Domingo, abril 18, 2021

Los simuladores

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No es un secreto que en el ejercicio de la política profesional o como oficio ésta ha dejado de exigir a quien la ejerce un principio ideológico, una identidad partidista y menos proferir discursos coherentes y persuasivos. La practicidad e inmediatez como sinónimo de eficiencia y gobernanza del quehacer político han construido un hueco de sentido que se manifiesta en los actores políticos en todos los niveles de gobierno. El sentido es indefinido y efímero.

No es extraño tampoco que los políticos/as hoy en día estén mejor capacitados en habilidades de actuación e histriónicas, propia de la farándula mediática, ejemplos abundan en todos los niveles de gobierno y a lo largo y ancho del territorio nacional.

La carta de un gobernador sumándose a la petición del presidente de la República no es algo nuevo, pactos en los últimos tiempos los ha habido. Recordemos aquella magnánima propuesta del entonces presidente Peña Nieto para unir a todos los partidos a favor de México: “Pacto por México”. El real pacto o la simulación del mismo siempre tiene tintes más pragmáticos que realmente políticos, la simulación es una arma política más efectiva que la ideología, la identidad partidista y el oficio político.

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La simulación llevó a que desde tiempos remotos los actores políticos de la Nueva España, por ejemplo, sentenciaran que las leyes impuestas desde el reinado español se cumplieran, pero que no se acataran. Que Porfirio Díaz durara tantos años en el poder a pesar de los procesos electorales incipientes. Que la Constitución de 1917 otorgara las nuevas reglas del juego político pero, a la vez, concediera poderes metaconstitucionales al Poder Ejecutivo. Que Plutarco Elías Calles después de ser presidente de la República siguiera detentando el poder por detrás de la silla presidencial, tal como aseguran los que saben, lo hizo también Carlos Salinas de Gortari. Semejante simulación era reproducida por el partido de izquierda conformado a finales de la segunda década del siglo XX. Los dirigentes y líderes de este partido ante cualquier conflicto interno implementaron siempre la demoledora solución: “acuerdo mata estatuto”.

Así podemos mencionar muchos ejemplos sobre la simulación en la historia social y política de México, es una historia de nunca acabar, sin duda, es también una historia que espera ser articulada y develada.

Podemos o no estar de acuerdo en que la simulación ha sido en México una de las herramientas más efectivas en la administración y el ejercicio del poder político, pero, en lo que quizá sí podemos establecer un consenso más amplio es en que la democracia, como sistema de gobierno, ha sido, al menos en México, una gran simulación; este concepto, llevado a forma de gobierno ha sido en México tan anhelado, defendido, enunciado y a la vez tan degradado, violado y reinventado. Hasta las más grandes atrocidades en materia de violación a los derechos humanos perpetradas por el Estado mexicano han sido a favor de la democracia. La democracia es el argumento total para defender la perspectiva total y cuasi siempre autoritaria de nuestros gobernantes. La democracia es el vestido transparente que es llenado con el color y la tela según el momento dicte.

Democracia es vacío, un hueco que se llena siempre de palabras, palabras que suelen recubrir la simulación del político que las expresa.

Qué significa que hoy el presidente de la República convoque a la unidad para defender la democracia, justo cuando se festeja otro aniversario luctuoso de Francisco I. Madero, nuestro héroe patrio bautizado también como el “Apóstol de la Democracia”. Cuántos políticos no han convocado a defender la democracia, cuántos no han ofrendado su vida por defender la democracia, cuántos no han sido ajusticiados, desaparecidos en nombre de la democracia, para muchos mexicanos seguro es que la democracia es una extravagancia, una locura sin sentido.

Esta convocatoria a acordar cuidar la democracia no es más que otra simulación, un anhelo del presidente para colocarse en el banquillo de los demócratas puros, anhela ser otro apóstol de esa cosa extraña que dicen es la democracia. El actual presidente convocó a un acuerdo: cuidar la democracia, y también las instituciones de la democracia, casualmente, esas instituciones, desde tiempos remotos, han tenido la necesidad de ser cuidadas, defendidas, de qué o de quién se deben cuidar, de qué o de quiénes debemos defenderlas, solo ellos lo saben. Nosotros, intuimos que deben ser cuidadas de ellos mismos y de sus homónimos. La convocatoria del presidente exhorta a los gobernadores a no intervenir en las próximas elecciones a favor de ningún candidato. Hasta hace un par de días, 25 gobernadores se habían manifestado a favor del acuerdo. Sintomático es que el gobernador de Tlaxcala fuera el primero.

El gobernador de Tlaxcala manifestó en su carta al primer mandatario, sus buenas intenciones. Le confirmó que el compromiso de su gobierno con la democracia es absoluto, que vigilará el cumplimiento de la ley y asegurará que haya elecciones libres en su entidad, le prometió que él no tendrá injerencia alguna, bajo ninguna circunstancia en el próximo proceso electoral. Mena le aseguró al señor presidente que su gobierno es un ejemplo del ejercicio democrático libre y que así seguirá hasta concluir su mandato en la entidad.

Resta decir que el gobernador reconoció el cambio de la realidad democrática en nuestro país cuando llegó Obrador a la presidencia de la República en 2018, reconoció el nuevo régimen político que comenzó, al cual, sin dudar, sumó a su gobierno, anhelando ser parte de esa transformación, de esa nueva etapa de la historia de México.

Mena deja ver en su carta más que asuntos políticos, buenas intenciones inspiradas por el más puro pragmatismo y practicidad, sinónimo, durante todo su periodo de gobierno, de eficiencia y buena gobernanza. Pero desde adentro, en sus filas partidistas y en las de los nuevos partidos se observan y hasta huelen esos añejos huecos a antidemocracia, a caciquismo electoral en las dependencias gubernamentales, académicas, sindicales que comienzan ya a operar para atraer el voto a su partido, a su macro alianza. Comienzan ya a dictarse las imposiciones, el clientelismo recalcitrante de sus candidatos y candidatas. Al gobernador se le olvidó limpiar primero su enramada.

La carta de un gobernador sumándose a la petición de un presidente de la República no es algo nuevo, en este caso es nulo el impacto político aunque invite a los opinadores a ejercer la opinocracia. La simulación ha sido una regla efectiva para administrar la democracia, es un arma política más efectiva que la ideología, la identidad partidista y el oficio político. Esta convocatoria a velar por el cuidado a la democracia, no es más que otra simulación, un anhelo del presidente para colocarse en el banquillo de los demócratas puros, ser otro apóstol de esa cosa extraña que dicen es la democracia, y los gobernadores, otros grandes simuladores que presumen su buena voluntad mientras palian la oscuridad de sus casas con el halo de luz que el presidente les presta por unos pocos minutos.

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