Miércoles, julio 24, 2024

Matiné

Recuerdo la colonia donde nací y sufrí mi adolescencia. La recuerdo claramente con todo y su hoyo en medio del pavimento, sus coladeras en las que jugábamos futbol (éstas eran la portería), el edificio maloliente y lleno de cucarachas en el que vivían varios de los amigos de la cuadra, la secundaría en la orilla de nuestro mundo conocido y el viejo parque lleno de cemento en el que alguna vez, saltando de mesa en mesa, perdí un diente –para ser más preciso el colmillo derecho– y tuve que soportar las risas de todos porque curiosamente era de leche y me volvió a salir.

Pero lo que más recuerdo es un cineclub llamado Fantasy que puso un empresario que se dedicaba al alquiler de salones para fiestas. Justo encima de uno de sus locales colocó un enorme videoclub con el mismo nombre que todos sus negocios (si hubiera tenido una tortería se hubiera llamado también Fantasy). El lugar era enorme y tenía una variedad gigantesca de casetes de VHS y algunos todavía en Beta.

Mi madre, adicta al cine como yo, se afilió y comenzó el divertido y gozoso trabajo de escoger lo que veríamos el fin de semana, lo cual luego se fue haciendo una costumbre diaria. Aquellos paquetes de “renta tres y paga solo una” de lunes a jueves se convirtieron en un verdadero atasque cinematográfico de películas gringas, que eran divertidas pero el olor del cheese siempre fue mi preferido. Sin conocimiento escogía esas de habla inglesa pero que, luego descubrí, eran producidas en los lugares más insospechados.

Nadie por más que sus papás fueran buena onda, compartía la obsesión cinéfila de mi familia. Mi madre, mujer permisiva y adicta al gore más extremo (aunque a últimas fechas se espante y se haya recluido en los documentales del serial killers y en los melodramones) nos brindaba a mi hermano y a mí películas de Fulci y Argento, sin saber que eran ellos. Escondido en su regazo, con un ojo cerrado y otro abierto, vimos Suspiria y Las siete puertas del infierno cuando apenas tenía 11 años de edad. “No veas”, me decía, pero no hacía nada por impedírmelo. Hoy el Fantasy es un gimnasio donde adonis prietos sudan y pujan. Ayer lo vi y no pude más que recordar esto que ahora les comparto.

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