colecciones que echamos a andar.

Si bien tenemos líneas temáticas, discursivas y estéticas muy diferentes, eso no fue obstáculo para reconocer la brillantez de sus textos. Ácido como era, José Javier exploró terrenos complicados, como el de la literatura fantástica, con relatos contundentes, bien resueltos en la trama y con golpes de mazo al lector. Pero también gustó del relato más realista, casi naturalista.

Abrió fuego muy temprano. En agosto de 2002 apareció publicado Obsesiones, mecánica de sueños, que había merecido el Premio Estatal de Cuento “Beatriz Espejo”. Se trata de un libro sólido, con historias redondas, que atrapan de inmediato al lector.

Ya encarrerado, José Javier, en ese mismo 2002, obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional a Primera Novela, que se convoca aquí en Tlaxcala. El libro, Nuestro amor, también fue publicado en el fondo editorial del ITC, en la colección Los Premios, que reconocía a autores que habían ganado algún certamen, principalmente los de Tlaxcala. Aunque en su caso, obviamente el Nacional a Primera Novela ameritaba esa edición.

Ávido escritor, también planeó por las llanuras de la poesía, donde obtuvo un destacado reconocimiento. En 2005 fue merecedor del Premio Nacional de Poesía “Clemencia Isaura”, de Mazatlán, con Ceniza de horas, un libro en el que juega con los homenajes y la intertextualidad.

Un año antes había publicado en la colección Letra Plástica el poemario Inventario de sombras, textos que eran “el resultado de una búsqueda; en el mejor de los casos, son testimonio antes que hallazgo”.

Y eso es lo que distingue a la obra de José Javier: la evidencia del camino recorrido, antes que el lugar al que ha arribado.

Reyes, como firmaba sus cartones, era un explorador, alguien que gustaba de disfrutar de la ruta, sin obsesionarse por lo que había encontrado. En cambio, se distinguió por una disciplina férrea, acompañado hasta muy noche por Coco, su entrañable esposa, que era una suerte de amanuense y editora, fiel compañera suya.

Sardónico como era, seguramente se pitorrearía de mis palabras. Pero no importa, porque simplemente quiero dejar constancia de la estima en la que lo tenemos muchos.

Extraordinario tipo el ingeniero Reyes, que tuvo la tarea de echarme de Síntesis–Tlaxcala, hace nueve años. Hizo bien. Lástima que después de eso dejaron de publicarse notas de artes.

En junio del año pasado perdí a Mayra Inzunza, my dearest Mayrips.

Hoy vengo aquí a recordar a otro extraordinario escritor que ya no nos dará más historias, poemas ni cartones, ni todo lo que nos ofrecía Reyes.

Un abrazo, José Javier. Nos vemos pronto.

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