Lunes, diciembre 15, 2025

Mi cuerpo habla el idioma del trauma que nadie quiso traducir

Mi cuerpo habla el idioma del trauma que nadie quiso traducir. Soy Giss Dian, mujer autista, con TDAH y altas capacidades. Recuerdo con precisión el momento exacto en que mi cuerpo empezó a temblar. Estaba en el IMSS. Le estaban realizando una transfusión de sangre que, después de dos horas, no avanzaba. Pedí ayuda una y otra vez, pero se negaban. Querían que mi hermana, quien también pedía auxilio, se retirara, y les dije: “soy una mujer autista, estoy muy desregulada, necesito apoyo”. Nos miraban como si estuviéramos exagerando mientras mi madre seguía gritando de dolor. Mi mano derecha comenzó a temblar, pero lo atribuí a la crisis que estaba viviendo.

Al día siguiente volví a cuidar a mi mamá. Estábamos tranquilas conversando cuando mi mano derecha volvió a temblar y después también la pierna del mismo lado. La enfermera me indicó que corriera a urgencias, pero ahí me dijeron que solo era ansiedad. No me realizaron pruebas neurológicas ni valoraciones adicionales, y pese a que mis signos vitales eran normales, los temblores persistían. A los pocos días, el temblor progresó, así que regresé a urgencias, donde me administraron diazepam nuevamente bajo el diagnóstico de ansiedad, sin haber descartado causas neurológicas.

Me hicieron unos análisis, pero la muestra se coaguló y no pudieron completarlos. Los resultados que obtuvieron estaban normales y, basándose solo en eso, me dieron de alta por la mañana. Antes de irme me aplicaron otra dosis de diazepam y, justo después, mi cabeza también empezó a temblar. Tuve el primer episodio fuerte, similar a una convulsión, y la médica creyó que eso confirmaba su diagnóstico. Procedieron a administrarme una dosis mayor de benzodiacepinas sin explicarme qué era ni por qué lo hacían, repitiendo que “me tranquilizaría”, como si mi cuerpo no estuviera mostrando una reacción neurológica evidente.

Mi cerebro perdió el control parcial de las funciones motoras

Después de eso, los temblores se intensificaron. Tenía cuatro episodios fuertes al día, así que regresé a urgencias por tercera ocasión y ahora con dificultad para caminar. Una nueva doctora me atendió y solicitó una tomografía y análisis más completos. Por un instante sentí alivio: alguien me creía. Pero poco después regresó la misma médica que me había tratado antes y me dio de alta otra vez. Me negué a aceptar el alta hasta ser correctamente evaluada y me mantuvieron hospitalizada, aunque empeoré bajo supervisión médica

Por fortuna, un interno contactó a un neurocirujano del hospital, quien llamó la atención al médico tratante y dejó claro que lo mío no era ansiedad, sino un problema neurológico real. Hasta entonces me tomaron en serio. Me informaron que tendría una evaluación neurológica al día siguiente, pero al despertar me encontré con un alta firmada por un médico que nunca me había visto. Me negué de nuevo al alta y pedí ser revisada. Finalmente, un médico pidió a una neuróloga amiga que me evaluara. Así, después de días de incertidumbre obtuve un diagnóstico: temblor funcional.

Mientras todo esto sucedía, mi hijo menor de edad y también autista tuvo que pasar de casa en casa entre familiares y amigos. Cuando al fin pude salir del hospital, él tuvo que manejar por carretera hasta nuestra casa porque ya no queríamos seguir deambulando.

Acudí a mi psiquiatra particular, quien contactó a una neuróloga privada. Ambas revisaron mi caso, confirmaron el diagnóstico. Mi cerebro había perdido el control parcial de mis funciones motoras debido al estrés y al trauma, y la medicación con benzodiacepinas agravó el cuadro, pues interfieren con la coordinación y el control consciente del cuerpo. Era mi cuerpo hablando el idioma del trauma que nadie quiso traducir.

