Jueves, agosto 18, 2022
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Mes de la Pachamama

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Ayer, 1 de agosto, para los pueblos andinos comienza el mes dedicado a la Pachamama, la Madre Tierra. No se trata como en otros casos de una simple fecha vacía, un simple número en el calendario para hacer eventos y discursos oficiales que cumplen con el requisito de mostrar que no se pasó por alto la conmemoración. Para los pueblos andinos se trata de todo un mes de agradecimiento hacia la tierra por todo lo que proporciona para mantener la continuidad de la vida sobre el planeta: las estaciones, la lluvia, las plantas, el clima, los animales, el agua, los meteoros, el viento, el sol, los minerales, las montañas, los volcanes, el frío, el mar, etc.; elementos todos que forman parte de nuestro entorno cotidiano y cuya importancia se ha ido desvaneciendo detrás del concepto utilitario de una producción para acumular ganancias y no para vivir mejor.

Esta gratitud hacia la Tierra se manifiesta a través de rituales comunitarios de ofrendas de parte de los frutos que obtienen de la relación armónica del trabajo humano y ese universo complejo al que hemos llamado “naturaleza”. Esta cosmovisión, propia de los pueblos originarios de este gran continente, Abya Yala, aunque fragmentada sobrevive en nuestro país, detrás de rituales, fiestas y celebraciones, a veces agrícolas, a veces religiosas y a veces comunitarias, manteniendo el mismo núcleo común: la conciencia de que el ser humano, más allá del mal llamado “progreso” con su modelo de vida productivista, depredador y suicida, depende en última instancia de ese conjunto de elementos que armónicamente combinados producen, mantienen y dan continuidad a todas las formas de vida.

Hay que recordar que, desde sus orígenes, los economistas clásicos construyeron todas sus teorías a partir del postulado de la inagotabilidad de los recursos naturales, por lo que todo el proceso económico dependía del factor capital y del factor trabajo. Bajo este principio se planteó como objetivo final del sistema capitalista, el crecimiento infinito de la producción y de las ganancias, más allá de la satisfacción de las necesidades humanas.

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A escasos dos siglos de haber implantado este modelo civilizatorio, ya estamos viviendo las consecuencias; la primera de ellas, el calentamiento global, fenómeno primero negado y ahora minimizado, de tal manera que la mayoría de las personas sigue pensando que sólo se trata de un poco más de calor, pero nada más, sin ver todo el impacto que implica que la temperatura global del planeta se incremente en sólo 2 grados centígrados: deshielo de los glaciares, aumento del nivel del mar, alteraciones del ciclo del agua (inundaciones mortales en Kentucky y sequías extremas en Monterrey, por ejemplo), incendios incontrolables y devastadores de bosques, como los que ocurrieron en España y Portugal hace algunos días; desaparición de flora y fauna, mayor incertidumbre en la producción de alimentos por la falta o exceso de lluvias, avance de la desertificación, aparición de nuevas pandemias, por mencionar sólo lo más visible.

Todos estos fenómenos calificados por quienes los generan como “naturales”, nos están gritando que vamos por un camino equivocado directo a la extinción total; nos están alertando para cambiar de manera radical y real nuestras formas de vida, de tal forma que rompamos con el círculo vicioso del “tener más” en detrimento de formas de vida más armoniosa con esa Pachamama de la que dependemos todos los habitantes del planeta. Reconocer la naturaleza sagrada de la Madre Tierra, más allá de verla como un reservorio de bienes comercializables, es lo único que nos puede salvar como especie, antes de que sea demasiado tarde y no haya posibilidad de revertir las consecuencias de nuestra voracidad y nuestro egoísmo como especie.

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