Domingo, agosto 7, 2022
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Metáforas de la desigualdad

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Al principio del conflicto bélico en Ucrania, se insistía en que sus consecuencias afectarían solamente a los países de la Comunidad Europea, miembros de la OTAN, que mantenían relaciones comerciales privilegiadas con Rusia, para abastecerse de granos básicos, fertilizantes y combustibles. Más allá de los escenarios reales de la guerra que está cobrando miles de vidas humanas, la verdadera batalla se está desarrollando en los entretelones de una guerra comercial abierta entre las grandes corporaciones económicas, justificada y escondida detrás de los colores de diferentes banderas. (Alfredo Zitarrosa, ya nos decía en una de sus canciones que “el dinero es multinacional” y no conoce ni fronteras ni banderas). Las consecuencias de la guerra verdadera se sienten a nivel mundial, especialmente en el incremento acelerado del costo de los alimentos: la ONU anuncia una crisis alimentaria sin precedentes a nivel mundial, con repercusiones graves, como siempre, para los países más pobres.

De acuerdo con la propaganda oficial, el culpable principal es Rusia, y más concretamente su presidente que supuestamente por puro “capricho personal” y por su “ambición de poder”, ha desencadenado la invasión de un país vecino, al que el mundo occidental está obligado a defender. A esta causa principal, se añaden: la “fortuita” aparición de la pandemia del Covid con sus infinitas variantes, y por si las dudas, también se suma el cambio climático, que no es otra cosa sino un capricho de la naturaleza. En función de todo lo anterior, los alimentos se están volviendo “un bien escaso” y, por lo tanto, de acuerdo con los dogmas capitalistas, más caros y sólo accesibles para quien pueda pagarlos.

Sin duda, el sistema le apuesta a la ignorancia, a la falta de memoria y de perspectiva histórica de la mayoría de seres humanos, pues da por sentado que nadie se ha dado cuenta que las crisis alimentarias han estado más presentes y se han incrementado desde la imposición de la llamada “revolución verde”, cuando abiertamente los alimentos se transformaron en mercancía y se instauró la estrategia de ir eliminando paulatinamente al campesinado tradicional, a los pequeños productores, para sustituirlos por las grandes empresas agro industriales, controlando a la población, precisamente por el hambre. El hambre ha sido y es parte estructural del sistema capitalista neoliberal, no es un accidente, ni un fenómeno fortuito o no planeado. Hay datos de que se podrían producir alimentos suficientes para toda la población mundial actual, pero con otros modelos de cultivo a pequeña escala, pero si eso llegara a pasar, el sistema colapsaría, la comida ya no sería un “bien escaso”, y nadie la compraría en el supermercado, ya no sería “negocio”.

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Por ello, continuando con los dogmas, se plantea como verdad absoluta que, para los países con una larga tradición agrícola de pequeña escala, “es más barato” importar los alimentos de los países que practican la agricultura industrial a gran escala, que producir los propios, aunque éstos sean más nutritivos que la basura que venden aquéllos. Y mientras tanto, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU sigue proponiendo como solución a la hambruna, que los más ricos del planeta “donen” el dinero suficiente para repartir comida a los países más pobres apremiados por el hambre: a los necesitados hay que darles el pescado, pero nunca permitir que ellos pesquen por sí mismos. En este sentido, Martín Caparroz, periodista argentino, tiene toda la razón, al afirmar en un ensayo de 2014 que: “El hambre es la metáfora más brutal de la desigualdad”. Y es esta desigualdad la que permite el funcionamiento de un sistema voraz que no ha dudado en destruir la fuerza de trabajo humano, sino que está destruyendo al planeta entero.

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