El temblor funcional: una respuesta neurológica, no psicológica

El cuadro descrito por Giss corresponde a lo que la literatura médica denomina Trastorno Neurológico Funcional (Functional Neurological Disorder, FND), específicamente temblor funcional, una condición reconocida por la American Academy of Neurology y descrita en el DSM–5–TR. En un estudio publicado en Brain, la neuróloga Selma Aybek y su equipo explican que estos trastornos ocurren cuando las redes cerebrales encargadas del control motor se desconectan del procesamiento consciente. El cerebro genera un movimiento involuntario sin daño estructural visible, pero con una alteración funcional en la comunicación entre la amígdala, la corteza motora y las áreas prefrontales.

La prevalencia de este tipo de temblores en personas autistas es mayor de lo que se cree. En un metaanálisis de Neuroscience & Biobehavioral Reviews, Spiteri y colegas (2023) reportaron que entre el 8 y el 10 por ciento de los pacientes con diagnóstico de FND presentan autismo o rasgos autistas. A su vez, en Journal of Clinical Medicine, González–Herrero y colaboradores (2022) encontraron que cerca del 70 por ciento de los pacientes con FND mostraban puntuaciones clínicas compatibles con el espectro autista. Estas cifras evidencian una intersección neurológica: el autismo y los trastornos neurológicos funcionales comparten vulnerabilidades en redes cerebrales de regulación sensorial, interocepción y control motor.

El cerebro autista y la vulnerabilidad biológica ante el colapso neurológico

La neurociencia ha demostrado que el cerebro autista presenta diferencias estructurales y funcionales que explican su sensibilidad al entorno. Diversas investigaciones en neuroimagen, como las de Sarah–Jayne Blakemore y Catherine Lord, han mostrado que la amígdala, estructura central en la respuesta emocional y la detección de amenazas, tiende a ser más grande e hiperreactiva en muchas personas autistas. Esta hiperactividad puede generar una respuesta fisiológica sostenida frente al estrés.

Al mismo tiempo, el modo por defecto (default mode network, DMN), una red implicada en la introspección y la anticipación social, muestra patrones de hiperconectividad y asincronía con la red ejecutiva central. En contextos de estrés, estas diferencias provocan una mayor dificultad para desactivar la respuesta de alarma. El resultado puede ser un colapso funcional: el cuerpo sigue actuando como si estuviera en peligro, incluso cuando el peligro ha pasado.

Así, cuando el entorno médico desoye o minimiza las señales del cuerpo autista, la respuesta fisiológica se convierte en una forma de lenguaje: temblores, colapsos, disociación o dolor crónico. Son expresiones neurológicas, no conductuales, de un sistema nervioso saturado. 

Cuando fallan los protocolos, tiembla la ética médica

En el caso de Giss, las omisiones fueron evidentes. Los protocolos del IMSS y la Guía de Práctica Clínica para la atención de trastornos neurológicos funcionales (CENETEC, 2018) establecen que un paciente con temblores persistentes debe ser valorado por neurología, someterse a neuroimagen y recibir manejo interdisciplinario. Nada de eso ocurrió.

Como neurocientífica, he sido profesora de neuroanatomía y neurofisiología en distintos programas educativos e incluso de bioética en un programa de medicina, me queda claro que el hecho de que solo tiemble una parte del cuerpo pertenece al campo de la neurología. Cualquier profesional con conocimiento básico del sistema nervioso sabe que los temblores unilaterales provienen de alteraciones en circuitos motores del hemisferio contralateral, no de un estado emocional difuso.

El cuerpo de Giss Dian habló con temblores lo que el sistema se negó a escuchar con palabras. No fue ansiedad. No fue simulación. Fue un colapso neurológico provocado por estrés extremo, medicación inadecuada y falta de protocolos inclusivos. Cada temblor fue una señal de alarma: un cuerpo autista diciendo “basta”. La medicina mexicana tiene una deuda con quienes viven en la intersección entre la neurodivergencia y la vulnerabilidad institucional. Escuchar a tiempo puede ser la diferencia entre un diagnóstico y una tragedia. Cuando el cuerpo tiembla, lo que falla no es la persona: falla el sistema que decidió no escuchar.

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